jueves, marzo 17, 2005

Han pasado ya casi 30 años y aún estamos a vueltas con el dictador y sus estatuas.

Dos cosas me sugiere este tema:

1
Por un lado, que junto a la más o menos exitosa transición política algunas personas (pertenecientes a la derecha o a la izquierda) debieron hacer una TRANSICIÓN MENTAL que en absoluto han realizado.
Igual que algunos escritores y dramaturgos, como Alfonso Paso, escribían mejor "contra Franco" que en democracia; algunas personas -especialmente políticos- se encuentran mejor pensando "contra Franco" (aunque sean ya seis lustros los que les contemplan).
Como si se tratasen de personajes de alguna perdida novela de García Márquez, el tirano sigue viviendo en sus mentes y desesperadamente permanecen alerta esperando que algún día regrese para intentar sojuzgarles.
Una lástima construida a partes iguales de miedo a la libertad y vaguería de pensamiento.
La izquierda cerril que aún tiene cuentas pendientes con la historia y que sin el menor escrúpulo intenta pastorear un inconsciente colectivo de miedo y odio buscando el beneficio momentáneo de unos votos.

Lo tengo muy claro.
Ahora, el problema de este país es la izquierda.
¿Republicana o Monárquica? ¿Federalista o Centralista? ¿Fundamentalista o Revisionista? ¿Rica o pobre?
La derecha siempre lo ha tenido más claro. Entre otras cosas, porque este mundo en el que vivimos es su mundo. El otro, la alternativa, se pudrió al otro lado del telón de acero... pero ¿Y la izquierda? ¿En dónde ha clavado su bandera para intentar reagruparse?
No me cabe la menor duda. Algunos lo han hecho sobre el cadaver podrido del dictador y aún tienen tiempo para pensar en retirar una estatua olvidada, llena de óxido y verdín, en la que nadie se fijaba hasta que ellos nos obligan a fijarnos, quizá a recordar...

2
Recuerdo un poema de Cernuda.
El poeta lloraba por las rotas y olvidadas estatuas pertenecientes a dioses de cultos olvidados en el tiempo y pienso que, mucho mejor que quitar una estatua, es olvidarla. Así, pasa a ser un monumento al olvido de aquello que representa.
No hay crítica más demoledora que la que hacen el óxido y la herrumbre, el desvanecimiento de las palabras escritas en las placas y las inscripciones hasta llegar a un imposible: el olvido del nombre del jinete.

Quizá, quienes han quitado esa estatua, no quieren ese olvido.
Me pregunto si los motivos que les impulsan son de ley o perversos.

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