La izquierda en Belle Reve

Opinión · Izquierda · Europa

AfD ha ganado en Sajonia-Anhalt, pero la verdadera noticia no es esa victoria: es que la izquierda europea, incapaz de reconocer que está perdiendo la sociedad que la sostiene —y que está ayudando a perder con sus propias concesiones—, sigue interpretando la política en clave de un mundo que desaparece.

En un vistazo
→ El hecho: AfD gana el 43,8 % de los votos en Sajonia-Anhalt y se convierte en la primera fuerza del Parlamento regional. Es una derrota más de la izquierda europea, y como cada una de las anteriores, se trata como anomalía alemana en vez de leerse como parte del mismo patrón.
→ El síntoma: como Blanche DuBois aferrada a Belle Reve, la izquierda vive en un mundo que, desgraciadamente, está dejando de existir, y carece de armas para enfrentarse al nuevo porque no lo ha pensado desde un punto de vista político. Cada derrota se trata como una excepción para no admitir que todas forman parte de la misma historia.
→ La causa: la derrota que importa aquí no es la de Sajonia-Anhalt, sino la de fondo, y no fue solo electoral: fue social. La izquierda dejó de construir sindicatos, cooperativas y vínculos comunitarios, y apostó por el atajo de ocupar instituciones, abandonando a la sociedad y pactando, con sus propias concesiones, buena parte del mundo del que hoy reniega.
→ La consecuencia: la extrema derecha ocupa ese vacío. Construye medios, comunidades e identidades antes de gobernar, mientras la izquierda espera que una nueva campaña electoral le devuelva el mundo que perdió.

El personaje que no puede ver la luz

Blanche DuBois es la protagonista de Un tranvía llamado Deseo, la obra de Tennessee Williams. Procede de una familia aristocrática del sur de Estados Unidos, propietaria de Belle Reve, una antigua plantación que simboliza un mundo de privilegios, jerarquías y refinamiento condenado a desaparecer. Cuando comienza la obra, la propiedad familiar se ha perdido, sus familiares han muerto y Blanche llega a la modesta casa de su hermana llevando consigo una maleta y los restos de su antigua identidad.

Pero Blanche no puede aceptar lo sucedido. Reconocer la desaparición de Belle Reve significaría admitir que también ha desaparecido el mundo que le decía quién era. Por eso convierte la decadencia en representación. Se refugia en los modales, las apariencias y el lenguaje. Oculta su edad, evita la luz directa, cubre las bombillas con pantallas de papel y transforma su pasado mediante pequeñas ficciones. No miente únicamente para engañar a los demás. Necesita la ilusión para no verse a sí misma.

La izquierda europea empieza a parecerse demasiado a Blanche DuBois.

Sajonia-Anhalt y el patrón que se repite

La victoria de Alternativa para Alemania en Sajonia-Anhalt es el acontecimiento a propósito del cual se escribe este artículo. No es una protesta marginal ni un accidente electoral. Pero tampoco constituye una excepción histórica que pueda explicarse exclusivamente mediante las particularidades alemanas: es un fotograma más de una derrota política que es consecuencia del nuevo mundo que está instaurando el capitalismo neoliberal, y que se desarrolla más adelante.

→ AfD: 43,8 % de los votos, 39 de los 83 escaños del Parlamento regional
→ CDU: se hunde al 17,2 %
→ Contexto: tercera irrupción de AfD en un Landtag del este de Alemania desde 2024

Y, siguiendo el paralelismo que venimos trazando con Un tranvía llamado Deseo, AfD es el Stanley Kowalski de turno: la presencia brutal que entra en escena, enciende la luz y obliga a Blanche a contemplar la decadencia que intenta ocultar. No porque posea una verdad política superior, sino porque encarna lo que Philip K. Dick llamó realidad: aquello que sigue ahí incluso cuando se deja de creer en ello. Kowalski no necesita el permiso de Blanche para ocupar la habitación; pertenece al mundo que ha llegado, mientras ella continúa representando el que desapareció.

Después de cada una de estas irrupciones, la izquierda vuelve a preguntarse qué le pasa a esa mayoría social a la que el giro financiero del capitalismo neoliberal ha dejado peor parada. Examina su resentimiento, su racismo, su desinformación y su incapacidad para reconocer sus verdaderos intereses. Al «trabajador facha» se le somete a estudio; el «izquierdista bobo» que lleva décadas perdiendo su confianza nunca se convierte en objeto de investigación. Cada derrota se presenta como una emergencia excepcional para evitar reconocer que todas forman parte del mismo proceso.

La victoria de AfD no explica la derrota de la izquierda. La hace visible.

Guardiana de las ruinas

Ese patrón tiene una explicación más profunda: la izquierda procede de un mundo que el capitalismo neoliberal lleva décadas disolviendo y sigue disolviendo, el del Estado del bienestar, apoyado en las grandes fábricas, los sindicatos fuertes, los partidos de masas y el empleo estable. Aquel mundo le proporcionaba a la izquierda una base material, un sujeto político y una misión histórica. El giro financiero del capitalismo neoliberal ha ido erosionando las tres cosas. La izquierda ha sido derrotada, pero nunca ha tenido la honestidad de estudiar completamente esa derrota.

En lugar de reconstruirse, se convirtió en guardiana de las ruinas. Conservó el vocabulario del progreso mientras administraba un orden construido por sus adversarios, y también, en parte, por sus propias transacciones y concesiones. No puede quejarse enteramente de un mundo que ayudó a construir. Ese Estado social se apoyaba en esas condiciones y exigía, además, soberanía económica y capacidad pública para intervenir sobre el mercado. Todo ello se ha erosionado. Fuera del edificio quedan el trabajador precario, el joven que no puede acceder a una vivienda, el empleado pobre, el falso autónomo y los territorios abandonados por la inversión. Dentro permanecen sectores todavía protegidos, aunque cada vez más temerosos de perder lo que conservan.

La izquierda sigue defendiendo el Estado del bienestar, pero cree estar defendiendo las conquistas de todos cuando una parte creciente de la sociedad percibe que protege la seguridad de quienes aún permanecen dentro. Los excluidos no encuentran una promesa clara de incorporación. Los incluidos contemplan el deterioro cotidiano y dudan de que su guardiana pueda evitar que el derrumbe llegue también hasta ellos.

La dimisión de la sociedad

Pero la derrota más profunda no fue electoral ni institucional. Fue la dimisión de la sociedad. La clave de esa derrota es el abandono de lo social: las derrotas electorales e institucionales no son la causa, sino la consecuencia de haber renunciado a esa fuerza básica.

La izquierda histórica no se limitaba a representar a una clase trabajadora previamente formada. Contribuía a crearla. Construía sindicatos, mutualidades, cooperativas, ateneos, periódicos, asociaciones vecinales y espacios culturales. Transformaba individuos separados por oficios, territorios y experiencias en personas capaces de reconocerse como parte de un destino común. No esperaba que aparecieran espontáneamente sujetos de izquierda: producía sensibilidades, vínculos y, en cierto sentido, gente nueva.

Ese trabajo era lento, difícil y poco visible. Crear una comunidad exige años. Obliga a formar, convencer, convivir con personas contradictorias, resolver conflictos y mantener organizaciones sin resultados inmediatos. Un eslogan puede lanzarse en una tarde. Una candidatura puede construirse en unos meses. Una identidad colectiva necesita una generación.

La izquierda eligió el atajo y cayó en el espejismo de la política. Confundió ocupar instituciones con conquistar poder. Sustituyó los militantes por seguidores, las organizaciones por campañas, la formación por la comunicación y los vínculos sociales por audiencias digitales. Cada nuevo proyecto prometió llegar al gobierno para cambiar desde allí la sociedad.

Sin eso, la izquierda no es nada. Su fuerza nunca residió en los despachos ni en los escaños, sino en lo hondas que fueran sus raíces en la masa social: en los humillados y ofendidos de los que hablaba Dostoievski.

Lo social antes que lo político

Históricamente el orden ha sido el contrario. Las revoluciones son sociales antes de hacerse políticas. El Estado del bienestar no creó el movimiento obrero; una sociedad organizada, amparada por el ejemplo que daba la URSS de que otra sociedad era posible, obligó al Estado a reconocer sus derechos. Las leyes no crearon el feminismo ni el movimiento por los derechos civiles. Consolidaron transformaciones que ya habían modificado las sensibilidades y las relaciones de fuerza.

La política puede acelerar o bloquear esos cambios, pero no puede fabricar desde arriba la sociedad que debe sostenerlos.

Ese anclaje social es justamente lo que se ha destruido, y no se recupera comprándolo en un supermercado: exige ganas, tiempo y verdad, no palabras ni gestos más o menos vacíos.

Cuando esa fuerza social no existe, la relación se invierte: los partidos no transforman las instituciones; las instituciones transforman a los partidos. Aparecen cargos, asesores, subvenciones y carreras profesionales que conservar. La supervivencia electoral sustituye a la transformación social. Robert Michels llamó ley de hierro de la oligarquía a esta tendencia de las organizaciones a producir élites interesadas en su propia continuidad.

Chantal Mouffe comprendió que el consenso neoliberal había vaciado la democracia de alternativas y convertido la política en una competición entre gestores. Frente a la extrema derecha, propuso reconstruir el antagonismo y articular un pueblo democrático contra las oligarquías. Pero la experiencia del populismo de izquierda confirmó la misma ley: se puede convocar electoralmente un pueblo sin haber construido socialmente una comunidad.

Sin organizaciones, medios, vínculos territoriales, espacios culturales y formas cotidianas de solidaridad, ese pueblo desaparece con la misma rapidez con la que fue convocado. El Estado absorbe entonces a quienes habían prometido conquistarlo.

Lo que la extrema derecha entendió

La extrema derecha ha comprendido mejor esta batalla. No espera a gobernar para intervenir sobre la sociedad. Construye medios, comunidades digitales, asociaciones e identidades. Reúne experiencias reales —precariedad, desindustrialización, inmigración, deterioro de los servicios, inseguridad— dentro de una interpretación reaccionaria, pero reconocible.

Ese reconocimiento no es casual. El politólogo Cas Mudde definió el populismo como una ideología «de fino contenido» que divide la sociedad entre un pueblo puro y una élite corrupta: un esquema simple, de brocha gorda, que ofrece respuestas rotundas donde la izquierda institucional ofrece matices y comités de expertos. Esa rotundidad se percibe como honestidad. Mientras la tecnocracia explica por qué las cosas son complicadas, la extrema derecha nombra un culpable y promete una solución inmediata. No hace falta que la solución sea correcta para que suene más real que el silencio o el eufemismo con que la izquierda ha tratado la pérdida de estatus de buena parte de su electorado.

La inmigración es el ejemplo más evidente. Negar que puede producir tensiones sobre determinados empleos, barrios, viviendas y servicios públicos no es antirracismo. Es entregar esas tensiones a la explicación racista. AfD promete proteger el bienestar expulsando a quienes considera intrusos. Una izquierda digna de ese nombre debería responder persiguiendo la explotación laboral, gobernando los flujos migratorios, exigiendo integración y ampliando los servicios en los territorios receptores. Pero para hacerlo necesita estar presente en esos territorios, no limitarse a corregir desde fuera las palabras de quienes viven en ellos.

Por eso su ventaja no depende de tener razón: depende de haber llegado antes, de ocupar el terreno emocional que la izquierda dejó vacío mientras discutía consignas en los despachos. Cuando la izquierda por fin responde, ya no habla primero. Solo corrige.

Blanche sigue esperando

Por eso la izquierda es también Blanche DuBois. Vive entre los restos de Belle Reve, viviendo en unos buenos tiempos cada vez más irreales y esperando que otra campaña electoral le devuelva el mundo perdido.

Pero esos buenos tiempos ya no volverán.

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