Ningún centralismo fascista ha logrado hacer lo que ha hecho el centralismo de la civilización del consumo. El fascismo proponía un modelo, reaccionario y monumental, que, sin embargo, era letra muerta. Las diversas culturas particulares (campesinas, subproletarias, obreras) continuaban imperturbables y adaptadas a sus antiguos modelos: la represión se limitaba a obtener de ellas la adhesión verbal.
Hoy, por el contrario, la adhesión a los modelos impuestos por el Centro es total e incondicional. Los modelos culturales reales son rechazados. La abjuración es completa. Se puede, por lo tanto, afirmar que la «tolerancia» de la ideología hedonística del nuevo poder es la peor de las represiones en la historia humana. ¿Cómo ha podido ejercerse esta represión? Mediante dos revoluciones, ocurridas en el interior de la organización burguesa: la revolución de la infraestructura y la revolución del sistema de información. Las carreteras, la motorización, etc., han unido hoy estrechamente la periferia al Centro aboliendo toda distancia material. Pero la revolución del sistema de información ha sido todavía más radical y decisiva. Por medio de la televisión el Centro ha asimilado la totalidad del país, que era históricamente tan diferenciado y rico en culturas originales. Ha comenzado una obra de homologación destructora de toda autenticidad y concreción. Ha impuesto —como decía— sus modelos: que son los modelos queridos por la nueva industrialización, la cual ya no se contenta con que «el hombre consuma», sino que pretende que no sea concebible otra ideología que la del consumo. Un hedonismo neo-laico, ciegamente olvidado de todo valor humanístico y ciegamente extraño a las ciencias humanas.

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