La politización de una crisis sanitaria no busca informarte mejor. Busca convertirte en espectador enfadado, en hincha obediente y, finalmente, en voto útil para quienes después no tendrán que hacer casi nada.
La crisis del hantavirus ha dejado una escena lamentable. No solo por la gestión sanitaria, que deberá evaluarse con datos y no con gritos, sino por el espectáculo político montado alrededor: acusaciones cruzadas, alarmismo, burlas, sobreactuación institucional y esa competición miserable por ver quién convierte antes una emergencia en munición electoral.
El caso exigía prudencia. Había un brote, pasajeros en vigilancia, coordinación sanitaria, informes técnicos, pruebas y un debate razonable sobre los riesgos reales. Eso pedía serenidad institucional. No la hubo. Hubo teatro. Hubo bronca. Hubo titulares. Hubo dirigentes hablando para los suyos, no para la ciudadanía.
Pero conviene no equivocarse: ese espectáculo no es un fallo del sistema. Es una función del sistema.
Lo hacen para ti.
Lo hacen para que mires, te indignes, tomes partido, insultes al otro bando y acabes confundiendo la política con una grada. Lo hacen para que una crisis sanitaria deje de ser un problema de protocolos, competencias, prevención y coordinación, y se convierta en otro episodio de la guerra emocional permanente.
Da igual el virus. Da igual el barco. Da igual la evidencia. Da igual si el riesgo era alto, bajo, remoto o manejable. Lo importante es que cada bloque político pueda salir con su relato cerrado: los míos tenían razón, los otros son irresponsables, ignorantes, criminales o ridículos.
Y ahí está la trampa.
El negocio de la rabia
Porque cuanto más te radicalizan, menos tienen que ofrecerte. Cuanto más te convierten en hincha, menos programa necesitan. Cuanto más odias al adversario, menos les exiges a los tuyos. Ya no tienen que gobernar bien. Les basta con representar bien tu enfado.
Ese es el negocio.
Después, cuando gobiernan, no necesitan hacer demasiado. Ya han conseguido lo principal: que no los juzgues por lo que hacen, sino por contra quién dicen estar.
El método se queda
Por eso la politización del hantavirus no es solo una vergüenza coyuntural. Es una advertencia. Nos están entrenando para reaccionar antes que pensar, para tomar partido antes que entender y para votar desde la rabia antes que desde la exigencia.
El virus puede pasar.
El método se queda.


Comentarios
Publicar un comentario