Detrás de cada resultado científico hay una industria que premia la novedad, castiga la duda y convierte el conocimiento en producto. No es un problema de científicos corruptos: es un problema de incentivos de mercado.
Hay una frase que todavía tiene el poder de cerrar cualquier conversación: "lo dice la ciencia". Da igual el tema. En cuanto aparece esa frase, el debate se suspende. Quien la pronuncia invoca una autoridad que, en el imaginario colectivo, está por encima de la opinión, la ideología o el interés. La ciencia, en ese uso, funciona como un oráculo laico: neutral, objetivo, situado fuera del mundo de las presiones humanas. Lo que pocas veces nos preguntamos es quién financia esa ciencia, quién la publica y qué intereses tiene en que sus conclusiones sean las que son.
Pero ¿qué pasa cuando la propia ciencia se aplica a sí misma ese escrutinio? ¿Qué ocurre cuando alguien decide medir, con herramientas científicas, cuánto de lo que se publica como ciencia es realmente fiable?
Eso es exactamente lo que hizo en 2005 John Ioannidis, epidemiólogo entonces en la Universidad de Ioannina y posteriormente en Stanford, en un artículo publicado en la revista PLOS Medicine con un título que sonaba casi a blasfemia: "Por qué la mayoría de los resultados de investigación publicados son falsos". No lo escribió desde una trinchera anticientífica, ni era un predicador contra el conocimiento empírico. Era un científico observando la ciencia desde dentro. Y lo que vio le inquietó lo suficiente como para ponerse a hacer cuentas.
No llegué a Ioannidis por casualidad. Fue leyendo La psicología del totalitarismo, de Mattias Desmet —un libro cuya tesis central sobre el totalitarismo no es el objeto de este artículo, y que no pretendo validar ni discutir aquí— donde encontré una idea que sí me parece aprovechable, venga de donde venga: la subjetividad humana no desaparece del conocimiento por el hecho de que la ciencia la declare irrelevante. La ciencia moderna intentó expulsarla, reducirla a un subproducto medible. Pero no desapareció. Quedó fuera de foco y regresó deformada: como error, sesgo, fraude o autoengaño profesional. La ciencia no la hacen máquinas. La hacen personas con ambición, carrera, prestigio que defender y financiación que conseguir.
El modelo de Ioannidis
En 2005, en PLOS Medicine, Ioannidis publicó un artículo cuyo título era casi una blasfemia moderna: "Por qué la mayoría de los resultados de investigación publicados son falsos". No decía que toda la ciencia fuera mentira. Decía algo más preciso: la probabilidad de que un hallazgo publicado sea verdadero —su Valor Predictivo Positivo— depende de factores que el público rara vez ve.
Si el sesgo metodológico crece y la probabilidad previa de la hipótesis es baja, la literatura científica puede convertirse formalmente en una máquina de producir falsos positivos. Publicado no significa verdadero. Una revisión por pares no convierte una conclusión en indiscutible. Un valor estadísticamente significativo no equivale a conocimiento sólido. Y una institución científica no queda fuera de las presiones sociales, económicas y profesionales que atraviesan cualquier otra institución humana.
La crisis de replicación
La sospecha de Ioannidis terminó dando cuerpo empírico a una crisis real. La Open Science Collaboration, en Science (2015), intentó replicar 100 estudios de psicología: una parte sustancial no pudo reproducirse con la misma fuerza. En biología del cáncer, el Reproducibility Project: Cancer Biology encontró un panorama similar: menos de la mitad de los efectos analizados se sostuvieron bajo replicación independiente, y los tamaños de efecto fueron mucho menores que en los originales.
La conclusión no es que la psicología sea falsa ni la oncología inútil. Es más incómoda: parte de lo que circula como conocimiento consolidado puede ser mucho más frágil de lo que su presentación pública sugiere.
El mercado que presiona a la ciencia para producir resultados útiles termina pagando también él los costes de una ciencia inflada por sus propios incentivos.
El problema llegó incluso a la industria farmacéutica. Investigadores de Bayer alertaron en Nature Reviews Drug Discovery de que muchos datos publicados sobre potenciales dianas terapéuticas no resistían la validación interna. Desde Amgen, Begley y Ellis señalaron en Nature que solo una pequeña parte de los estudios preclínicos oncológicos considerados prometedores pudo confirmarse de forma robusta. Las cifras que se han popularizado a partir de esos trabajos son demoledoras: alrededor del 25% de éxito en el caso de Bayer y en torno al 11% en el de Amgen.
El capitalismo académico
La imagen pública de la ciencia conserva algo de monasterio: laboratorios donde se busca la verdad, investigadores guiados por la curiosidad, comunidades sometidas al rigor del método. Pero la ciencia realmente existente vive dentro de universidades que compiten por rankings, revistas que administran prestigio, agencias que exigen productividad e investigadores que necesitan publicar para sobrevivir.
Ese sistema tiene un nombre: publicar o perecer. El éxito académico depende de publicar mucho, en revistas de alto Factor de Impacto, resultados novedosos y atractivos que generen citas y financiación. La verdad no siempre se adapta bien a esa economía. A veces es aburrida, negativa, no confirma nada o no produce titulares.
El capitalismo no necesita falsificar la ciencia desde fuera. Le basta con organizar sus incentivos desde dentro. Y cuando un sistema premia determinados comportamientos, no necesita ordenar que se degrade la investigación. Le basta con recompensar lo que la deforma.
La zona gris metodológica
El problema principal no es siempre el fraude espectacular —aunque existe: según Retraction Watch, en 2023 se superó la cifra de 10.000 artículos retractados, un récord histórico—. La zona más extendida es menos espectacular: la de las llamadas Prácticas de Investigación Cuestionables (PIC), conductas que no equivalen a fraude abierto pero deforman los resultados.
John, Loewenstein y Prelec mostraron en 2012, en Psychological Science, que muchas de estas prácticas estaban lejos de ser marginales entre psicólogos académicos. No demostraba que la comunidad científica fuera una asociación de tramposos, sino algo más inquietante: muchas formas de distorsión metodológica podían haberse normalizado como adaptaciones profesionales al sistema.
No hace falta que el investigador decida mentir. Basta con que sepa, aunque sea sin formularlo, que un resultado negativo vale menos, que una historia estadística ordenada convence más y que un estudio prudente puede morir en un cajón.
El problema no es que los científicos sean corruptos por naturaleza. Es que un sistema enfermo puede convertir la irregularidad en conducta adaptativa. La mala ciencia no siempre nace de la maldad. A veces nace de la adaptación racional a un sistema enfermo.
Conviene ser preciso aquí. Esta crítica a la ciencia institucional no puede convertirse en relativismo. Que la ciencia esté atravesada por intereses no significa que cualquier opinión valga lo mismo que un ensayo controlado. Que existan sesgos no convierte al pensamiento mágico en alternativa. El problema no es la razón empírica: es su captura por una industria que ha aprendido a monetizar la autoridad del método sin someterse a su rigor.
Las soluciones existen. Los llamados Reportes Registrados —un formato en el que la revista evalúa y aprueba el diseño del estudio antes de conocer los resultados, comprometiéndose a publicarlo tanto si confirma la hipótesis como si no— atacan de raíz el sesgo de publicación y hacen imposible el HARKing. Pero su adopción es reveladora: en medicina, economía y ciencias sociales, menos del 1% de las revistas los ofrece. La reforma existe. El mercado no la necesita.
Bajar la ciencia del altar
Durante décadas, la ciencia ha ocupado el lugar de última autoridad legítima en sociedades que desconfían de casi todo lo demás. La religión podía discutirse. La política podía discutirse. Pero quedaba una frase capaz de cerrar cualquier conversación: "lo dice la ciencia".
Esa frase es el síntoma. Porque la ciencia, cuando es ciencia, no cierra conversaciones: las abre. No exige fe, exige prueba. No ofrece certezas eternas, ofrece conocimiento provisional y revisable. La ciencia como institución puede equivocarse, protegerse, venderse y confundir consenso institucional con verdad efectiva. No está fuera del mercado. Tampoco fuera del poder ni de la psicología humana.
No hay que abandonar la ciencia. Hay que bajarla del altar. No hay que sustituirla por intuición o pensamiento mágico, sino defenderla contra aquello que la deforma: el mercado de publicaciones, la economía del prestigio y la transformación del experto en sacerdote laico.
La ciencia no se defiende creyendo en ella. Se defiende arrancándola del mercado que la ha convertido en producto, del prestigio que la ha convertido en jerarquía y del experto que la ha convertido en sacerdocio. Mientras eso no cambie, lo que llamamos conocimiento científico seguirá siendo, en demasiados casos, lo que el sistema de incentivos necesitaba que fuera.




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