El crecimiento sostenido de las bajas laborales en España no es una anomalía administrativa. Es la forma que adopta hoy el rechazo al capitalismo y al trabajo que produce, cuando el cuerpo se adelanta a la conciencia política que todavía no ha llegado a nombrarlo.
Hace unos días escribí sobre cómo Garamendi y Feijóo usan la palabra «absentismo» para acusar al trabajador enfermo de robar horas (Los empresarios no son nuestros amigos). Ese artículo desmontaba la trampa del lenguaje: mezclar la ausencia injustificada —que ya tiene sanción en el artículo 54 del Estatuto de los Trabajadores— con la incapacidad temporal certificada, que no debería tenerla. Dejé una pregunta abierta a propósito: si retiramos la mala fe de la CEOE y miramos solo el fenómeno, ¿qué significa que cada vez más personas se retiren temporalmente del trabajo?
Mi respuesta: el absentismo es la forma que adopta hoy el rechazo al capitalismo y al mundo del trabajo que produce, antes de que ese rechazo pueda formularse como conciencia política. No es una huelga encubierta. No es una decisión deliberada. Es rechazo real, pero el cuerpo llega primero: enferma, se agota, se rompe, mientras la conciencia todavía no ha encontrado las palabras ni la organización para nombrar lo que el cuerpo ya sabe. No es que la negación haya perdido su cauce consciente. Es que el cuerpo se ha adelantado a él.
Por qué el cuerpo va primero
Paul Lafargue, en El derecho a la pereza (1883), ya señaló el mecanismo que sostiene la condena moral del absentismo: el capitalismo no exige solo que vendas tus horas, exige que consideres virtuoso hacerlo. La palabra «absentista» no describe una situación, la juzga. Es la misma trampa de lenguaje que denuncié en el artículo anterior sobre Garamendi, vista ahora desde su raíz filosófica.
Mario Tronti y Antonio Negri describieron cómo funcionaba ese rechazo cuando ya era consciente. Para Tronti, el poder del trabajador no estaba solo en producir, sino en poder dejar de hacerlo: el capital necesita incorporar trabajo vivo, y por eso retirar la cooperación tiene efectos materiales. Negri llevó esto más lejos con la idea de rechazo del trabajo: la huelga y el sabotaje no piden una parte mayor de lo producido, cuestionan el derecho del capital a organizar la existencia alrededor de la producción.
Ese modelo presupone tres cosas que el absentismo actual todavía no tiene: conciencia, organización y un nombre para el adversario. La huelga dice «no aceptamos esto» a alguien concreto. La baja médica todavía no dice nada a nadie —pero eso no significa que no diga nada—. Y ahí está la pregunta que de verdad importa: ¿qué tiene que pasar para que el cuerpo que ya se ha negado encuentre, además, las palabras?
Mark Fisher ayuda a entender por qué esas palabras tardan en llegar: llamó privatización del estrés al proceso por el que un problema producido por la organización económica se convierte en una dificultad exclusivamente personal. El trabajador no está en huelga contra la precariedad, «no sabe gestionar la presión». El sistema queda fuera del diagnóstico, y mientras el diagnóstico sea individual, la conciencia política no tiene dónde engancharse: no hay causa común que nombrar si cada malestar se explica como fallo propio.
Franco Berardi explica el otro lado del mismo mecanismo: el capitalismo cognitivo no moviliza solo el músculo, moviliza el alma —atención, comunicación, disponibilidad emocional, implicación—. Y el alma es precisamente el terreno donde tendría que formarse la conciencia política para convertirse en huelga. Pero ese terreno está tan ocupado sosteniendo el rendimiento diario que no le queda margen para pensarse a sí mismo. El cuerpo, en cambio, no necesita ese margen: se rompe antes de que nadie le pida permiso para pensar. Por eso llega antes. No porque la conciencia haya sido silenciada, sino porque el cuerpo no espera a que ella esté lista.
Ahí está el mecanismo completo: el mismo terreno que Berardi identifica como saturado por el capital es el que Tronti identificaba como la fuente del poder de negarse. Ese terreno está tan ocupado sosteniendo el rendimiento que la negación no consigue esperar a organizarse: se manifiesta primero donde puede —el cuerpo— y solo después, si acaso, sube a la conciencia.
El absentismo no demuestra que el trabajador se haya rebelado conscientemente contra el capitalismo. Demuestra que su cuerpo se ha rebelado primero, marcando un camino que la conciencia política todavía no ha recorrido.
Esto es una interpretación, no un hecho estadístico. Veamos si el caso español la sostiene.
Cómo crece el absentismo en España
La tendencia es clara y no es estacional. Según Randstad Research, la tasa de absentismo del cuarto trimestre pasó del 5,9% en 2021 al 7,1% en 2025 —un crecimiento relativo superior al 20% en cuatro años—, con casi 1,6 millones de personas ausentes cada día, 1,24 millones de ellas con baja médica. El primer trimestre de 2026 ya marca el 7,2%. Otra metodología, la de The Adecco Group Institute, sitúa la tasa anual aún más alta: 7,68%, con un 5,97% correspondiente a incapacidad temporal.
España no sigue la tendencia europea: la adelanta. En 2024, el 4,5% de los ocupados españoles no trabajó por incapacidad temporal, frente al 2,5% de la media de la UE-27, y desde 2018 la distancia con Europa ha crecido 4,6 veces más rápido que la media comunitaria. Según la OCDE, España pierde de media 4,9 semanas por trabajador al año, solo superada por Noruega y Finlandia, con un incremento del 69% desde 2018 frente al 15% de la media de la OCDE.
El absentismo tampoco se reparte al azar, y aquí es donde el dato empieza a sostener la tesis. Un estudio del Ivie y Umivale Activa añade la cifra que le falta a esta distribución: el 16,6% de los trabajadores —quienes repiten proceso de baja— concentra el 69,6% de las bajas y el 64,5% de las jornadas perdidas. No es una desafección difusa y homogénea. Es una carga que se acumula, con enorme intensidad, sobre quienes ya estaban más expuestos.
La salud mental es donde la tesis deja de ser interpretación y se vuelve dato duro. Según UGT, en 2024 se registraron 671.618 bajas por trastornos mentales, la cifra más alta desde 2016 y un incremento del 136%. El INSST confirma que entre 2018 y 2024 las bajas por síntomas emocionales crecieron un 490%, los diagnósticos de estrés grave un 230% y los trastornos de ansiedad un 120%. El 64% de estas bajas corresponde a mujeres, y su duración media —93,5 días, frente a 81,5 en hombres— es la más alta de todo el sistema. Esto es exactamente lo que predicen Fisher y Berardi: el cuerpo llega antes que el diagnóstico político, y lo hace precisamente donde la exigencia de disponibilidad —laboral y de cuidados— es mayor.
El cuerpo más joven habla antes que ningún otro. Entre 2018 y 2025, la incidencia de bajas por incapacidad temporal entre los trabajadores de 16 a 35 años creció un 162%, mientras descendía entre los mayores de 55. La generación que menos puede esperar del pacto laboral —estabilidad, vivienda, ascenso— es también la que menos margen tiene para convertir el sufrimiento en virtud, y la que antes lo convierte en baja.
El indicador que nadie quiere leer
Vigilar más, endurecer el acceso a las bajas, dar más poder a las mutuas: cada una de estas respuestas trata el síntoma como si fuera la enfermedad. Pero castigar el termómetro no baja la fiebre.
Alice Miller tituló uno de sus libros con la frase que mejor resume este artículo: el cuerpo nunca miente. Miller hablaba de las secuelas del maltrato infantil, no del trabajo, pero la lógica es idéntica: lo que la conciencia reprime o todavía no puede nombrar, el cuerpo lo expresa de todos modos, sin pedir permiso. Lacan llegó a algo parecido por otro camino: para él, el síntoma es un mensaje que el sujeto dirige al Otro precisamente cuando la palabra ya no le alcanza. El absentismo es ese mensaje, enviado antes de que exista el lenguaje político para escribirlo.
El absentismo no demuestra que millones de personas estén organizando una rebelión contra el capitalismo. Demuestra algo que a Garamendi y a Feijóo les interesa no ver: que el cuerpo de una parte creciente de la sociedad ya ha empezado a negarse, aunque su conciencia todavía no sepa cómo llamarlo.
El cuerpo nunca miente. La conciencia, todavía, no ha aprendido a repetir lo que él ya dice.





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