A propósito del desahucio de Mari Carmen, alguien escribió en una red social de cuyo nombre no quiero acordarme un comentario que comenzaba diciendo que su historia no le conmovía «un ápice». Después explicaba que aquella mujer se había «aprovechado durante décadas del sistema», que había disfrutado de un piso barato en uno de los mejores barrios de Madrid, que no había sabido —o quizá no había querido— ahorrar y que ahora pretendía que los demás, contribuyentes o propietario, pagasen las consecuencias.
No me interesa discutir con esa persona. Me interesa el tipo de persona que aparece detrás de comentarios como ese.
Porque para defender el derecho de propiedad no hace falta despreciar a quien pierde su casa. No hace falta desvestir a un santo, para vestir a otro. Se puede considerar que un propietario tiene derecho a recuperar una vivienda y sentir al mismo tiempo compasión por una anciana desahuciada. Tampoco hace falta imaginar retrospectivamente una biografía de irresponsabilidad financiera y preguntarse por qué no ahorró lo suficiente durante su vida. No es necesario ser un miserable para sostener el argumento a favor de la otra parte.
¿Por qué aparece entonces?
Porque aquí no estamos solamente ante una determinada concepción de la propiedad. Estamos ante una determinada relación con el sufrimiento ajeno que prima, por lo que sea, la mezquindad sobre la empatía.
Hay personas a las que haber sufrido les hace más sensibles al sufrimiento de los demás. Quien pasó hambre no quiere que otros pasen hambre. Quien tuvo que abandonar los estudios para trabajar desea que sus hijos puedan estudiar. Quien atravesó dificultades económicas comprende la angustia de quien no llega a final de mes. La experiencia funciona como un puente: sé lo que te ocurre porque algo parecido me ocurrió a mí.
Pero existe otra reacción. Yo trabajé mientras estudiaba, así que tú también puedes hacerlo. Yo pagué mi hipoteca con muchísimo esfuerzo, así que no quiero saber nada de tus problemas con el alquiler. Yo nunca recibí una ayuda, así que tampoco deberías recibirla tú. Yo tuve una vida difícil y nadie vino a rescatarme.
A mí nadie me regaló nada. Que no le regalen nada a nadie.
El sufrimiento que podría haber producido empatía produce resentimiento. Haber soportado una dificultad parece otorgar el derecho a exigir que otros también la soporten.
Una sociedad progresa precisamente en sentido contrario. Quienes trabajaron jornadas interminables lucharon para reducirlas. Quienes envejecieron en la miseria construyeron pensiones. Quienes no pudieron estudiar quisieron escuelas para sus hijos. Quienes sufrieron la enfermedad sin recursos levantaron sistemas públicos de salud.
Civilizarse consiste en intentar que otros no tengan que padecer necesariamente lo que nosotros padecimos.
Nuestros hijos no nos deben nuestros sufrimientos. Nuestros vecinos tampoco.
Hay quien mira sus heridas y piensa: «como sé lo que duele, no quiero que te ocurra».
Y hay quien las convierte en una deuda que los demás deben pagar:
«A mí nadie me regaló nada. Que no le regalen nada a nadie».

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