Escaños árabes: el síntoma que Israel no quiere ver

Escaños árabes: el síntoma que Israel no quiere ver
Opinión · Israel · Elecciones

Un Estado concebido contra su población árabe tropieza con ella hasta en sus propias urnas: sin esos diputados, Israel no puede formar Gobierno.

En un vistazo
→ El resultado: con datos todavía provisionales, ninguno de los dos grandes bloques alcanza los 61 escaños necesarios para gobernar, y los partidos árabes obtienen la representación más numerosa de su historia.
→ El veto: Netanyahu se niega a contar con ellos, y también parte de la oposición que quiere desalojarlo. No es una imposibilidad institucional, sino una decisión política: en 2021 un partido árabe ya formó parte de un Gobierno.
→ El síntoma: lo que el Estado israelí ha querido mantener fuera de su idea de sí mismo reaparece en el recuento de sus propias urnas. Sus ciudadanos árabes, tratados como una amenaza, se han vuelto imprescindibles para gobernar, aunque quien los excluye se niegue a verlo.
→ La conclusión: el bloqueo revela el límite de una concepción supremacista y colonial del Estado, de la que Netanyahu es la versión más extrema y despiadada. Sin integrar a su población árabe, la propia política israelí se vuelve ingobernable, y el problema no terminará con él.

Las elecciones israelíes del 27 de octubre han dejado un resultado incómodo. Los dos grandes bloques se disputan el poder sin alcanzar la mayoría necesaria para gobernar. Entre ambos aparece la representación árabe más numerosa de la historia de la Knéset: 17 o 18 escaños, según los sondeos a pie de urna. Los resultados son todavía provisionales y la cifra puede variar en uno o dos escaños, pero lo que indican no cambiará: ninguno de los dos bloques puede gobernar sin contar, de un modo u otro, con los diputados árabes.

Esos escaños funcionan como un síntoma. Lo que el Estado israelí ha querido mantener fuera de su idea de sí mismo reaparece donde menos puede ignorarlo: en el recuento de sus propias urnas. Y, como todo síntoma, delata un comportamiento perturbado que quien lo protagoniza es incapaz de ver. Israel se ha negado desde su origen a integrar plenamente a su población árabe, y Netanyahu ha llevado esa negativa a su expresión más extrema y despiadada. Pero un Estado no puede organizar su democracia excluyendo a quienes viven dentro de sus fronteras sin que esa exclusión acabe volviéndose contra él.

Una mayoría que no se quiere construir

La Knéset tiene 120 diputados y un Gobierno necesita el apoyo de 61. Los diputados árabes podrían desbloquear la situación, pero chocan con una frontera que no es programática, sino nacional.

Netanyahu rechaza gobernar con partidos árabes o antisionistas. Y el veto no termina en él. Avigdor Liberman, aliado de Gadi Eisenkot en el bloque opositor, se negó durante la campaña a apoyarse en ellos, y sin sus diputados la oposición no alcanza la mayoría ni siquiera sumando a los árabes. Solo una parte de la oposición, encabezada por Yair Golan, propone formar Gobierno con ellos. El sistema dispone de los votos para salir del bloqueo, pero prefiere buscar la solución dentro del espacio judío-sionista.

No es una imposibilidad institucional. En 2021, el partido árabe Ra'am formó parte de la coalición de Naftali Bennett y Yair Lapid. La exclusión es una decisión política.

El mundo árabe se ha colado en las urnas

La realidad árabe no está solo al otro lado del muro. Los ciudadanos árabes de Israel forman parte de su sociedad y participan en sus instituciones. Su situación jurídica no es la de los palestinos bajo ocupación, pero ambas remiten a la misma cuestión irresuelta: cómo convivir en un territorio compartido por pueblos con aspiraciones nacionales distintas.

El día de la votación, Netanyahu y sus socios de extrema derecha alertaron contra la alta participación árabe. Ese gesto lo resume todo: unos ciudadanos que ejercen su derecho al voto son presentados como una amenaza. Y en la noche electoral, Netanyahu proclamó una «mayoría decisiva» entre el público sionista: para cantar victoria tuvo que restar de la cuenta a los votantes árabes. Es la ceguera del síntoma. Pero esos votantes no han llegado de fuera. Siempre estuvieron allí. Como en todo síntoma, lo negado no desaparece: vuelve, y las elecciones han convertido su existencia política en una evidencia imposible de ignorar.

El fracaso de una concepción del Estado

Netanyahu no inventó esta contradicción, pero la llevó al extremo con una estrategia de seguridad entendida como imposición. Su proyecto prolonga una concepción colonial: dominar el territorio, subordinar las aspiraciones palestinas y confiar en que la superioridad militar sustituya a los acuerdos.

Irán es la cara exterior de ese fracaso. Ocho meses después de lanzar junto a Estados Unidos la guerra de febrero, el régimen que Netanyahu prometía derribar sigue en pie, y en la noche electoral volvió a presentar su derrota como una oportunidad todavía pendiente. La fuerza no ha impuesto su solución fuera de las fronteras, y ahora ese fracaso exterior se combina con uno interior.

Un bloqueo que no terminará con Netanyahu

El bloqueo electoral completa el síntoma: lo que se excluye acaba paralizando al sistema que lo excluye. Ni siquiera la gobernabilidad interna puede separarse de la cuestión árabe. Y el problema no desaparecerá con Netanyahu. Una oposición que comparte sus exclusiones fundamentales reproducirá el mismo bloqueo que pretende superar.

El problema de Israel no son esos escaños. Es que una parte de su sistema político sigue creyendo que puede construir su futuro sin tenerlos en cuenta.

Comentarios