domingo, mayo 01, 2016

La isla bonita

A sus casi 70 años, Fernando Colomo está dispuesto a empezar de nuevo.

Y lo hace con esta "La isla bonita"; una película ligera y libre que por contar no cuenta ni con un guion previo ni con maquillaje, peluquería, vestuario o iluminación.

"La isla bonita" está construida con ilusión, ganas, un guión cuajado a posteriori, sobre las propias improvisaciones de los actores y, lo que es más importante, apenas 70.000 euros.

El protagonista interpretado por el propio Colomo es un ejecutivo publicitario arruinado, recién divorciado y en crisis; un personaje que, por lo visto, es un trasunto del propio Colomo y que agobiado por sus circunstancias decide volar a Menorca donde encontrará espacio para encontrar paz, descanso y quizá una nueva oportunidad.

Por encima de todo, "La isla bonita" es una película muy rohmeriana, lo cual ya es un cumplido en sí mismo.

Eric Rohmer decía que su cine no consistía en decir sino en mostrar y en ese mostrar se encuentra, para mi gusto, la capacidad mágica del cine para generar mundos con vocación de realidad.

Y no es tan fácil que el cine parezca real aunque su materia prima sea algo tan inmediato como las imágenes de las cosas.

No es tan fácil que el espectador deje de pensar que le cuentan para empezar a creer que le muestran un algo que respira, que tiene vida propia y que parece un pedazo de realidad encuadrada por la cámara.

Pero Colomo lo consigue.

"La isla bonita" rebosa esa magia que logra transfigurar las imágenes narradas en documento, la ficción en realidad, la mentira en verdad.

Podría ponerme a pensar en el cómo, pero no voy a hacerlo. Prefiero disfrutar viendo cómo el enorme conejo blanco sale de la pequeña y negra chistera.

Porque lo cierto es que sale y lo hace convertido en un pequeño cuento moral que nos muestra la secreta manera en que esa insoportable levedad que, escribía Kundera, nos caracteriza como humanos se vuelve de pronto soportable, una secreta manera que no es tan secreta y que se encuentra en los otros, unos otros que pueden ser un infierno pero también, definitivamente, el paraíso.

Sin duda, y de memoria, la mejor película de Colomo.

Una obra de madurez, casi crepuscular, con el sol del mediterráneo que inspira a los poetas griegos, a sus espaldas.

"Todo busca quemarse", escribe Yorgos Seferis.

Y no hay que tomárselo como algo personal.

Después de todo, está en las reglas de ese juego tan serio que otros llaman vida.

Nada se gana para siempre.

Todo se pierde.

Todo busca arder.

Y mientras todo arde nos queda la belleza del momento.

Brillante.


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