Lecciones del fracaso de la privatización de las pensiones chilenas (y alguna otra más)

Lecciones del fracaso de la privatización de las pensiones chilenas
Opinión · Pensiones · Chile

Chile lo ha demostrado: cualquier sistema de capitalización exige décadas de empleo estable y salarios suficientes, justo lo que un mercado de trabajo precarizado no garantiza a la mayoría. El resultado son pensiones indignas.

En «Rentabilidad sí, pensiones no: el fracaso del experimento neoliberal chileno» vimos que cuatro décadas de capitalización dieron a Chile fondos rentables y una poderosa industria financiera, pero pensiones miserables, hasta el punto de que el Estado tuvo que intervenir para garantizar lo que el ahorro no garantizaba.

Aquellos resultados permiten extraer una conclusión que va más allá de Chile: cualquier sistema de capitalización es incompatible con pensiones dignas cuando descansa sobre un mercado de trabajo precarizado, que paga salarios bajos y expulsa periódicamente a los trabajadores del empleo. No es un problema que pueda resolverse mejorando la rentabilidad de las inversiones.

En un vistazo
→ La tesis: cualquier sistema de capitalización es incompatible con pensiones dignas cuando descansa sobre un mercado de trabajo precarizado.
→ La exigencia: la pensión depende de lo que cada trabajador logra ahorrar. Para que sea suficiente hacen falta salarios dignos y cotizaciones regulares durante décadas.
→ La contradicción: un mercado de trabajo precarizado no garantiza esa continuidad. Cada despido, cada etapa de paro y cada salario bajo se descuentan del ahorro final.
→ La desigualdad: quien cobra más y cotiza con regularidad acumula más; quien cobra poco y sufre interrupciones llega a la vejez con un capital insuficiente.
→ La prueba: en Chile, la propia Superintendencia de Pensiones reconoce que las desigualdades laborales explican buena parte de las diferencias entre pensiones.
→ La lección: mejorar la rentabilidad no lo resuelve. O la sociedad protege colectivamente a quienes sufrieron la precariedad, o los deja solos con las consecuencias.

Un sistema que necesita el empleo que el mercado no garantiza

La capitalización se basa en una promesa aparentemente razonable: cada trabajador acumulará durante su vida activa un capital que, invertido en los mercados financieros, permitirá financiar su jubilación. Pero esa promesa exige algo que rara vez se menciona: salarios suficientes y cotizaciones regulares durante varias décadas.

El economista Andras Uthoff ya había identificado esta contradicción en Mercados de trabajo y sistemas de pensiones, publicado por la CEPAL en diciembre de 2002. Uthoff examinó cómo la precarización del empleo afectaba a los sistemas de pensiones latinoamericanos. Su análisis destacaba que, en la capitalización, la pensión depende sobre todo de la densidad de cotización, es decir, de la parte de la vida laboral durante la cual el trabajador realmente aporta dinero al sistema.

El problema aparece al confrontar esa exigencia con el funcionamiento real del mercado de trabajo. Las empresas contratan y despiden según sus necesidades. Las crisis destruyen empleo, los salarios pueden resultar insuficientes y numerosos trabajadores atraviesan períodos de paro, empleo sin contrato o inactividad. Se exige a las personas que construyan su jubilación mediante cotizaciones continuas dentro de un sistema económico que no garantiza esa continuidad.

Quien pierde su empleo a los cincuenta años no pierde solamente su salario. Deja de cotizar, pierde los rendimientos que esas cotizaciones habrían generado y tiene pocas oportunidades de recuperar después el ahorro que no acumuló. Quien ha encadenado empleos precarios durante décadas llega a la jubilación con todas esas interrupciones descontadas de su ahorro.

La desigualdad aparece por partida doble. Los trabajadores mejor pagados aportan más dinero y suelen cotizar con regularidad. Los peor pagados acumulan cantidades inferiores y, con frecuencia, cotizan durante menos años. Ambas diferencias se suman en el capital final.

La capitalización convierte así la precariedad laboral en precariedad durante la vejez: no corrige las desigualdades del mercado de trabajo, las prolonga hasta la jubilación.

Chile demuestra que el riesgo se hace realidad

El Informe de Género sobre el Sistema de Pensiones y Seguro de Cesantía 2025, elaborado por la Superintendencia de Pensiones de Chile, reconoce expresamente que las desigualdades del mercado laboral explican una parte importante de las diferencias entre las pensiones. Entre los factores determinantes, el organismo señala los salarios, la densidad de cotización, los años cotizados y el ahorro acumulado.

No estamos, por tanto, ante una crítica puramente ideológica. Es el propio supervisor del sistema quien documenta cómo las desigualdades en el trabajo se transforman en desigualdades en las pensiones.

El resultado lo examinamos en el artículo anterior. Entre quienes se jubilaron de 2015 a 2022, la mitad cobraba con su propio ahorro menos de 73.705 pesos al mes, y la mitad recibía una pensión inferior al 17% de lo que ganaba trabajando. Solo la Pensión Garantizada Universal, pagada con impuestos, elevaba esa pensión mediana hasta 278.535 pesos, casi cuatro veces más.

La verdadera lección

La experiencia chilena permite comprender una contradicción que debería ocupar el centro del debate español sobre las pensiones. Un sistema que exige cuarenta años de aportaciones suficientes no puede garantizar buenas pensiones para todos en un mercado de trabajo que no garantiza cuarenta años de empleo y salarios suficientes.

Cuando los trabajadores llegan a la jubilación con ahorros insuficientes, el problema reaparece allí donde la capitalización prometía haberlo resuelto: en la responsabilidad colectiva de proporcionar ingresos a quienes ya no pueden trabajar.

La sociedad puede optar por proteger colectivamente a quienes han sufrido la precariedad durante su vida laboral o dejar que carguen individualmente con las consecuencias. Lo que no puede hacer es esperar que los mercados financieros produzcan el capital que sus salarios nunca les permitieron acumular.

La capitalización no convierte cuarenta años de precariedad en una jubilación digna. Chile ha pagado las consecuencias de esa contradicción. La lección es aprender de ellas antes de repetir el experimento.

Comentarios