viernes, febrero 19, 2016

Laura

Siempre ha funcionado muy bien la mezcla de géneros.

Dirigida en 1944 por Otto Preminger. "Laura" es un magnífico ejemplo de ese mestizaje o, mejor dicho, de una combinatoria que siempre implica que elementos de un género se incrusten en otro que les sirve de contexto y guía.

Entonces se produce el fenómeno simbiótico, la transferencia de valor que suma y enriquece.

Mientras el uno ofrece espacio y contexto para la narración, el otro ofrece el core emocional, la energía dramática que se vehicula a lo largo de esa narración dotándola de la fuerza y energía necesaria.

En el concreto caso de "Laura", una narración localizada dentro de los estándares del cine negro, la investigación policial de un asesinato, poco a poco va mostrando el oscuro corazón de un drama psicológico basado en la dependencia y la posesión.

Y el punto de contacto entre ambos espacios es el personaje que da nombre a la película: la fascinante y hermosa Laura en quién la limitada actriz Gene Tierney encontró el papel más importante de su vida.

Poco a poco, la investigación del detective McPherson, contada en magníficos diálogos, como esculpidos en diamante, va rebelando lo insano de la relación que une a Laura con su mentor, Waldo Lydecker; una relación que muestra la cara perversa y oculta que encierra todo Pigmalion: la tentación de apropiarse del otro hasta convertirlo en un objeto.

Cuando el maestro enloquece, el alumno se convierte en algo mucho menor que una persona, en una suerte de obra propia.

Y esta es la base del drama mortal que respira en cada plano de esta magnífica película.

La obsesión convertida, como el asesinato, en una más de las Bellas Artes.

Obra maestra.

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