Pablo Iglesias, el influencer que tiene un partido

Pablo Iglesias, el influencer que tiene un partido
Opinión · Política · Izquierda

Iglesias usó la televisión para construir Podemos. Hoy usa Podemos para alimentar su ecosistema mediático: el partido pone los conflictos y él pone el relato. Podemos se ha convertido en el brazo político de un influencer.

En un vistazo
→ La inversión: antes la televisión servía a Iglesias para construir un partido; ahora el partido le sirve para alimentar su televisión.
→ Un influencer con partido: no se presenta a elecciones ni rinde cuentas ante los votantes, pero tiene audiencia, medios propios y un partido que lleva sus posiciones a la política real.
→ Un beneficio mutuo: Podemos convierte su discurso en escaños y decisiones; Iglesias le da al partido el relato que mantiene unida a su comunidad.
→ La prueba: ante la candidatura unitaria del 29 de noviembre, como en los principales conflictos desde que dejó el Gobierno, Podemos hizo lo que Iglesias defendía.
→ La consecuencia: la división de la izquierda, e incluso la derrota, alimentan el relato. Lo único que el modelo no resiste es la desaparición.
→ El problema: influencia política sin responsabilidad política.

De la televisión al partido, y vuelta

Hubo un tiempo en que Pablo Iglesias utilizaba la televisión para construir un partido. Ahora utiliza el partido para alimentar su televisión. El cambio resume toda su trayectoria. Durante los primeros años de Podemos, la presencia mediática era un instrumento para conquistar poder institucional. Iglesias aparecía en tertulias, multiplicaba las intervenciones públicas y transformaba cada debate en una oportunidad para ampliar su base electoral. Hoy se ha invertido la relación: Podemos ya no es el resultado político de una estrategia mediática, sino el brazo político de un influencer.

La palabra influencer puede parecer frívola aplicada a quien llegó a ser vicepresidente del Gobierno, pero describe con precisión su posición actual. Iglesias no dirige formalmente un partido, no se presenta a las elecciones y no responde ante los ciudadanos por las estrategias que defiende. Su poder es otro: una comunidad fiel, medios propios y una gran capacidad para decidir cómo se interpreta la actualidad. Tampoco es un simple periodista. Un periodista puede tener influencia, pero no dispone de un partido que actúe en el escenario que analiza. Iglesias sí. Ha sustituido la responsabilidad política por la influencia política.

Un negocio a dos bandas

La relación beneficia a ambos. Iglesias necesita que Podemos sobreviva como partido independiente, porque es lo que le permite intervenir en la política real. Sin Podemos conservaría audiencia y notoriedad, pero sería un comentarista más. Con Podemos, sus posiciones se traducen en escaños, candidaturas y decisiones internas. Puede influir en alianzas y estrategias sin volver a la primera línea ni someterse al juicio de los votantes. El partido convierte su discurso en hechos, y esos hechos regresan después a sus medios convertidos en contenido.

Podemos también necesita a Iglesias. Ha perdido buena parte del apoyo social que lo hizo nacer, pero conserva una comunidad unida alrededor de una explicación compartida de su declive: Podemos no retrocedió por sus errores, sino porque fue cercado por los medios, perseguido por los jueces, traicionado por sus aliados y sustituido por una izquierda aceptable para el sistema. Los medios de Iglesias alimentan ese relato a diario. Así se forma un circuito cerrado: el partido produce conflictos y agravios, Iglesias los presenta como pruebas de su diagnóstico, la audiencia los difunde en las redes y el partido exhibe esa fidelidad como prueba de que sigue siendo relevante. Cada parte alimenta a la siguiente y todas dependen de que el conflicto nunca se resuelva del todo.

La prueba: la candidatura que no fue

El fracaso de la candidatura unitaria de la izquierda para las elecciones del 29 de noviembre permite ver este mecanismo en funcionamiento. La postura de Podemos coincidió con la que Iglesias venía defendiendo en público: preservar la autonomía del partido, no integrarse en posición subordinada en el espacio de Sumar y mantener una candidatura propia. No puede probarse que Iglesias diera una orden concreta. Tampoco es necesario sostenerlo. Lo relevante es que el partido terminó haciendo exactamente lo que él defendía.

Iglesias no estaba sentado en la mesa de negociación, pero su estrategia sí.

Y la coincidencia no es casual: se repite en los principales conflictos de Podemos desde que él dejó el Gobierno. Unas veces Iglesias justifica y amplifica lo que decide la dirección del partido; otras, el partido actúa dentro del marco que él ha fijado antes. Es una continuidad demasiado sistemática para presentarlo como un observador externo.

Por eso la división de la izquierda no es necesariamente un problema para el entorno de Iglesias, aunque pueda ser un desastre electoral. Una candidatura unitaria obligaría a compartir decisiones, rebajar identidades y aceptar que Podemos ya no tiene el peso que tenía en 2015. También debilitaría el relato que presenta a Podemos como la única izquierda verdadera frente a un conjunto de organizaciones subordinadas al PSOE. La unidad podría sumar más escaños, pero estrecharía el espacio que Iglesias mantiene bajo su influencia.

Perder sin fracasar

Así, perder deja de ser del todo un fracaso. Si todos atacan a Podemos, será porque sigue siendo peligroso. Si las demás izquierdas no aceptan sus condiciones, será porque forman parte de la operación para eliminarlo. Si la candidatura en solitario obtiene un mal resultado, la derrota servirá para denunciar el voto útil, el silencio mediático o la hostilidad del sistema.

Hay una razón más. Todo indica que Podemos juega ya pensando en el día después de una victoria de la derecha. En la oposición pesan menos los escaños y más la capacidad de fijar el relato, y en eso Iglesias parte con ventaja: no todos en la izquierda tienen un medio propio y una comunidad fiel. Iglesias no desea que Podemos pierda, pero su modelo tolera la derrota; lo que no resiste es la desaparición, porque sin escaños el brazo político deja de serlo.

La política institucional exige resultados; el negocio de la atención necesita continuidad.

El problema no es que Iglesias posea medios propios ni que obtenga ingresos con su actividad. Tampoco que defienda a Podemos. El problema surge cuando la preservación de su ecosistema mediático, la continuidad del partido y los intereses generales de la izquierda dejan de coincidir. En ese momento, una decisión perjudicial para la representación electoral conjunta puede resultar funcional para mantener una identidad, una audiencia y una estructura de influencia.

El político está amortizado; el influencer necesita contenido

Pablo Iglesias comenzó su carrera utilizando los medios para convertir una audiencia indignada en una fuerza política. Ahora completa el recorrido inverso: utiliza los restos de aquella fuerza política para conservar una audiencia permanentemente movilizada. Podemos aporta las candidaturas, los conflictos y los agravios. Iglesias aporta el relato que los conecta y les concede significado.

El político está amortizado, pero el influencer continúa necesitando contenido.

Podemos se ha convertido en la máquina encargada de producirlo.

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