La crisis de los bonos norteamericanos muestra las limitaciones de la Teoría Monetaria Moderna

La crisis de los bonos norteamericanos muestra las limitaciones de la MMT
OPINIÓN · ECONOMÍA · MERCADOS

El 18 de agosto de 2026, el Tesoro intentó frenar la rentabilidad de su deuda a treinta años. El mercado revirtió el efecto en un día — la prueba de que ni siquiera el emisor del dólar controla el precio de lo que emite, el límite que la Teoría Monetaria Moderna no puede explicar.

En un vistazo
El punto de partida: el 18 de agosto de 2026 el bono del Tesoro a treinta años tocó el 5,34 %, su rentabilidad más alta desde 2007.
La respuesta: el Tesoro duplicó sus recompras de deuda a largo plazo, financiadas emitiendo más letras a corto — deuda por deuda, no dinero nuevo.
El resultado: la rentabilidad cedió el día del anuncio y volvió a subir al siguiente. La intervención no resolvió el problema.
La conclusión: si ni siquiera Estados Unidos, emisor de la moneda de reserva mundial, controla el precio de su deuda, ningún otro Estado podrá — y ahí falla la Teoría Monetaria Moderna.

El 18 de agosto de 2026 la rentabilidad del bono del Tesoro estadounidense a treinta años alcanzó el 5,34 %, su nivel más alto desde 2007. Al día siguiente, el Tesoro anunció que duplicaría el tamaño de sus recompras de deuda a largo plazo: de 2.000 a 4.000 millones de dólares por operación, en los tramos de diez a treinta años.

Conviene entender bien cómo se financió esa recompra, porque ahí está la clave de todo lo que sigue. El Tesoro no creó dinero nuevo para comprar sus propios bonos. Pagó la operación emitiendo más letras a corto plazo: retiró deuda larga del mercado y la sustituyó por deuda corta. Fue un intercambio de deuda por deuda, no una inyección monetaria. El balance de la Reserva Federal no se movió un dólar.

Y fue una intervención modesta. La rentabilidad cedió el mismo día del anuncio, pero volvió a subir en la sesión siguiente. El mercado dictó su veredicto casi de inmediato: las cantidades ofrecidas no resolvían el problema de fondo.

Estados Unidos posee la imprenta. Ante el episodio de mayor tensión en su deuda a largo plazo en casi veinte años, no la usó. Se limitó a reordenar su propia deuda.

Lo que dice la MMT — y lo que el episodio de agosto contradice

Para la Teoría Monetaria Moderna, esta cautela no debería ser necesaria. Un Estado que emite su propia moneda no funciona como un hogar: no necesita conseguir dólares antes de gastarlos, los crea, y por tanto nunca puede quedarse involuntariamente sin ellos. Mientras la deuda esté denominada en dólares, Washington siempre podrá pagarla, cueste lo que cueste. Su único límite real, según la teoría, es la inflación: mientras haya recursos ociosos, el gasto público puede crecer sin que la falta de dinero sea un obstáculo.

Esa descripción contable es correcta. El problema es lo que omite. Estados Unidos puede crear dólares, pero no puede decidir unilateralmente cuánto valdrán, qué activos comprarán sus tenedores ni cuánto tiempo querrán conservarlos. Thomas Palley señaló esta insuficiencia en Money, Fiscal Policy, and Interest Rates: A Critique of Modern Monetary Theory: la MMT simplifica las tensiones entre pleno empleo, estabilidad financiera y equilibrio de una economía abierta. Y el 19 de agosto de 2026 se vio esa simplificación en acción: el Tesoro tenía la capacidad técnica de ignorar al mercado, y no lo hizo.

Por qué el Tesoro no es independiente de los mercados

Decíamos que Estados Unidos no puede decidir cuánto valdrán los dólares que crea. Ya lo hemos visto en la práctica: el Tesoro intentó influir en la rentabilidad del bono a treinta años, y el mercado revirtió el efecto en un día. Esa es la prueba más simple y más contundente de que Washington no controla el precio de su propia deuda — lo intentó, con una herramienta real, y no lo consiguió.

La Reserva Federal podría ir mucho más lejos: crear dólares sin límite y comprar directamente los bonos hasta fijar su rentabilidad por decreto. Nunca puede quedarse sin la moneda que ella misma emite, así que nada se lo impide técnicamente. Pero no lo hace, porque bancos, fondos y grandes inversores no se quedarían quietos viendo cómo su bono pierde valor real: venderían dólares y bonos para comprar otros activos, trasladando la presión hacia la divisa y las materias primas en vez de resolverla.

Lo intentó: duplicar las recompras de deuda a largo plazo.
No usó: la creación monetaria directa — la Fed no compró los bonos.
Resultado: la rentabilidad volvió a subir al día siguiente.

El Tesoro falló en su intento modesto. Y ni siquiera la opción más radical —la que sí tiene técnicamente disponible— le devolvería el control. Solo trasladaría la presión a otro sitio.

El punto ciego de la MMT

Si existe un caso en el que la MMT debería cumplirse sin fisuras, es este: el emisor de la moneda de reserva mundial, con la demanda de dólares y bonos más profunda que existe. Si ni siquiera Estados Unidos puede prescindir de la disciplina del mercado de deuda —si incluso él elige el intercambio de deuda por deuda antes que la creación monetaria directa—, ningún otro emisor soberano podrá.

La MMT no describe mal un caso límite. Describe un modelo que ningún Estado, ni el mejor situado de todos, puede aplicar en la práctica.

Esto no es un fallo puntual de cálculo, sino un fallo de encuadre — el mismo, irónicamente, que la tradición de la que procede la MMT lleva décadas denunciando en el marginalismo: un modelo formalmente coherente que no sobrevive al contacto con las instituciones reales. La MMT analiza al Estado como un sujeto económico aislado, capaz de fijar el valor de su moneda desde fuera del sistema financiero en el que esa moneda circula. Perry Mehrling ha señalado esa carencia desde una perspectiva distinta a la de Palley: la MMT reconoce una jerarquía dentro del crédito privado, pero trata al dinero estatal como si estuviera por encima de ella, exento de las reglas de mercado que gobiernan el resto del sistema. En la práctica, el dólar no flota sobre el capitalismo financiero. Es una pieza más de él — la más alta de la jerarquía, pero no una excepción a sus reglas.

La imprenta pertenece al Estado. El sistema que concede valor a lo impreso, no.

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