jueves, agosto 18, 2016

Academia Rushmore

Como en todos los personajes de Wes Anderson, hay algo entre triste y enternecedor en Max Fischer, el principal protagonista de Academia Rushmore.

En su caso, Fischer ha escogido permanecer en la academia convirtiendose en un eterno estudiante, haciendo un lugar para estar de lo que para la mayoría sólo es un lugar para pasar.

Por esto, y sólo por esto, estudiar es lo menos importante porque precisamente es lo que te hace pasar y no quedarte. Lo más importante cuando se quiere permanecer es ocuparse y Max se ocupa en mil tareas, eventos, jornadas que hacen de él una estrafalaria presencia, una suerte de increíble protagonista único de lo que vendría ser una especie de estilo de vida alternativo en el que lo anecdótico por asociado a lo académico se convierte en esencial para asombro de todos.

Pero el encanto de Max no termina aquí porque Max también es un eterno adolescente que intenta procesar los eventos de la vida con una impostada madurez, pura apariencia y forma que encierra el niño que aún no ha dejado de ser.

Y es aquí donde, para mi gusto, este Max se convierte en un personaje esencial para entender la peculiar y fascinante mirada de Wes Anderson.

Porque todos sus personajes tienen algo de Max.

No tengo la menor duda de que el mecanismo de encanto y fascinación que es el cine de Anderson funciona a dos niveles: uno de ellos es transversal a todas las películas y de cuyo seno emana el otro que se corresponde con todas y cada una de sus películas, convertidas (si nos ponemos moderadamente semióticos) en el significante que expresa ese mismo significado.

Y precisamente la clave para entender ese significado está en Max.

Las historias de Anderson tienen un fundamental componente teatral. Son una especie de teatrillo en el que niños intentan interpretar a adultos enfrentados a asuntos y problemas propios de su edad, imaginando lo que será o podria ser desde su falta de experiencia, con una pura simpleza naif en donde precisamente reside el encanto con el que transcurren y se resuelven los problemas y situaciones.

Todos juegan a ser adultos, pero esa infantilidad que llevan dentro es lo único que tienen para enfrentarse a la densidad dramática a la que Anderson les somete.

Por así decirlo, un teatrillo infantil en que Bergman o Strindberg son interpretados por niños.

Es en esa distancia donde radica el encanto especial de las historias de Anderson, el encanto especial y complejo de Max Fischer ante cuya magia se rinden tanto el espectador como el resto de personajes que le rodean al otro lado de la pantalla en su romántico intento de ser adulto en contra de su propia realidad.

Wes Andeson es uno de los pocos autores que el cine americano puede ofrecer al mundo y "Academia Rushmore" es otro magnífico ejemplo de su talento.

Enfrentarse a la realidad siendo un niño, con maneras y corazón de niño.

Esa es la materia de la que están hechos los sueños de Anderson.

Imprescindible.



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