El Cholismo rentista: cuando el esfuerzo no se negocia, pero el alquiler sí

El Cholismo rentista: cuando el esfuerzo no se negocia, pero el alquiler sí
Opinión · Fútbol · Vivienda

Simeone ha convertido el sacrificio obrero en la identidad del Atlético. Pero el patrimonio de su familia crece con el alquiler en el centro de Madrid, un negocio que contribuye a expulsar de sus barrios a la misma afición que corea su discurso.

En un vistazo
→ El mito: Simeone ha hecho del esfuerzo, el sacrificio y la idea del Atlético como "equipo del pueblo" el relato que da sentido a su obra.
→ El negocio: Carpersim S.L., la sociedad que comparte con su esposa, Carla Pereyra, y que ella dirige, suma siete edificios, unas 180 viviendas y casi 40 millones de euros en activos.
→ El modelo: compra inmuebles en distritos céntricos, los reforma y los alquila a ejecutivos y expatriados, a precios fuera del alcance del madrileño medio. Así actúa como agente de la supergentrificación: encarece todavía más barrios que ya eran caros y expulsa a sus vecinos de toda la vida.
→ El contexto: la llegada de grandes fortunas y una política autonómica sin topes al alquiler han convertido la vivienda en un producto de inversión.
→ La paradoja: el discurso del esfuerzo que emociona a la grada convive con un negocio de rentas que empuja a esa misma grada fuera de sus barrios. El Cholismo ha pasado de filosofía comunitaria a producto de marketing.

Cada fin de semana, en el césped del Metropolitano, se repite la misma liturgia. Un hombre vestido de negro gesticula, ruge hacia la grada y contagia una filosofía que ha trascendido el fútbol: el Cholismo.

Durante más de una década, Diego Pablo Simeone ha construido su mito sobre un relato de resistencia obrera. Hizo suya la vieja idea de que el Atlético de Madrid es "el equipo del pueblo": una comunidad de trabajadores que, a base de sudor, sacrificio y fe, planta cara a los grandes del dinero. Su frase de cabecera se convirtió en un mantra generacional: "El esfuerzo no se negocia".

Pero cuando se apagan las luces del estadio, el relato del barro deja paso al asfalto más caro de Madrid.

Del barro al ladrillo

Lejos de las gradas, buena parte del patrimonio familiar del técnico está en Carpersim S.L., la sociedad inmobiliaria que comparte con su esposa, Carla Pereyra, y que ella dirige. Allí el esfuerzo pasa a segundo plano. Lo que cotiza es el alquiler.

Carpersim acumula activos por casi 40 millones de euros: siete edificios enteros y unas 180 viviendas. Con esas cifras es lo que en España se llama un "gran tenedor", alguien que posee tantas viviendas que su forma de actuar influye en el mercado.

Y no invierte en los barrios obreros que inspiran los cánticos de su afición. Su negocio se concentra en distritos céntricos como Chamberí, donde compra inmuebles, los reforma y los vuelve a sacar al mercado a precios fuera del alcance del madrileño medio.

Madrid, refugio de fortunas

Este negocio no ocurre en el vacío. Se alimenta de la emergencia de vivienda que sufre la capital y de un ecosistema político muy concreto.

Madrid se ha convertido en el destino favorito de las grandes fortunas latinoamericanas, de México, Venezuela o Colombia, que huyen de la inestabilidad de sus países. Atraídos por la promesa de hacer de la capital "la Miami europea", estos compradores adquieren pisos de lujo, a menudo al contado, y pagan precios que disparan las medias del barrio.

Ese desembarco ha contado con la alfombra roja del ayusismo. El gobierno de Isabel Díaz Ayuso rechaza poner topes a los alquileres y ofrece ventajas fiscales a los inversores extranjeros. Es el caldo de cultivo perfecto.

En este Madrid de libre mercado, la vivienda ha dejado de ser un lugar para vivir y se ha convertido en un producto de inversión. El gobierno regional lo celebra como dinamismo económico. A pie de calle, las consecuencias son otras: jóvenes que no pueden independizarse, familias de clase media empujadas a periferias cada vez más lejanas y un centro convertido en parque temático para rentistas y millonarios.

La paradoja

Aquí está la gran contradicción del personaje.

El entrenador que emociona a las masas ensalzando al trabajador que pelea cada día es copropietario de una empresa cuyo negocio contribuye a asfixiar a esas mismas masas.

Las viviendas de Carpersim, que se alquilan con la marca My Location, no están pensadas para el madrileño medio. Su público son sobre todo ejecutivos de multinacionales, expatriados y profesionales desplazados capaces de pagar rentas que un sueldo local no alcanza.

Desde el punto de vista empresarial, la gestión es impecable: no hay desahucios conflictivos, se crea empleo en la construcción y se cumple la ley. Pero que algo sea legal no lo convierte en socialmente legítimo.

Cuando un edificio sale del alquiler corriente para servir a clientes con más dinero, se produce un efecto dominó. Sube el precio del metro cuadrado en todo el barrio, y los vecinos de toda la vida acaban marchándose sin que nadie tenga que echarlos. Es lo que los urbanistas llaman supergentrificación: barrios que ya eran caros se encarecen todavía más con la llegada de capital global, y los expulsados ya no son solo los obreros, sino también la clase media. Carpersim no es un espectador de ese proceso, sino uno de sus agentes. El barrio pierde a su gente y gana rentabilidad.

El reverso de la pizarra

El fútbol moderno nos ha acostumbrado a contrastes extravagantes, pero el caso de Simeone deja al descubierto una contradicción difícil de digerir.

Por un lado, predica la cultura del sacrificio diario. Por otro, su familia ingresa rentas por el simple hecho de poseer pisos. Por un lado, defiende el arraigo y la identidad local. Por otro, participa en un negocio que vacía de vecinos los barrios madrileños.

Al final, el Cholismo ha sufrido la misma metamorfosis que el club que dirige. Aquella filosofía comunitaria de resistencia se ha convertido en un impecable producto de marketing:

Un discurso para la masa que, paradójicamente, financia el negocio que expulsa a esa misma masa de sus barrios.

Porque en el Madrid del siglo XXI, el esfuerzo podrá ser innegociable sobre el césped.

Pero en los despachos, el alquiler no entiende de sentimentalismos.

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