sábado, julio 02, 2016

Los sofistas y el 26 J

Los sofistas fueron una escuela filosófica que dominó la comunicación del saber en la Atenas del siglo V antes de Cristo.

Fueron los primeros en cobrar por enseñar una sabiduría que se les suponía como filósofos, una sabiduría especialmente orientada a los aspectos prácticos de entender y organizar la vida en sociedad.

En la Atenas del siglo V donde hablar para expresar la propia opinión de manera convincente y, lo que es más importante, saber defenderla frente a opiniones opuestas eran aspectos esenciales de la vida social los sofistas pronto se convirtieron en los maestros en el arte de convencer.

El medio pasó a convertirse en fin.

Lo importante no era convencer sino vencer.

El objetivo era vencer mediante la palabra, aunque lo que se dijese no fuese necesariamente verdad.

Lo importante era resultar eficaz y convincente en la expresión (sin el menor escrúpulo) del propio punto de vista.

Y contra los Sofistas se levantó Platón, contra el mal que estaban haciendo a la democracia griega y al pensar en general, escribiendo su famoso diálogo "El sofista o del ser"

A este respecto no me interesa tanto su influencia sobre la historia del pensamiento, que no fue del todo negativo, sino la influencia perversa que tuvieron sobre la democracia griega abordando la verdad o la falsedad de los argumentos desde un punto de vista meramente táctico y desvalorizando la necesidad de zonas de verdad y consenso compartidas por todos a las que poder regresar cuando el debate empieza a ir demasiado lejos.

Lo que preocupaba  a Platon era la posibilidad de convertir argumentos débiles en sólidos recurriendo a técnicas discursivas que convertían la verdad y la mentira en medios para conseguir un fin.

Los sofistas eran relativistas y escépticos, es decir, no creían en las verdades absolutas y tampoco creían posible alcanzar la verdad.

También eran convencionalistas, es decir, no veían ninguna diferencia entre el parecer ser y el ser de verdad.

Y a tenor de todas estas creencias, el resultdo no podía ser otro: lo político convertido en un espacio de enfrentamiento donde la verdad la definía el más fuerte... el más experto en el arte de cazar a más hombres en la red de su idea utilizando cualquier técnica o argumento.

Y en este contexto no había garantía alguna de que la moral pública coincidiera con la moral que sustentaban los argumentos de ese argumentador más fuerte.

Y el resultado era siempre el relativismo moral.

Y precisamente, para mantener una cierta cordura, Platon reivindicaba la necesidad de elementos objetivos, un terreno juego moral y cognoscitivo en el que debiera jugarse ese juego de ganar la razón en que se había convertido la política en la Atenas de hace muchos siglos.

Los peligros de aceptar que cada cual tiene su verdad asociados a la aceptación de la deshonestidad como elemento constitutivo del debate político eran claros para el filósofo griego: la versión deformada y perversa de la democracia que era la demagogia.

En la demagogia lo que se busca es cazar hombres y una de las mejores maneras de cazarlos en lo político es cazando su voto apelando a sus prejuicios, emociones, miedos y esperanzas.

Los sofistas, sin quererlo o queriendo, por precios nada módicos, proporcionaron la inteligencia para la transformación de la democracia griega en una demagogia.

A estas alturas, cualquier lector inteligente comprenderá los paralelismos entre el pasado griego y el presente de nuestro país, presente en el que algunos se sorprenden de que un partido imputado por corrupción siga siendo votado por los ciudadanos,

Y deberíamos tener claro que sólo en una consumada demagogia esas cosas son posibles.

Porque lo más perverso de la demagogia es la aceptación de la deshonestidad como un elemento más dentro del discurso político.

No hay otra verdad absoluta que la que define la posición de cada contendiente.

En realidad se trata de una guerra y de una línea del frente que separa al nosotros de todos ellos.

Y cuando entramos en una dinámica tan tribal y bárbara, le admitimos cualquier cosa a los nuestros precisamente por eso, porque son los nuestros.

El gran logro de este Occidente postmoderno está siendo llegar a la barbarie desde la idea de civilización de la que él mismo es creador.

No queremos que gobierne el mejor de nosotros sino uno de los nuestros.

Y estas cosas que nos sorprenden, que algunos prefieren que gobierne su Rajoy aunque sea el lider de un partido imputado por corrupción, no son más que ejemplos de lo lejos que estamos llegando en ponerselo fácil al animal que todos llevamos dentro.

Animales, eso sí, bien hablados y bien vestidos.

Porque al final de todo se trata de una cuestión de forma.

Porque en los bajos de nuestra civilización occidental funciona la misma y vieja jungla de siempre.

Simplemente, la embellecemos cuando ya no podamos ignorarla más.

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