Antes de que empiece la Liga debería debatirse qué cabe exigir realmente al equipo. Pero ese debate se evita porque resulta mucho más cómodo construir los objetivos durante la temporada y convertir cada resultado en aquello a lo que supuestamente se aspiraba.
La pregunta que nunca se hace
La nueva temporada todavía no ha comenzado y alrededor del Atlético ya se discute prácticamente de todo. Se analiza la plantilla, se valoran los fichajes, se señalan las posiciones que siguen sin estar bien cubiertas, se imaginan alineaciones y se especula con el sistema que utilizará Simeone. Cada incorporación permite anunciar una transformación y cada partido de preparación sirve para confirmarla o desmentirla.
Sin embargo, hay una pregunta anterior a todas ellas que casi nunca se formula con claridad: ¿qué cabe exigir realmente al Atlético de Madrid esta temporada?
No qué nos gustaría que sucediera. No qué podría ocurrir si todo sale bien. Tampoco qué resultado aceptaríamos si las circunstancias se tuercen. La pregunta es qué debería conseguir el equipo para poder considerar que ha cumplido y por debajo de qué nivel habría que reconocer que la temporada ha sido insuficiente.
No pretendo responder aquí a esa pregunta. Precisamente porque la respuesta exige un debate que el Atlético lleva demasiado tiempo evitando. Lo importante ahora no es fijar un objetivo concreto, sino preguntarse por qué ese objetivo rara vez se establece antes de que empiecen los partidos.
Porque el Atlético no suele comenzar la temporada con un listón claramente definido. Lo va construyendo mientras compite.
Los objetivos se fabrican sobre la marcha
Si el equipo empieza bien, el discurso cambia inmediatamente. Se habla de candidatura, de plantilla para competir por todo, de un salto de calidad y de la posibilidad de aprovechar las debilidades de los rivales. Lo que unas semanas antes se presentaba como un proceso de adaptación pasa a convertirse en una oportunidad histórica.
Si llegan las derrotas, el objetivo se modifica. Reaparecen las diferencias presupuestarias, las carencias de la plantilla, la necesidad de tiempo y la superioridad estructural de Madrid y Barcelona. La exigencia que creció con las victorias vuelve a reducirse con las derrotas.
Lo mismo sucede con las competiciones: la que permanece abierta se convierte en prioritaria, y aquella de la que el equipo queda eliminado pierde importancia retrospectivamente. Si el Atlético avanza en la Copa, la Copa era un objetivo; si cae pronto, se recuerda que la prioridad era la Liga o la Champions.
Los objetivos dejan así de funcionar como una referencia previa y se convierten en un relato adaptativo. No sirven para evaluar lo que sucede, sino para reinterpretarlo.
El vocabulario de la ambigüedad
Esta indefinición se protege mediante un lenguaje que parece exigente, pero que evita cualquier compromiso real.
Hay que «competir». Hay que «estar arriba». Hay que «dar un paso adelante». Hay que «pelear hasta el final». Hay que «volver a ser incómodos». Hay que «crecer».
Esa indefinición no es inocente. La propiedad, la dirección deportiva, los jugadores y, sobre todo, el entrenador quedan protegidos por un objetivo que cambia al mismo tiempo que los resultados. No definir el listón evita tener que responder por no alcanzarlo.
Un listón que no llega a existir
Esta temporada volverá a pasar lo mismo. Habrá un arranque que se interpretará como señal, una racha que obligará a corregir el discurso, y una competición que perderá importancia justo cuando el equipo quede eliminado de ella. Nadie fijará antes la vara con la que medir el año, y eso no será un descuido: es la condición que permite que la temporada, se gane lo que se gane, siempre pueda contarse como un éxito relativo.
Cuanto más impreciso sea el objetivo, más difícil será incumplirlo.




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