Acosado por la ansiedad, la depresión, un vago descontento, una sensación de vacío interior, el «hombre psicológico» del siglo XX no busca el engrandecimiento ni la trascendencia espiritual, sino estar en paz, pero en unas circunstancias que militan de manera creciente contra esa paz. Y sus principales aliados en esa lucha por la serenidad son los terapeutas, no los sacerdotes ni quienes predican a nivel popular la autoayuda o modelos exitosos como el de «los líderes de la industria»; el individuo recurre a ellos con la esperanza de lograr el equivalente moderno de la salvación, la «salud mental».
La terapia se ha consolidado como un sucedáneo tanto del individualismo descarnado como de la religión, pero ello no implica que el «triunfo de lo terapéutico» se haya transformado en un nuevo credo por derecho propio. La terapia constituye un anticredo, del que no siempre se puede estar seguro, y no porque se adhiera a explicaciones racionales o a estrategias científicas de curación, como quieren hacernos creer quienes la practican, sino porque la sociedad moderna «no tiene futuro» y, por tanto, no se preocupa de nada que trascienda sus necesidades inmediatas..
Aunque los terapeutas hablan de la necesidad de encontrar «un sentido» de las cosas y «amor», definen el amor y el sentido simplemente como la satisfacción de los requerimientos emocionales del paciente. Difícilmente se les ocurre —y no hay razón para ello, dada la naturaleza de la empresa terapéutica— alentar al individuo a que subordine sus necesidades e intereses a los de los demás, a algo o alguien, a alguna causa o una tradición fuera de sí mismo. El «amor» como autosacrificio o autohumillación, el «sentido» como sujeción a una forma de lealtad superior: estas sublimaciones golpean la sensibilidad terapéutica por su cualidad intolerablemente opresiva, ofensiva para el sentido común y perjudicial para la salud y el bienestar individuales. Liberar a la humanidad de esas ideas obsoletas del amor y el deber se ha convertido en la misión de las terapias posfreudianas y particularmente de sus conversos y divulgadores, para quienes la salud mental implica la superación de las inhibiciones y la gratificación inmediata de cada impulso.

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