sábado, enero 23, 2016

The hateful eight

Poco a poco Quentin Tarantino está consiguiendo que sus películas se parezcan a los géneros que sistemáticamente y de manera concienzuda explota.

Porque la explotación del exploit como la Standard Oil explota los pozos petrolíferos de Alaska es lo suyo.

No soy demasiado fan del cine de Tarantino.

En general, lo encuentro demasiado infantil sobre todo en su entendimiento de la violencia como espectáculo que tiene valor en sí mismo, aspecto que es la base de su éxito puesto que conecta sin tapujos con la cada vez más bárbara manera de ser de nuestras sociedades occidentales.

En este sentido, Tarantino recoge el espíritu de una época que cada vez entiende más las relaciones interpersonales desde el egoismo y la destrucción obsesiva del otro como expresión máxima del control que el sujeto precisa como individuo que se enfrenta solitario a un mundo donde la solidaridad y la cooperación están descartadas

Entiendo su éxito porque Tarantino lleva hasta el extremo el oscuro significado de aquella frase que pronunciaba el despiadado Gordon Ecko en "Wall Street": Si quieres un amigo comprate un perro.

Entiendo el éxito de sus historias en las que la gente se mata cada dos por tres.

En el espectador hay desplazamiento y proyección unida al inmenso placer inconfesable asociado a la escenificación de esa sádica destrucción desde el exceso..

Todos los personajes se tratan los unos a los otros como cosas en sus historias, cosas que siempre compiten y se manipulan entre sí en un desenfrenado frenesí que incluye la total destrucción como algo natural.

De todo modo, a través de su cine se expresa el inconsciente colectivo y bárbaro de nuestro mundo de drones y sexta flota que pulveriza todo lo que se le opone o no entiende a cambio de más dinero

Pero todo esto no sería posible sin algún que otro talento y Tarantino los tiene.

Siempre he creído que su principal virtud es la construcción de personajes interesantes a través de la palabra.

En este sentido, Quentin Tarantino es uno de los grandes escritores de diálogos de la historia del cine. La entidad y la credibilidad de sus historias se sostiene, a mi entender, a través de la palabra. Una palabra afilada, inteligente y precisa que vehicula a la perfección diferentes intereses (no psicologías), los intereses que precisamente van a contraponerse en ese baile sangriento de manipulación.

Y en esto Tarantino también copia porque no hay más que leer a Edward Bunker o George V. Higgins para encontrar esa magnífica palabra inteligente, dura y descarnada que compone ese interfaz que hace aceptable la banalidad sangrienta que encierran casi todas sus historias.

Resumiendo: el incontestable talento de Tarantino es ser una de esas copias con vocación de originalidad que la sociedad de consumo confunde interesadamente con lo auténtico.

Y escribo todo esto porque en su última película hay un poco de cada cosa, de lo bueno y de lo malo.

Para empezar "The Hateful Eight" es, en realidad, dos películas.

La primera es "La Diligencia" y me entusiasma porque su principal protagonista es ese talento excepcional para la palabra y la construcción de personajes de interés a través de la misma.

La segunda es "Diez Negritos", un murder mistery que arranca cuando la diligencia llega a la posada y que poco a poco va degenerando en un absurdo proceso de destrucción masiva que se agota en sí mismo sin conducir a ninguna parte... que es la misma de siempre: la generación de oportunidades para la caricaturesca expresión de la violencia a través del exceso

Algo así como construir un precioso y detallado castillo de arena para acto seguido lanzarse sobre él y destruirlo.

Y en este sentido me disgusta toda esa vaciedad que transparenta una vez que la gente deja de hablar para matarse de mil y una maneras.

No me gusta que le hablen a mi vientre.

Me gusta que le hablen a mi corazón, a mi cabeza y ya, si es a los dos, ni te cuento.

Esa degenerada y cruel estupidez que subyace en el cine de Tarantino me impide conectar con él y creo que es bueno para mi.

Pero tengo que reconocer que expresa esa degenerada y cruel estupidez de todos los días que vivimos.

Hay artistas que son portadores del espíritu de una época, aunque este sea repugnante, y desde luego nadie como Tarantino para expresar el espíritu oscuro de este presente en el que vivimos, que como cualquiera de sus personajes no nos perdona el menor de los errores cometidos.





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