Los empresarios no son nuestros amigos

Los empresarios son nuestros enemigos
OPINIÓN · ECONOMÍA · TRABAJO

Garamendi habla de "absentismo" y Feijóo propone recortar el salario en las bajas. No es un exabrupto: es la última pieza de una estrategia que solo presiona sobre el lado del trabajador mientras el beneficio empresarial sigue en máximos.

En un vistazo
La palabra: "absentismo" no es lo mismo que incapacidad temporal certificada por un médico. El término ya contiene la acusación.
El beneficio: el margen empresarial por asalariado ha crecido un 51,5% desde 2018, frente al 29,5% del salario medio.
La presión: toda propuesta patronal traslada el coste al Estado o al trabajador. Ninguna toca el margen.

La trampa del lenguaje

Antonio Garamendi, presidente de la CEOE, ha decidido presentar el absentismo laboral como un "impuesto encubierto" para las empresas. Alberto Núñez Feijóo ha recogido esa música con entusiasmo: habla del absentismo como un "cáncer" y propone que los trabajadores de baja cobren menos.

Una aclaración antes de seguir: cuando hablo de empresarios, hablo de la gran patronal — la que representa Garamendi, la que tiene despacho de prensa y acceso directo al poder político. No hablo del autónomo que abre el bar a las siete sin saber si llegará a fin de mes; ese también sobrevive en la economía que describo. Hecha la distinción, digo lo que pienso: esta patronal es nuestra enemiga. No lo digo por las declaraciones de Garamendi. Lo digo porque lo que sigue es la demostración, dato a dato, de una estrategia: presionar solo sobre el lado del trabajador, no ceder nunca nada del propio beneficio, y buscar cómo ganar más dinero quitándoselo a quien menos tiene para perder.

La patronal habla de "absentismo" como si todo fuera lo mismo: ausencias injustificadas, permisos, enfermedad común. Pero no es lo mismo. El absentismo, en sentido estricto, es una ausencia injustificada. La incapacidad temporal es una situación legal, diagnosticada por un médico y reconocida por el sistema.

Y aquí está lo más perverso de la operación: para el absentismo real —la ausencia injustificada— el ordenamiento ya ofrece una respuesta. El artículo 54 del Estatuto de los Trabajadores permite el despido disciplinario, sin indemnización, por faltas repetidas e injustificadas de asistencia al trabajo. La empresa no necesita ninguna reforma para sancionar a quien falta sin motivo: ya puede hacerlo hoy mismo. Por eso mezclar bajo la misma palabra la ausencia injustificada —que ya tiene castigo— y la incapacidad temporal certificada —que no debería tenerlo— no es un descuido de vocabulario. Es una elección con mala fe: usar el nombre del problema que ya está resuelto para camuflar el ataque al que no lo está.

La cifra funciona igual. Cuando la CEOE habla de 1,4 millones de personas que faltan cada día, se instala la imagen de una masa fija de ausentes. Pero es el promedio diario de ausencias en una población de más de veinte millones de afiliados, de las cuales 1,27 millones corresponden a incapacidad temporal certificada. Con el coste pasa lo mismo: Garamendi cifra el impacto en 33.000 millones; el gasto público real en prestaciones por IT en 2025 fue de 18.413 millones. La diferencia son costes internos de la empresa que la CEOE mezcla con la prestación pública para inflar la cifra.

Los beneficios que no han dejado de crecer

Aquí está el fondo del asunto, más allá del lenguaje y las cifras infladas. Entre 2018 y 2025, el margen bruto empresarial por asalariado ha crecido un 51,5%, mientras el salario medio solo ha subido un 29,5%. No es una crisis de rentabilidad lo que atraviesa la gran empresa española. Es una fase de beneficios récord.

Y ese excedente no se está reinvirtiendo donde debería. La inversión empresarial privada en I+D en España sigue 11 puntos por debajo de la media del sector privado europeo. No es que no tengan dinero para modernizar procesos, reducir el desgaste físico de sus plantillas o competir por valor añadido en vez de por costes de mano de obra. Es que han decidido no hacerlo.

En cambio, sí hay una partida que crece sin freno: en 2024, los consejeros delegados de las diez mayores empresas españolas cobraron una media de 7,7 millones de euros — un 11% más que el año anterior. El incremento salarial real medio en España ese mismo año fue del 0,6%. Mientras tanto, el 11,2% de los trabajadores españoles está en riesgo de pobreza pese a tener empleo — el tercer peor dato de toda la Unión Europea. Cerca de dos millones y medio de personas trabajan y siguen siendo pobres.

El beneficio crece, la cúpula se paga más, la inversión que mejoraría las condiciones de trabajo no llega, y la factura de ese desequilibrio se le presenta al trabajador como si fuera culpa suya.

La presión, siempre en la misma dirección

Y esa lógica no se queda en el discurso: se traduce en cada propuesta concreta que hacen. Todas las medidas que la CEOE ha puesto sobre la mesa —desde que la Seguridad Social asuma los primeros quince días de baja hasta que se exonere a las empresas de cotizaciones— trasladan el coste al Estado o al propio trabajador. Ninguna toca el margen. La propuesta de Feijóo de recortar el salario en caso de baja es solo la versión más brutal de ese mismo gesto: no es una medida aislada, es la continuación lógica de una estrategia que ya sabe, por el dato de la propia AIReF, que buena parte de las bajas se alargan porque el sistema sanitario no llega a tiempo — y aun así prefiere castigar al enfermo antes que exigirse algo a sí misma.

Y esta presión no ocurre en un país que parte de cero. Ocurre en una España donde el 8,5% de la población dice llegar a fin de mes con "mucha dificultad" y donde más de dos millones y medio de personas trabajan y siguen sin superar el umbral de la pobreza. En ese contexto, proponer que cobre menos quien enferma no es una medida técnica de contención del gasto: es presionar hacia abajo a gente que ya está al límite, mientras el beneficio de quien hace la propuesta sigue en máximos históricos. Es demagogia con las cifras a favor de quien la ejerce y en contra de quien la sufre.

El programa real

El absentismo no es la pelea real. Es la excusa más reciente para una pelea mucho más vieja: quién se queda con la parte creciente de lo que se produce entre todos. Los empresarios —esta patronal, la que habla por boca de Garamendi y encuentra en Feijóo a su intérprete político— han decidido que esa parte sigue siendo suya, y que si hace falta recortarle algo a alguien, ese alguien nunca va a ser el consejero delegado.

Por eso digo que son nuestros enemigos: no tocan sus beneficios, y buscan incrementarlos incrementando la pobreza de los que, en cada vez mayor número, no llegan a fin de mes aun trabajando. Así es imposible.

Para un buen entendedor, este artículo igual tiene hasta demasiadas palabras.

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