El crimen del desahucio de Maricarmen, a sus 87 años y con una vida entera arraigada en su hogar, nos obliga a darnos cuenta, con dolorosa claridad, de la clase de mundo en el que vivimos. Ese lugar inhóspito y despiadado al que la gente no quiere regresar tras las vacaciones.
Ahí está la raíz de la famosa depresión postvacacional: el rechazo inconsciente a volver a engranar en una maquinaria que puede triturar en un abrir y cerrar de ojos el lento trabajo de construir una vida.
¿Cómo hemos llegado hasta aquí?
Nadie lo ha expresado mejor que el escritor John Steinbeck a propósito de los pobres de su país:
«El socialismo nunca echó raíces en América porque los pobres no se ven a sí mismos como un proletariado explotado, sino como millonarios temporalmente avergonzados».— John Steinbeck
Aquel sueño americano que Steinbeck radiografió de manera sensible y descarnada también es ahora el nuestro. El único sueño del que al despertar todo es pesadilla.
Ese es nuestro autoengaño colectivo. Somos triunfadores en potencia. Todos pensamos que vamos a tener suerte, que a nosotros no nos tocará, que jamás acabaremos como Maricarmen. Y así, con esa falsa ilusión de invulnerabilidad, salimos cada día a jugar. Pero en este siniestro casino la que siempre gana es la banca, y sus intereses son radicalmente contrarios a los nuestros.
Después de todo, es el capitalismo, amigo.
¿Acaso no te diste cuenta de que no podías ganar?

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