La prensa no falla con Trump. Funciona exactamente como debe.

La prensa no falla. Funciona exactamente como debe.
Análisis · Medios · Poder

Trump, el sanewashing y el verdadero papel de los medios de comunicación: no son el contrapoder del sistema. Son parte de él. Y cuando el relato del poder llega roto, lo reparan.

En un vistazo: la tesis
La narrativa del periodismo como cuarto poder es conveniente para el sistema. Y, como la mayoría de las narrativas convenientes, sirve sobre todo para ocultar lo que realmente ocurre.
La prensa no vigila el relato del poder. Lo transmite. Y cuando ese relato llega defectuoso o incoherente, lo mejora. El sanewashing no es un fallo periodístico: es el servicio que la prensa presta al sistema del que forma parte.
La prensa y el poder comparten propietarios, anunciantes y fuentes. No son instituciones en tensión. Son el mismo sistema mirándose al espejo.
Trump no ha roto el sistema mediático. Lo ha hecho visible. Sus contradicciones son tan flagrantes que ya no se puede hacer pasar la reparación por transmisión. Pero el mecanismo sigue funcionando.

Existe una narrativa reconfortante sobre los medios de comunicación y el poder. Según esa narrativa, la prensa es el cuarto poder: un contrapeso institucional que vigila, cuestiona y, cuando es necesario, denuncia. La relación entre el periodismo y la política es de tensión saludable. El poder miente; la prensa lo expone.

Es una narrativa conveniente. Y, como la mayoría de las narrativas convenientes, sirve sobre todo para ocultar lo que realmente ocurre.

Lo que realmente ocurre es más simple y más perturbador: la prensa no es el contrapoder del sistema. Es parte del sistema. No vigila el relato del poder. Lo transmite. Y cuando ese relato llega defectuoso, incoherente o directamente irracional, la prensa hace algo aún más revelador: lo mejora.

Trump no es la anomalía que pone a prueba este mecanismo. Trump es el caso que lo hace visible.

I. El relato primero, la coherencia después

En marzo de 2026, la administración Trump lanzó la Operación Epic Fury, una campaña de ataques contra instalaciones iraníes. En los días que rodearon la operación, los objetivos declarados oscilaron entre destruir sitios nucleares reactivados, evitar una "guerra eterna", responder a "amenazas inminentes" y buscar un "acuerdo diplomático justo". Simultáneamente, se instó al pueblo iraní a derrocar a sus líderes.

El Arab Center DC documentó las contradicciones: el Pentágono había admitido previamente que los sitios nucleares estaban destruidos. La OIEA no había reportado nueva actividad. Para reforzar el caso, Trump invocó el bombardeo de las barracas en Beirut de 1983. Cuatro décadas de agravio como justificación para un ataque preventivo en 2026.

Son afirmaciones incompatibles. No matices estratégicos. No evolución táctica. Contradicciones directas, documentadas, verificables. El tratamiento mediático mayoritario no las presentó como una crisis de credibilidad. Las presentó como "teatralidad diplomática".

La contradicción se convirtió en característica. La incoherencia, en estilo de liderazgo. Esto no es un fallo periodístico. Es periodismo funcionando exactamente como debe dentro del sistema en el que opera.

II. El sanewashing como servicio

El término sanewashing describe la práctica de procesar declaraciones incoherentes o extremistas para extraer de ellas una narrativa de coherencia que no existía en la fuente original. La Columbia Journalism Review lo formuló con precisión: los periodistas, impulsados por una tendencia profesional hacia la coherencia, intentan dar sentido a lo que el candidato "está tratando de decir" en lugar de reportar fielmente la incoherencia de lo que realmente dijo.

Los ejemplos son sistemáticos, no excepcionales.

Cuando Trump respondió una pregunta sobre el coste del cuidado infantil en el Club Económico de Nueva York con una digresión de dos minutos sobre aranceles, déficit y fraude, los titulares se centraron en una propuesta de comisión de eficiencia vinculada a Elon Musk. Una respuesta incoherente se convirtió en una propuesta económica estructurada.
Cuando habló de inmigrantes con "malos genes", el tratamiento mediático destacó su "fascinación por la genética". Retórica de corte eugenésico presentada con lenguaje casi académico.
Cuando prometió algo relacionado con RFK Jr. y la salud pública, los resúmenes de prensa omitieron sistemáticamente la palabra "autismo" para evitar reportar que el candidato estaba promoviendo desinformación científica.
El patrón que se repite
Una frase incoherente se convierte en "posición política". Una contradicción pasa a ser "mensajes mixtos". Una mentira verificable se describe como "afirmación discutida". La prensa no transmite el discurso del poder. Lo edita. Lo racionaliza. Le confiere una coherencia que no tenía y una legitimidad que no merecía.

Llamar a esto "fallo" es un eufemismo que protege al sistema. Es una función. Y se ejerce con regularidad.

III. La prensa y el poder: una relación, no una vigilancia

La pregunta relevante no es si la prensa hace esto. La pregunta es por qué lo hace de forma tan consistente, en medios de líneas editoriales distintas, ante figuras políticas diversas, en ciclos informativos de décadas. La respuesta no está en las malas intenciones de los periodistas individuales. Está en quién es dueño de los medios, de quién dependen económicamente y con quién comparten mesa.

Seis corporaciones controlan el 90% del panorama informativo en Estados Unidos. Sus consejos de administración incluyen directivos de bancos, aseguradoras y fondos de inversión con intereses directos en las decisiones políticas que esos mismos medios cubren. The New York Times, The Washington Post o CNN no son entidades externas al sistema económico que reportan sobre él. Son actores dentro de ese sistema, con accionistas, con deuda, con dependencia publicitaria de las mismas corporaciones sobre las que informan.

Esta arquitectura de propiedad no necesita dar instrucciones. No hace falta una llamada desde el consejo de administración para que un redactor jefe sepa qué preguntas conviene no hacer demasiado seguido. Las líneas de lo publicable se interiorizan. Los filtros operan solos.

Herman y Chomsky lo describieron en Manufacturing Consent: los medios no necesitan censura directa porque la estructura ya filtra qué versiones de la realidad resultan aceptables. La dependencia de fuentes institucionales es uno de esos filtros. El Shorenstein Center documentó que el 80% del contenido citado en los medios durante los primeros 100 días de la primera presidencia de Trump provenía de fuentes republicanas. No porque los medios fueran ideológicamente afines, sino porque la relación con el poder institucional garantiza el acceso: a las ruedas de prensa, a las filtraciones, a las entrevistas exclusivas. Cuestionar demasiado al poder cierra esas puertas. Y un medio sin acceso es un medio sin agenda.

La dependencia publicitaria obliga a mantener una neutralidad performativa: el falso equilibrio que trata con el mismo peso una verdad verificada y una falsedad documentada. No es una elección ética. Es una exigencia del modelo de negocio.
La dependencia de fuentes convierte al poder en el principal proveedor de agenda. El acceso se negocia con cobertura. La cobertura se negocia con acceso.
La concentración de propiedad alinea los intereses económicos de los medios con los del sistema político y financiero que teóricamente deben vigilar. No son instituciones en tensión. Son el mismo sistema mirándose al espejo.

El resultado es una prensa que no puede impugnar de forma sistemática la credibilidad del poder sin impugnar al mismo tiempo la legitimidad del sistema del que forma parte. Y eso no está dentro de sus posibilidades estructurales. El sanewashing, entonces, no es una respuesta disfuncional ante un político inusual. Es el servicio lógico que presta una prensa integrada en el sistema al relato de un poder con el que comparte intereses, fuentes y propietarios.

Trump como síntoma. El sistema como diagnóstico.

Trump no es la causa de nada de lo que se ha descrito aquí. Es el revelador. Su estilo comunicativo no ha roto el sistema mediático. Ha hecho visible cómo funciona realmente. Cuando el politólogo Brian Klaas habla de la "banalidad de la locura" —la acumulación de declaraciones extremas hasta el punto en que dejan de percibirse como anomalías—, está describiendo no un fallo del periodismo sino su operación normal bajo presión extrema: normalizar, procesar, integrar.

La diferencia con Trump es que los defectos son tan evidentes, las contradicciones tan flagrantes, la distancia entre el discurso original y el titular tan grande, que el mecanismo queda al descubierto. Ya no se puede hacer pasar la reparación por transmisión.

Pero el mecanismo sigue funcionando.


El poder genera relatos. Los relatos llegan con defectos: incoherencias, contradicciones, mentiras verificables.
La prensa los procesa. Los ordena, los racionaliza, les confiere la coherencia que necesitan para circular sin levantar crisis de legitimidad.
El sanewashing es el nombre de ese procesado cuando el defecto es demasiado obvio para ignorarlo. No es la excepción. Es el mecanismo habitual aplicado a un caso límite.
Trump hace visible el mecanismo. Pero el mecanismo existía antes de Trump. Y seguirá existiendo después.

El problema no es que Trump mienta. Es que el sistema está perfectamente diseñado para que eso no importe.

Fuentes: Columbia Journalism Review, Arab Center DC ("Epic Fury: Washington's Contradictory War Aims in Iran"), Shorenstein Center ("News Coverage of Donald Trump's First 100 Days"), News/Media Alliance ("Driving Digital Subscriptions: Sustaining the Trump Bump"), American Sociological Review ("The Authentic Appeal of the Lying Demagogue"), Herman y Chomsky, Manufacturing Consent (1988), Guy Debord, La sociedad del espectáculo (1967).

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