El encanto de este Papa es que está muerto y no lo sabe

El encanto de este Papa es que está muerto y no lo sabe
Análisis · Política contemporánea · Opinión

Cuando todo el mundo aplaude el mismo discurso y nadie cambia nada, no estamos ante hipocresía. Estamos ante un sistema que mata las ideas en el momento de honrarlas. Lo que pasó ayer en el Congreso fue un funeral: se habla bien del difunto porque es lo que se debe hacer, porque es el momento de las grandes palabras, aunque en el fondo nadie soporte las ideas que están detrás de ellas.

En un vistazo
El detonante: El Papa León XIV habló ante el Congreso de los Diputados sobre migración, dignidad humana y lenguaje público. Los diputados le aplaudieron durante más de siete minutos, incluso después de que ya hubiera salido del hemiciclo. Luego cada partido lo interpretó a su conveniencia y nada cambió.
La tesis: La frase de Abascal —hay que distinguir entre «la política de los discursos» y «la política práctica»— no es un desliz. Es la definición más honesta del funcionamiento de la política tecnocrática contemporánea.
El mecanismo: La política moderna no niega los ideales morales. Los aplaude, los celebra y los clausura. El gesto sustituye a la acción. La imagen reemplaza a la cosa. El aplauso funciona como válvula de escape que libera presión moral sin que nada cambie.
Los autores: Max Weber diagnosticó la tensión entre ética de la convicción y ética de la responsabilidad. Hannah Arendt describió cómo el poder construye versiones de la realidad que sustituyen a los hechos. Guy Debord llamó a esto la sociedad del espectáculo: la imagen de las cosas ha reemplazado a las cosas mismas.
La conclusión: Lo que describe Abascal no es la ética de la responsabilidad weberiana. Es su degradación: una política sin convicción que traicionar, que ha eliminado el ideal de la ecuación y sólo administra consecuencias.

Un Papa que no esquiva

León XIV llegó a España con un perfil ya definido. Desde su elección en mayo de 2025, el pontífice americano —nacido en Chicago, obispo durante décadas en Perú— ha demostrado que no tiene intención de esquivar los temas incómodos que su predecesor Francisco convirtió en marca de pontificado. Antes incluso de la visita española, ya había afirmado públicamente que el trato a los inmigrantes en Estados Unidos no podía considerarse una posición pro-vida, en una declaración que tensó sus relaciones con la administración Trump y dejó claro que su brújula moral no se doblega ante ninguna conveniencia política.

En el Congreso de los Diputados, en la primera intervención de un pontífice ante las Cortes Generales españolas, León XIV no acudió a Madrid para bendecir posiciones ideológicas concretas ni para alinearse con un bloque político determinado. Acudió, más bien, a cuestionar algunas de las inercias que dominan el debate público contemporáneo. Su discurso estuvo centrado en la dignidad humana, el bien común, la defensa de los más vulnerables, la migración, la paz y la necesidad de cuidar el lenguaje público. No fueron generalidades vagas. Insistió en que toda discriminación por razones de origen nacional, étnico, religioso o económico constituye una vulneración grave de la dignidad humana, y recordó que las fronteras no deben convertirse en espacios de abandono.

Lo que siguió merece detenerse en ello. Durante más de siete minutos, el hemiciclo rompió en una prolongada ovación. Una ovación que, según las crónicas, continuó incluso después de que el Papa ya hubiera abandonado el salón. El hemiciclo aplaudiendo a quien ya no estaba. Excusatio non petita, accusatio manifesta.

Alberto Núñez Feijóo declaró que compartía «de la a a la z» todas las palabras de León XIV, poniendo especialmente en valor «la defensa de la dignidad de la persona, la familia y la libertad religiosa». Una selección que omite con precisión quirúrgica todo lo dicho sobre migración.
Santiago Abascal hizo «ciertos equilibrios» para no posicionarse en contra del discurso migratorio: «Todos sabemos distinguir entre los discursos y la política práctica», afirmó.
Una crónica lo resumió con precisión: «Hemos fingido de maravilla el orgasmo de la convivencia». Todos los diputados aplaudían el mismo discurso. Nadie cambió nada.

Una frase más importante de lo que parece

En esa frase de Abascal, pronunciada a la salida del Congreso por el líder del partido que ha convertido la hostilidad al inmigrante en su principal activo electoral, está el diagnóstico completo de la política contemporánea. Hay que distinguir entre «la política de los discursos» y «la política práctica». El Papa dice cosas hermosas. Los políticos gobiernan el mundo real. Son dos registros distintos. No hay contradicción.

La frase pretendía ser una coartada. Acabó siendo un diagnóstico.

No se aplaudió para cambiar nada. Se aplaudió para poder seguir igual. Y en esa escena cabe toda la política contemporánea.

Weber: la tensión que desapareció

Para entender lo que ocurrió en el Congreso hace falta un diagnóstico. El primero lo ofreció Max Weber hace más de un siglo, y sigue siendo el más preciso.

Weber distinguió entre dos éticas que conviven en tensión dentro de cualquier acción política seria. La ética de la convicción sostiene principios con independencia de sus consecuencias: el que actúa desde ella no calcula, obedece a un imperativo moral y acepta que el mundo puede resistirse. La ética de la responsabilidad, en cambio, asume el peso de las consecuencias, incluidas las sucias: el político responsable sabe que para sostener un bien mayor a veces hay que emplear medios que no son puros.

Weber no despreciaba ninguna de las dos. Consideraba que el político maduro debía sostener ambas en tensión permanente. El hombre de convicción sin responsabilidad es un fanático. El político sin convicción que sólo administra consecuencias es, simplemente, un tecnócrata. La política sana vive en esa incomodidad: sabe lo que debería hacer y sabe lo que puede hacer, y no deja de sentir el peso de la distancia entre ambas cosas.

Lo que Abascal describió sin pretenderlo no es la ética de la responsabilidad weberiana. Es su cadáver. Una política que ya no experimenta ninguna tensión entre el ideal y la práctica porque ha eliminado el ideal de la ecuación. No hay coste moral porque no hay moral de referencia. La convicción no se traicionó: se declaró irrelevante. Y cuando una tensión desaparece sin resolverse, algo más profundo se rompe. Pero ¿cómo se sostiene ese sistema sin que nadie lo cuestione? Ahí entra Arendt.

Arendt: cuando la ceremonia fabrica la realidad

Hannah Arendt observó que el poder moderno tiene una relación peculiar con la verdad. En su ensayo Verdad y política, señaló que los regímenes no mienten sólo cuando les conviene: construyen activamente versiones de la realidad que sustituyen a los hechos. La mentira organizada no es una anomalía del sistema político sino una de sus herramientas constitutivas.

La política contemporánea no ha llegado todavía al extremo totalitario que analizó Arendt, pero ha desarrollado una versión más sofisticada y menos dramática del mismo mecanismo. No falsifica hechos burdamente: administra marcos de interpretación. No suprime la convicción moral: la celebra en el Congreso y la vacía de contenido en un decreto de expulsión. La realidad no se inventa con una mentira; se construye con una acumulación de gestos y ceremonias que crean la ilusión de que los valores están siendo honrados mientras las políticas los desmienten.

Aquí está la clave que Weber no podía ver del todo: el sistema no necesita eliminar la tensión entre convicción y responsabilidad. Le basta con producir la apariencia de que esa tensión se está gestionando con honestidad. El aplauso al Papa no fue hipocresía individual. Fue arquitectura institucional: una forma de fabricar la realidad de un Congreso que honra la dignidad humana, aunque sus políticas la contradigan. Pero ¿cómo funciona ese mecanismo a escala de toda una cultura política? Debord lo explicó mejor que nadie.

Debord: el espectáculo como sistema

Guy Debord llamó a esto la sociedad del espectáculo. No en el sentido trivial de que la política se haya vuelto teatral, sino en uno más profundo: que la imagen de las cosas ha reemplazado a las cosas mismas como objeto de la vida política. No se gobierna la realidad; se gobierna su representación. No se resuelven problemas; se gestionan percepciones.

En la sociedad del espectáculo debordiana, el gesto no acompaña a la acción: la sustituye. El aplauso al Papa no es el preludio de una política más humana. Es su reemplazo. Se aplaude para no tener que actuar. Se celebra el discurso para neutralizarlo. La emoción colectiva que produce la palabra «dignidad» en un hemiciclo funciona como válvula de escape: libera presión moral sin que nada cambie en la fontanería del poder.

Y esto, a diferencia de la hipocresía individual, no requiere cálculo ni mala fe. El sistema del espectáculo funciona solo, porque todos los actores han interiorizado sus reglas. Feijóo no mintió cuando dijo que compartía el discurso del Papa de la a a la z: seleccionó lo que el espectáculo le permitía seleccionar. Abascal no mintió cuando separó discurso y política práctica: estaba enunciando la gramática del sistema. Los progresistas que se quedaron con la «mitad buena» tampoco mintieron: eligieron su fragmento del espectáculo. Nadie miente. Todos actúan. La diferencia entre Weber, Arendt y Debord es que Weber todavía creía que el político podía resistirse, Arendt describió cómo el sistema lo hace innecesario, y Debord explicó por qué nadie ya lo intenta. Juntos los tres dibujan la trayectoria completa: de la tensión perdida a la realidad fabricada, y de la realidad fabricada al espectáculo que ya no necesita ni fabricarse porque todos lo aceptan como el único mundo posible.

El elogio fúnebre de las ideas

Weber, Arendt y Debord describen el mecanismo. Pero hay una imagen que lo hace visible de golpe, sin necesidad de teoría. Lo que ocurrió en el Congreso ese lunes no fue una ceremonia política. Fue un funeral.

En los funerales, todo el mundo habla bien del difunto. Se recuerdan sus virtudes, se omiten sus defectos, se pronuncian palabras que en vida nadie se habría molestado en decir. No hay hipocresía en ello, o no solamente. Hay algo más preciso: el muerto ya no representa ningún peligro. Sus ideas no van a reclamar nada. Sus palabras no van a tener consecuencias. Por eso se puede honrarlas sin incomodidad, e incluso con genuina emoción. El elogio fúnebre es sincero precisamente porque el fallecido ya no está en condiciones de exigir que se lo tomen en serio.

Eso es exactamente lo que describía Weber cuando hablaba de la tensión perdida: cuando una convicción ya no incomoda a nadie, es porque ya está muerta. Lo que fabricaba Arendt con sus ceremonias era, en el fondo, un velatorio: la escenificación pública del duelo por unos valores que el poder ya no practica. Y lo que Debord llamaba espectáculo era el funeral institucionalizado, el rito colectivo mediante el cual una sociedad honra lo que ha decidido no cumplir.

Eso es lo que hicieron los diputados con el discurso del Papa. Lo velaron con todos los honores. Feijóo encontró en él un elogio a la familia. Abascal lo separó pulcramente de la política práctica. Los progresistas se quedaron con la «mitad buena». Cada partido eligió qué parte del cadáver llevarse a casa como recuerdo. Y todos aplaudieron, durante siete minutos, a una idea que en ese mismo instante estaban enterrando.

Pero aquí hay un detalle que el protocolo fúnebre no contempla: en un funeral, aplaudir sería de mal gusto. Se llora, se guarda silencio, se baja la cabeza. Aquí aplaudieron. Lo cual significa que no fue ni siquiera un entierro digno. Fue una celebración. Se festejó que la idea ya no molestara.

La diferencia entre un funeral y lo que ocurrió en el Congreso es que en el funeral nadie espera que el difunto resucite. En el Congreso, el Papa seguía vivo. Sus palabras habían sido pronunciadas ese mismo día, en esa misma sala, ante esas mismas personas. La idea no estaba muerta por naturaleza: la mataron en el momento de aplaudirla. El aplauso fue el certificado de defunción.

Weber diagnosticó la tensión perdida: la convicción y la responsabilidad dejaron de vivir en conflicto. Cuando una convicción ya no incomoda a nadie, es porque ya está muerta.
Arendt describió la realidad fabricada: las ceremonias institucionales producen la apariencia de que los valores se honran. El velatorio público de lo que el poder ya no practica.
Debord nombró el espectáculo total: el funeral institucionalizado, el rito colectivo mediante el cual una sociedad aplaude lo que ha decidido no cumplir. El aplauso como certificado de defunción.

El hombre de ideas en el mundo sucio

El Papa no es un hombre práctico. Es un hombre de ideas, y eso, en el contexto de la política contemporánea, lo convierte en una figura incómoda precisamente porque no le importa serlo. No propone un presupuesto ni una ley de extranjería. Recuerda algo más elemental y más perturbador: que debajo de cada expediente administrativo hay una vida; que debajo de cada frontera hay una desigualdad que no es natural sino decidida; que debajo de cada discurso sobre seguridad hay una elección sobre quién merece protección y quién puede ser abandonado.

La política tecnocrática no puede responder a eso. No porque la respuesta sea imposible, sino porque responder exigiría reconocer que existe una pregunta. Y la pregunta de fondo —la que Weber llamaba la tensión entre convicción y responsabilidad— es exactamente lo que el sistema contemporáneo ha aprendido a eliminar.

No mediante la represión. Mediante el aplauso.
Se aplaude para que el discurso termine. Para reconocer su belleza sin asumir sus consecuencias.
Se aplaude para clausurar la exigencia moral y devolver la política al único terreno en que se siente segura: el del cálculo, la segmentación de públicos y la administración de miedos.

Una definición, no un desliz

Abascal dijo en voz alta lo que la mayoría practica en silencio. Eso no lo exculpa. Pero sí revela algo sobre el estado general de la política: que ya no necesita ni tomarse la molestia de fingir que la distancia entre sus palabras y sus actos le produce alguna incomodidad.

Existe la política de los discursos: noble, elevada, ceremonial, llena de palabras como dignidad, acogida, justicia y humanidad. Y existe la política práctica: dura, calculadora, electoral, fronteriza, adaptada al miedo y al resentimiento.

Lo grave no es que ambas existan. Lo grave es que hayamos aceptado tranquilamente que no tengan nada que ver entre sí. Que Weber se haya convertido en coartada, que Arendt haya sido superada por la realidad que describió, y que Debord haya tenido razón en todo menos en pensar que alguien lo encontraría escandaloso.

El Congreso aplaudió al Papa. Y al día siguiente, todo siguió igual. Eso no es hipocresía. Es el sistema funcionando exactamente como fue diseñado.

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