El escritor Julio Llamazares declara en una entrevista al diario ABC que "hay mucho odio en España". Su metáfora es elegante. Su diagnóstico, insuficiente. Porque llamar "odio" a lo que es conflicto material desplaza el problema del suelo a las nubes: sin responsables, sin causas, sin remedios concretos.
Julio Llamazares vuelve a decir que "hay mucho odio en España". Y lo envuelve en una metáfora elegante: el odio como colesterol, esa sustancia que se acumula sin que la notes hasta que un día te tapa la circulación.
La metáfora funciona. El diagnóstico, no.
Porque "hay odio" es la manera moral —limpia, presentable, radiofónica— de nombrar algo que hoy es mucho más prosaico: conflicto material. Y cuando lo conviertes en "odio", lo que haces es desplazar el problema del suelo a las nubes. El país no estaría peor por decisiones políticas, por reparto, por renta, por vivienda, por precariedad, por captura de recursos. No: estaría peor por un vicio moral que flota en el aire, como una maldición cultural.
Perfecto: sin responsables, sin causas, sin remedios concretos.
En un vistazo: El discurso del "odio" como categoría moral difusa permite eludir el análisis de causas materiales concretas. Cuando la tensión social se explica como un vicio del carácter nacional, la solución se reduce a "hablarnos mejor". Pero si el problema es material —alquiler, precariedad, movilidad bloqueada, servicios degradados—, la solución exige redistribución, regulación y conflicto real con intereses reales. La llamada a la concordia, además, no es neutral: refleja la perspectiva de quienes pueden permitirse la calma. No hace falta menos conflicto; hace falta conflicto con contenido, orientado a recomponer el suelo común.
1) No es solo Transición: también son los 30 gloriosos
El marco desde el que habla Llamazares no nace únicamente de la Transición española. Se forma antes, en el clima cultural heredado de los llamados Treinta Gloriosos europeos: décadas de crecimiento sostenido, expansión del Estado del bienestar y sensación generalizada de progreso material.
Aquella época consolidó una idea muy potente: los conflictos sociales podían amortiguarse mediante prosperidad y negociación institucional. La estabilidad no era solo deseable; parecía natural.
La Transición española tradujo esa inercia a un país que salía de una dictadura y necesitaba certezas. El consenso se convirtió en virtud cívica y la paz social en valor supremo. Era lógico entonces.
El problema es que ese esquema sigue utilizándose hoy para interpretar una sociedad que ya no funciona con las mismas reglas. Cuando desaparecen el crecimiento inclusivo, la seguridad laboral y las expectativas de mejora, la estabilidad deja de ser el estado natural de las cosas. Mantener la vieja moral del consenso en un contexto de precariedad estructural no preserva la convivencia: la vacía de contenido.
2) El truco: llamar "odio" a lo que es conflicto distributivo
Conviene ser precisos: no se trata de negar que exista un componente emocional. Claro que lo hay. Las redes lo amplifican, hay actores que viven de incendiar el clima público y el resentimiento se contagia. Pero lo emocional y lo material no son compartimentos separados: se retroalimentan. La rabia no surge en el vacío; crece sobre condiciones concretas que la fertilizan.
Y el problema del diagnóstico puramente emocional —el de Llamazares— no es que sea falso, sino que es políticamente estéril: si reduces la enfermedad al síntoma, nunca llegas a la causa.
Cuando sube la tensión no es porque de repente "los españoles" hayan descubierto su gen cainita. Suben la tensión y el mal humor porque el alquiler muerde, el trabajo se precariza, la movilidad social se bloquea, los servicios públicos se degradan, la inseguridad vital se normaliza y las élites —políticas, económicas, mediáticas— se blindan.
Eso no es una patología del carácter nacional. Es fricción social bajo presión.
Llamar a eso "odio" tiene dos efectos:
- Desactiva la discusión material. Si el problema es un clima emocional, la solución es que "nos hablemos mejor". Si el problema es material, la solución implica redistribución, regulación, inversión, conflicto real con intereses reales.
- Condena el síntoma, no la causa. La crispación es fea, sí. Pero muchas veces es el ruido que hace una sociedad cuando le han roto el ascensor y le piden que sonría.
3) La nostalgia del consenso: el centro como preferencia por el orden
Hay una forma de centrismo cultural —la "tercera España" de sobremesa— que se vende como moderación y suele ser otra cosa: preferencia por el orden.
Si te educaste en un mundo donde la estabilidad venía acompañada de mejora material (o al menos de expectativa de mejora), el conflicto te parece un riesgo innecesario. Si has vivido la ruptura de expectativas, el conflicto ya no parece un lujo: parece el único lenguaje disponible.
Ahí está el choque generacional real: unos creen que el objetivo es bajar el volumen; otros saben que, aunque bajes el volumen, el problema sigue ahí.
4) Para quién funciona el discurso de la concordia
No sería justo despachar la posición de Llamazares como simple nostalgia ingenua. El discurso del "bajemos el tono" tiene audiencia porque refleja una experiencia real: la de quienes viven razonablemente bien. Para alguien con vivienda en propiedad, empleo estable y acceso a servicios, pedir moderación no es un tic sentimental; es una posición racional desde su situación. El conflicto, para esa franja, solo puede empeorar las cosas.
Y eso es precisamente lo que hace el diagnóstico tan revelador. No falla por casualidad: falla en una dirección concreta. Nombra "odio" lo que otros viven como asfixia, y lo hace desde el lado blindado de la fractura.
La llamada a la concordia no es neutral; es la perspectiva de quienes pueden permitirse la calma. Reconocerlo no invalida toda petición de civismo, pero sí obliga a preguntar: ¿concordia para quién y sobre qué base?
5) "Dos Españas": un molde viejo para un país nuevo
El marco de "las dos Españas" es útil para tranquilizar conciencias porque es antiguo y familiar. Permite pensar que lo de hoy es una reedición de lo de siempre.
Pero la fractura principal actual no es solo ideológica. Es vertical: blindados frente a expuestos. Patrimonio frente a salario. Propiedad frente a alquiler. Seguridad frente a intemperie.
Reducirlo a un enfrentamiento histórico evita mirar la transformación estructural que está produciendo desigualdad y competencia social a gran escala.
6) El neoliberalismo no produce solo desigualdad: produce agresividad cotidiana
La ofensiva neoliberal no solo redistribuye renta hacia arriba. También redistribuye estrés hacia abajo.
Un ejemplo concreto: España tiene hoy una tasa de temporalidad que, incluso tras la reforma laboral, sigue entre las más altas de Europa. A eso se suma que el gasto medio en vivienda supera el 40% de los ingresos en las grandes ciudades para los menores de 35 años.
Cuando combinas empleo inestable con coste de vida desbocado, no produces ciudadanos serenos que debaten con templanza: produces individuos en modo supervivencia, con el umbral de tolerancia bajo mínimos.
La convivencia se vuelve más áspera no porque la sociedad se degrade moralmente, sino porque aumenta la presión sobre personas y familias que perciben que el sistema no ofrece ni protección ni horizonte.
Así se fabrica el resentimiento: no con una maldición cultural, sino con condiciones materiales que erosionan la confianza social.
7) Conclusión: menos moralina y más suelo
Si se quiere reducir la crispación, el tribalismo y la hostilidad cotidiana, el camino no pasa por sermones sobre concordia. Pasa por reconstruir las condiciones materiales de estabilidad: vivienda accesible, salarios dignos, servicios públicos sólidos, protección frente a la inseguridad vital y expectativas realistas de futuro.
Sin eso, la moral heredada de los Treinta Gloriosos y de la Transición se convierte en un discurso sin base real. Y el "odio" queda como comodín retórico: una palabra grave que permite evitar la discusión sobre lo importante.
No hace falta menos conflicto. Hace falta conflicto con contenido, orientado a recomponer el suelo común que permite que una sociedad funcione sin necesidad de invocar constantemente la concordia.



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