Qué raro que la izquierda española siga preguntándose qué hacer existiendo el caso de Bildu. Los resultados de Adelante Andalucía y la propuesta de Rufián apuntan al territorio. Pero Bildu lleva años señalando algo más profundo: primero sociedad, después política. No al revés. No contar con Bildu al pensar el futuro de la izquierda es la mejor garantía de un debate cosmético, de la búsqueda de un atajo por parte de la misma política de siempre, la que decepciona a sus votantes.
Resulta extraño. La izquierda a la izquierda del PSOE lleva años preguntándose qué hacer, ensayando refundaciones, marcas y liderazgos, mientras tiene delante un caso de éxito que casi nadie quiere mirar de frente: Bildu. Una fuerza que crece elección tras elección, que empata con el PNV en su propio terreno, que mantiene implantación municipal, militancia organizada y un tejido sindical detrás. Y, sin embargo, el debate estatal sigue girando alrededor de fórmulas que evitan extraer su lección.
La última fórmula vino en febrero de 2026 de Gabriel Rufián: un reparto territorial provincia a provincia, en el que en cada circunscripción concurriera solo la fuerza con más arraigo —Bildu en Euskadi y Navarra, ERC en Cataluña, Compromís en Valencia, Sumar en el grueso restante— para no dispersar el voto y frenar a la derecha. Los resultados andaluces del 17 de mayo, con Adelante Andalucía haciéndole el sorpasso a Por Andalucía, parecen darle la razón. El arraigo importa.
Pero la lectura no puede quedarse ahí. El territorio, por sí solo, no es la respuesta. Lo que Bildu lleva años señalando —y lo que tanto la fórmula Rufián como el crecimiento de Adelante Andalucía esquivan— es algo más profundo: primero sociedad, después política. No al revés. Ese es el elefante en la habitación.
I. Andalucía como detonante
Adelante Andalucía, la formación anticapitalista y soberanista andaluza liderada por José Ignacio García, pasó de 2 a 8 escaños el 17 de mayo de 2026, con casi 400.000 votos y cerca del 10% de la papeleta. Dejó atrás a Por Andalucía —la coalición de Izquierda Unida, Podemos y Sumar—, que mantuvo sus 5 escaños y cayó a la quinta posición. La fuerza con discurso propio, autonomía estratégica y arraigo local resistió mejor que la suma de siglas estatales diseñada desde Madrid.
«Adelante Andalucía ha llegado para quedarse», dijo García la noche electoral. La frase no es solo retórica de victoria. Apunta a algo que ya se había anunciado antes: en Castilla y León, el 15 de marzo de 2026, Podemos rondó el 0,7% y la candidatura impulsada por Izquierda Unida-Sumar apenas superó el 2%, quedando ambas fuera de las Cortes. Y antes, en las europeas de 2024, donde Sumar y Podemos sumaron menos del 8% entre los dos, divididos.
El patrón es claro. Las marcas estatales que dependen de operaciones de cúpula, liderazgos mediáticos y pactos de supervivencia se hunden. Las formaciones con arraigo local resisten. Esa es la lectura que parece dar la razón a la fórmula que Gabriel Rufián propuso en febrero de 2026: reparto territorial provincia a provincia, prioridad a la fuerza con más implantación en cada zona. Aritmética antifascista para optimizar escaños bajo el sistema D'Hondt.
Adelante Andalucía no crece simplemente por presentarse como más izquierdista. Crece porque articula un marco propio: Andalucía como periferia económica, soberanía de clase, defensa de los servicios públicos, rechazo a la subordinación automática al PSOE.
II. La respuesta de Bildu
Cuando el diputado abertzale Oskar Matute respondió a la propuesta de Rufián, lo hizo con una frase que vale más que cualquier análisis externo. Tendió la mano a la unidad de acción política frente a la derecha, pero rechazó la «unidad organizativa, sin cimientos ni comunidad política sólida». La distinción es decisiva. No es Bildu defendiéndose de una propuesta. Es Bildu nombrando lo que falta en el debate: cimientos. Comunidad política. Suelo social.
Esa es la palabra que la izquierda estatal lleva años evitando. Habla de marca, de coalición, de liderazgo, de espacio electoral, de reparto territorial. No habla de comunidad. Y sin comunidad, todo lo demás es geometría variable.
«Mano tendida para la unidad de acción política de las izquierdas y para frenar al fascismo. No hay que confundirlo con una unidad organizativa, sin cimientos ni comunidad política sólida.»
Oskar Matute, diputado de EH Bildu, en respuesta a la propuesta de Rufián (Radiocable, febrero de 2026).III. La secuencia invertida
La izquierda española lleva años encerrada en una confusión estratégica: creer que ocupar instituciones equivale a construir poder. Ha confundido el Gobierno con la hegemonía, los ministerios con el movimiento popular, los decretos con la transformación social y el BOE con la política misma.
El núcleo de la trampa institucional es este: entrar en el Estado para transformar la sociedad y acabar transformado por el Estado. La izquierda posterior al 15M nació de una impugnación social profunda. Venía de las plazas, de los desahucios, de la crisis de representación. Pero esa energía acabó desplazándose hacia la lógica institucional. La pregunta dejó de ser cómo organizar a la sociedad y pasó a ser cómo ocupar posiciones dentro del aparato.
La deliberación colectiva fue sustituida por equipos de comunicación. La militancia orgánica, por audiencia digital. La implantación territorial, por presencia televisiva. La política de base, por negociación parlamentaria. El resultado es devastador: una izquierda con cargos, pero sin pueblo organizado; con presencia parlamentaria, pero sin densidad comunitaria; con capacidad de aprobar medidas, pero sin fuerza social para defenderlas cuando llega el contraataque.
Y cuando la derecha amenaza con volver, una parte del electorado progresista regresa al PSOE por miedo, en nombre del voto útil. La fuerza que prometía superar al socialismo dinástico termina reforzando su centralidad como mal menor.
Primero se trabaja en la sociedad. Después se crea comunidad política. Solo entonces se traduce esa fuerza en representación institucional. Ese orden importa. La izquierda estatal ha invertido la secuencia.
IV. El espejo vasco
En este punto aparece EH Bildu. No como modelo puro. No como receta exportable. Sino como espejo incómodo. En las elecciones vascas de abril de 2024, Bildu alcanzó 27 escaños y empató con el PNV, su mejor resultado histórico. Ese crecimiento no se explica solo por comunicación electoral. Bildu tiene algo que la izquierda estatal ha perdido: arraigo. Pero arraigo entendido en un sentido fuerte, no meramente territorial.
Su fuerza procede de un ecosistema político, sindical, municipal, cultural y comunitario mucho más denso que el existente en la mayor parte del Estado. Y lo decisivo no está solo dentro de Bildu. Está alrededor.
Esa mayoría sindical de confrontación crea cuadros, hábitos de huelga, cultura asamblearia, cajas de resistencia. Una sociedad más organizada, no solo unos resultados electorales mejores. Bildu no crea sociedad desde cero. Bildu opera dentro de una sociedad previamente politizada y organizada.
Bildu no crea sociedad desde cero. Bildu opera dentro de una sociedad previamente politizada y organizada. Esa es la diferencia que ninguna fórmula electoral puede sustituir.
V. El límite del territorio sin sociedad
Aquí está el problema del enfoque puramente territorial. La fórmula Rufián identifica correctamente que las siglas estatales no pueden replicar en cada territorio la fuerza de quien lleva décadas trabajándolo. Pero su propuesta es esencialmente electoral: un reparto de circunscripciones para optimizar escaños bajo el sistema D'Hondt. Aritmética antifascista. Geometría variable. Y la geometría, sin cimientos, no construye nada duradero.
Adelante Andalucía apunta en una dirección parecida, aunque distinta. No crece simplemente por presentarse como más izquierdista. Crece porque articula un marco propio y porque, en su escala, ha empezado a construir tejido. Pero todavía está en el inicio. La pregunta no es si Adelante puede crecer, sino si lo hará apoyada en sociedad organizada o solo en una marca con discurso propio. La diferencia decidirá si dura.
Idealizar a Bildu sería un error. Tiene sus propios límites, sobre todo la presión institucionalizadora que afecta a toda fuerza que entra en el Estado, negocia presupuestos y disputa gobiernos —una presión que ya se manifiesta en críticas desde su propia izquierda juvenil. Pero incluso con esos límites, el modelo vasco enseña algo que ninguna fórmula electoral puede sustituir: una fuerza con suelo social resiste mejor la absorción institucional. No la elimina. La resiste.
VI. Lo que viene después
Reconstruir suelo social no es convocar más manifestaciones ni hacerse fotos en conflictos. Es otra cosa. Implica un trabajo paciente, poco vistoso, que no da rédito electoral inmediato y que casi nunca aparece en las tertulias.
La fórmula Rufián, si se queda en reparto provincial, será una geometría de supervivencia. Útil quizá para frenar a la derecha en una cita concreta, insuficiente para construir nada. Lo que Bildu enseña, y lo que el crecimiento de Adelante Andalucía solo empieza a apuntar, es que sin sociedad organizada cualquier victoria institucional es frágil. Cualquier ley será reversible. Cualquier ministerio, una trinchera aislada. Cualquier coalición, una operación de supervivencia.
El elefante en la habitación
El elefante en la habitación se llama Bildu. Y la pregunta de apertura sigue siendo la más incómoda: ¿por qué la izquierda estatal lleva años buscando una fórmula que la salve teniendo delante un caso que funciona? No porque no se hable de Bildu —se habla mucho, casi siempre desde la incomodidad o la instrumentalización— sino porque casi nadie quiere extraer la lección que Bildu encarna. Esa lección no es identitaria, no es soberanista, no es vasca. Es una lección sobre el orden de las cosas: primero sociedad, después política. Cimientos antes que arquitectura.
La propuesta de Rufián, los resultados de Adelante Andalucía y el debate sobre el anclaje territorial apuntan en la dirección correcta, pero se quedan a mitad de camino. Identifican que las marcas estatales sin arraigo se hunden. No identifican qué tipo de arraigo importa. Bildu lo ha mostrado durante años: el arraigo que importa no es solo geográfico, es sociolaboral, comunitario, cultural. No se mide en escaños. Se mide en cuadros formados, sindicatos combativos, asambleas vivas, cajas de resistencia, conflictos sostenidos.
Mientras la izquierda estatal no reconstruya sociedad, cualquier victoria institucional será frágil. Cualquier ley será reversible. Cualquier ministerio será una trinchera aislada. Cualquier coalición será una operación de supervivencia.
La pregunta decisiva no es cómo repartir las provincias. Es mucho más incómoda: ¿queda en la izquierda estatal voluntad, paciencia y arraigo para volver a construir sociedad, o ya se ha convertido definitivamente en una izquierda de gestión parlamentaria? Bildu es el elefante en la habitación porque obliga a hacerse esa pregunta. Y la respuesta no está en una nueva marca, ni en un nuevo liderazgo televisivo, ni en una nueva fórmula de coalición. Está en si todavía hay alguien dispuesto a hacer el trabajo lento que ninguna campaña electoral va a recompensar a corto plazo.




Comentarios
Publicar un comentario