sábado, julio 18, 2009

PERDICIÓN

Cuando los talentos se juntan es difícil que resten. "Perdición" es un buen ejemplo. Basada en la novela de James M. Cain, sobre un guión de Raymond Chandler y Billy Wilder, quién la dirigió, y protagonizada por grandes actores como Barbara Stanwyck, Fred McMurray o Edward G. Robinson... El resultado es una intensa historia de muerte, engaño y traición en la que las bajas pasiones se hacen con el control de altas pasiones como el amor o la honradez.

En cierto modo, la intensidad dramática que hace grande al cine negro procede de ese contraste entre el ambicioso ser deseante de sus protagonistas y la moral del deber ser que aquellos quiebran una y otra vez persiguiendo la escurridiza sombra de su deseo. Sus protagonistas son los anti-héroes que se atreven ir más lejos, incluso más allá de lo que está socialmente aceptado y permitido, para conseguir aquello que buscan o quizá no sepan lo que quieren pero, y como decía Johnny Rotten, no saben lo que quieren pero saben cómo conseguirlo.

El personaje de Phyllis Dietrichson, magnificamente encarnado por Barbara Stanwyck, es un magnífico ejemplo de esa calculada escalada en pos de ese oscuro ideal que hace ya tiempo ha dejado atrás el punto de no retorno, de la consecución del ideal burgués de felicidad sin reparar en los medios. Primero seducirá a su marido y, psoteriormente, seducirá a Walter Neff, un avispado vendedor de seguros, también magnificamente encarnado por Fred McMurray, para eliminar al marido y cobrar una doble indemnización de un seguro de vida.

Como siempre las cosas se complicarán porque basta sólo con mostrar el heterodoxo espectáculo del ser humano en el apogeo de su oscuridad, entregado a su individualidad más allá de aquello que el buen sentido de lo social aconseja.

Lo que se desea siempre pertenece a otro y uno no puede cogerlo sin encomendarse a Dios... pero ¿y al diablo?

La sala de máquinas de lo negro está ahí.

Sus autores nos cuentan historias en donde viven personajes que se atreven a ir mucho más lejos, que no tienen tiempo que perder y a quienes les estorba la moral para poder llegar a ser y estar donde quieren. Y su tragedia es no poder ganar porque la supervivencia del orden social depende de su fracaso.

Hay un límite siempre para el deseo... pero la tentación siempre está ahí, latiendo en las tinieblas de lo inconfesable. Forma parte de la materia que están hechos nuestros sueños.

Y este carácter trágico se remarca en el modo en que comienza la película. Un herido Walter Neff conduce por las calles vacías de Los Ángeles hasta su oficina donde nos relatará la historia de su fracaso...



Y conocer el final no le quita valor a la historia. Esa es una de las genialidades de los guionistas... Lo importante es el cómo, el modo en que las cosas no han salido. Porque el espectador ya sabe que los protagonistas no pueden salirse con la suya.

A diferencia de las historias de misterio o de detectives en las que prima el espectáculo racional de deducción que lleva al descubrimiento de un ladrón o un asesino, en "Perdición" importa mucho más el sombrío caldo emocional en que las cosas se ponen en marcha y casi siempre terminan por fracasar. No hay razones. Sólo inexplicables emociones como ese sexto sentido, encarnado en el estómago, que le dice al sabueso Keyes (Edward G. Robinson) que algo anda mal en la muerte de Dietrichson.

De todo modo, lo que perdición saca a la luz a lo largo de sí misma como historia es el funcionamiento del mecanismo del fracaso. El espectáculo de la duda, el amor, la desconfianza, los celos, la culpa... El factor humano que convierte el más perfecto de los planes en imperfecto.

No hay comentarios:

Publicar un comentario