La lección del Poseidón aplicada al Atlético: por qué 25 puntos en casa y 13 fuera no es un bache, sino un sistema agotado que todavía parece funcionar
La película The Poseidon Adventure (1972) y la novela homónima de Paul Gallico (1969) comparten el mismo disparador: un transatlántico vuelca y la supervivencia ya no depende de esperar, sino de elegir un camino dentro de un mundo invertido. Pero la novela subraya con más crudeza una escena moral que la película convierte en una parte más de la historia (aunque tenga su peso): el debate inicial entre quienes se quedan en el salón esperando el rescate y quienes deciden moverse hacia el casco. Ese debate es el centro invisible de la historia.
Ese choque no es literario. Es universal. Y explica por qué casi nadie se atreve a cambiar cuando aún está a tiempo de verdad porque las cosas aun no se han ido al carajo.
En un vistazo: El Atlético de Madrid está en el mismo punto que los pasajeros del Poseidón: todavía hay luz, todavía hay puntos en la tabla, todavía hay un relato tranquilizador. Pero el patrón es claro: 25 puntos en casa, 13 fuera. El equipo no viaja. No sostiene su narrativa de club grande fuera del Metropolitano. La decadencia lenta es la más peligrosa porque nunca activa la alarma. Mientras el salón (el Metropolitano) siga sosteniendo la tabla, la mayoría preferirá quedarse esperando. Pero la lección del Poseidón es brutal: cuando el sistema se hunde, la espera es una forma sofisticada de suicidio. Moverse ahora no garantiza acertar. Pero quedarse garantiza que cuando el salón deje de ser habitable, ya no habrá margen para decidir con calma: solo quedará reaccionar a golpes.
El dilema universal: dos perfiles ante el tiempo
Hay una forma de fracaso que no suena a fracaso: la que ocurre cuando las cosas siguen siendo moderadamente soportables. Cuando todavía hay luz, cuando todavía hay comida, cuando todavía hay un relato tranquilizador. En el Poseidón, ese lugar tiene nombre: el salón. No es seguro, pero parece seguro. No es estable, pero parece estable. Y esa apariencia genera una trampa perfecta: la gente interpreta el presente como una pausa incómoda, no como un proceso irreversible.
Ahí aparecen dos perfiles de la naturaleza humana.
El perfil "salón" administra la normalidad mínima. No busca la verdad del sistema; busca un punto de apoyo psicológico. Su razonamiento suena prudente: "si nos movemos, nos matamos; aquí vendrán a por nosotros". En realidad, ese perfil hace algo más profundo: aplaza la decisión. No decide esperar; decide no decidir. Y cuando un sistema entra en fase terminal, la no-decisión es una decisión: es rendición diferida.
El perfil "casco" no es épico. Es lúcido. Ve la misma situación y entiende algo elemental: si el barco sigue hundiéndose, el salón es una ratonera. El "casco" no es un destino; es una idea: moverse hacia donde aún puede existir una salida. Ese perfil acepta pagar un precio ahora —incertidumbre, conflicto, pérdida de confort— porque sabe que el precio de no pagarlo será mayor y, sobre todo, obligatorio.
La novela es tajante: quedarse esperando no salva. Los que se quedan en el salón mueren. Los que sobreviven son los que se mueven, aunque lo hagan por rutas distintas y aunque el camino los despedace. La lección no es que actuar garantice el éxito; es que, cuando el sistema se hunde, la espera es una forma sofisticada de suicidio.
Cambiar tarde: la lógica de la decadencia lenta
La decadencia lenta es el terreno ideal del perfil "salón". Cuando el deterioro no es un golpe, sino un goteo, siempre existe una excusa para posponer la reforma: "no estamos tan mal", "ya mejoraremos", "el próximo mercado", "una racha lo arregla", "solo es un bache". El problema es que ese tipo de justificaciones no detienen el proceso: lo maquillan.
Por eso casi siempre se cambia tarde: porque el cambio exige reconocer algo insoportable para la psique colectiva. Exige admitir que lo "moderadamente bien" es, en realidad, una pendiente. Y admitir una pendiente obliga a actuar (porque la pendiente no se negocia). Mientras el sistema permita respirar, la mayoría preferirá respirar antes que caminar.
El Atlético de Madrid: el salón que todavía funciona
Ese choque se ve hoy en el Atlético de Madrid con una claridad incómoda. No hace falta que el club esté en ruinas para que haya decadencia: basta con que el equipo viva de un refugio y no sostenga el relato fuera de él.
A 17 de enero de 2026, el Atlético es 4º con 38 puntos. En casa, el rendimiento es casi perfecto: 25 puntos (8-1-0). Fuera, el equipo se vuelve irregular: 13 puntos (3-4-3).
Ese diferencial es el salón. Mientras el Metropolitano siga sosteniendo la tabla, el perfil "salón" tendrá munición: "estamos arriba", "cumplimos", "no dramatices", "cambiar puede ser peor". Esa lógica no es solo conservadurismo: es una forma de autoprotección. Cambiar ahora implica asumir que lo que se ve como estabilidad es, quizá, una cubierta falsa.
Pero el declive que importa no es el puesto; es el patrón. Y el patrón es éste: fuera de casa el Atleti no impone. Fuera de casa, el Atleti no sostiene con continuidad la narrativa de club grande. Fuera de casa, el equipo deja de ser un sistema y se convierte en una suma de momentos: un gol, una parada, una inspiración, una jugada aislada. Y eso es exactamente lo que define una decadencia lenta: vivir de chispazos mientras el motor pierde potencia.
Los que quieren moverse: la única posición adulta
Los que piden moverse —cambiar el marco, cambiar la planificación, cambiar la inercia— no lo hacen porque sean impacientes. Lo hacen porque entienden lo esencial: si el modelo no viaja, el modelo está agotado. Un equipo grande no es grande por su fortaleza en casa; es grande por su capacidad de competir en cualquier contexto, sin depender del entorno.
La pelea real no es táctica ni sentimental. Es temporal. El perfil "salón" quiere más tiempo. El perfil "casco" sabe que el tiempo ya no es un recurso neutral: es el enemigo. Porque cada temporada que se acepta como "moderadamente suficiente" convierte la mediocridad en costumbre. Y una costumbre, en un club, se vuelve identidad.
Moverse ahora no garantiza acertar. Pero quedarse garantiza otra cosa: que el día en que el "salón" deje de ser habitable —cuando el Atlético empiece a tener en casa los mismos resultados irregulares que ya sufre fuera— ya no habrá margen para decidir con calma: solo quedará reaccionar a golpes. Y un club que llega a ese punto no cambia: se descompone.
Cierre
El Poseidón no enseña heroísmo; enseña algo más raro: responsabilidad bajo incertidumbre. La responsabilidad de actuar cuando todavía se puede justificar la inacción. La responsabilidad de moverse cuando el salón sigue siendo habitable, precisamente porque ahí es donde la mayoría se queda.
El Atlético está en ese punto. Todavía hay luz. Todavía hay puntos. Todavía hay relato. Y por eso mismo, el riesgo real no es perder un partido: es aprender a vivir dentro del salón como si eso fuera el proyecto.



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