Laxe, Uclés y una sociedad que ya no sabe qué hacer con la cultura

Laxe, Uclés y una sociedad que ya no sabe qué hacer con la cultura
Opinión · Cultura

El realismo capitalista solo deja espacio a la fast culture, un simulacro veloz de la cultura de verdad; por eso personajes tan cargados de connotaciones culturales como Laxe y Uclés, impostados o no, resultan hoy tan difíciles de digerir.

En un vistazo
El síntoma: los memes y la burla sistemática contra Óliver Laxe y David Uclés no hablan de ellos, sino de qué hace hoy una sociedad con la solemnidad cultural.
La fast culture: incapaz de imaginar algo nuevo, la cultura bajo el realismo capitalista se reduce a pastiche y consumo inmediato —la filosofía en tarjeta de Instagram— y reacciona a la cultura pesada con alergia, no con juicio.
El paladar entrenado: ese régimen forma también a un público acostumbrado a citar sin creer, incapaz de reconocer la voz de autor si no llega precocinada en un guiño.
El rechazo básico: Laxe y Uclés proponen un juego simbólico que exige descifrarse con calma; lo que reciben no es crítica culta, es un reflejo tan automático como el de un meme.

El bufón involuntario

Óliver Laxe compara ver su última película con una ceremonia de ayahuasca: intensa, exigente, y al final, como quien recibe el zumo de naranja tras el trance, uno sale transformado. Él mismo reconoce que estas declaraciones le han valido una lluvia de memes tan constante que bromea con no necesitar terapeuta. David Uclés, por su parte, aprovechó el terremoto de magnitud 5,2 que sacudió Granada el pasado 18 de agosto —con heridos y daños materiales reales— para leerlo en clave simbólica: coincidiendo con el 90 aniversario del asesinato de Lorca, escribió que la tierra tiembla porque el poeta sigue sin ser hallado. La respuesta, entre la fascinación literaria y el sonrojo, fue inmediata.

A mí, personalmente, esa impostura me molesta. Hay en ambos una construcción demasiado evidente de sensibilidad, profundidad y excepcionalidad; una conciencia demasiado despierta de la propia imagen cultural. No pretendo resolver esa sospecha a su favor, ni convertir este artículo en su defensa.

Pero dejo aquí esa incomodidad personal, porque no es el tema. El tema es otro, y es más grave: por qué la sociedad entera responde a ese exceso con un automatismo tan uniforme, tan viral, tan idéntico en su forma cada vez —el meme, la reducción a estereotipo folclórico, la burla que no discute nada porque no necesita discutir nada—. Ese automatismo no depende de si Laxe y Uclés son sinceros o impostados. Depende de que ambos ocupan, con acierto o sin él, la posición del exceso cultural mismo: la solemnidad, el misticismo, la gravedad. Y esa posición, hoy, ya no tiene dónde sostenerse.

La fast culture y la alergia a lo pesado

El teórico británico Mark Fisher explica bien el origen de este fenómeno. Acuñó el concepto de "realismo capitalista": la sensación instalada de que el capitalismo no es solo el sistema económico dominante, sino el único horizonte pensable, el único futuro imaginable. Y ese cierre del horizonte no se queda en la política: golpea directamente a la cultura. Fisher observó que, incapaz ya de imaginar nada genuinamente nuevo, la producción cultural contemporánea queda atrapada en el pastiche, la cita constante, el revival de estilos ya conocidos —lo que él llamó la "lenta cancelación del futuro". Una cultura que ya no puede prometer nada nuevo solo puede ofrecer velocidad: de ahí nace lo que cabría llamar fast culture, la filosofía convertida en tarjeta de Instagram con una frase de Nietzsche sobre fondo minimalista, el ensayo reducido a hilo de veinte tuits, el clásico literario resumido en un vídeo de un minuto.

Y frente a esa fast culture, la cultura de verdad —la pesada, la que exige tiempo para leer el libro del que sale esa frase de Instagram, o para pensarla despacio— no encaja simplemente peor. Le resulta indigerible: es el mismo principio del fast food aplicado al espíritu, envasado para el consumo inmediato, pensado para saciar rápido y no para nutrir. Frente a esa cultura pesada —impostada o no— la fast culture no reacciona con un juicio, examinando si el gesto es sincero o afectado. Reacciona con una alergia: expulsa por igual cualquier cosa que exija masticar despacio, sea genuina o pose.

La fast culture no combate la profundidad de frente: la expulsa como a un alérgeno, sin distinguir entre la impostura y la gravedad genuina.

Ese régimen, además, moldea el paladar que después juzga a Laxe y a Uclés. La fast culture entrena una sensibilidad hecha a su propia velocidad: un sujeto que consume referencias cultas sin necesidad de sostenerlas, que sabe citar sin creer, que prefiere el gesto reconocible al riesgo del gesto propio. Ese paladar no tiene hueco para el plato lento que proponen Laxe y Uclés: la construcción de una voz de autor, mística o solemne, que se declara sin ironía y pide ser tomada en serio como totalidad, no como cita. No es solo que la profundidad no encaje en la dieta dominante. Es que el propio público que esa dieta ha formado ya no tiene el paladar entrenado para reconocer la seriedad de autor si no viene precocinada en un guiño que la vuelva digerible.

El sitio que ya no tenemos

Y ahí está el problema real: Laxe y Uclés no proponen una anécdota, proponen un juego —un misticismo, un simbolismo, una fábula sobre Lorca y la memoria— que exige quedarse quieto y descifrar. Ese juego es demasiado complejo, demasiado lento, para una sensibilidad formada por la fast culture. Y lo que recibe esa propuesta no es una crítica culta capaz de distinguir la gravedad genuina de la impostura. Es un rechazo básico, casi reflejo, que no se molesta en discernir porque no tiene con qué: cuando Pérez-Reverte, en su cruce con Uclés, no rebate un argumento sino que lo llama "sectario" e "ignorante" y lo destierra públicamente de un festival, no está ejerciendo una crítica cultural fina. Está ejecutando la misma alergia que el meme, solo que con vocabulario más serio.

Tal vez Laxe abuse de su lugar de místico. Tal vez Uclés interprete con demasiada conciencia el papel del escritor de pueblo. Pero la pregunta que de verdad importa no es por qué ellos se toman tan en serio la cultura. Es por qué a nosotros, hoy, ya casi no nos queda sitio mental para que alguien se la tome en serio sin parecer un payaso, incluso cuando, como en su caso, seguimos pagando por verla y aplaudiéndola.

Comentarios