El egoísmo insaciable es la base de la inferioridad moral del capitalismo y de los capitalistas: ante la posibilidad de ganar más dinero, aunque ya se tenga mucho, el bien común no tiene nada que hacer. La historia está llena de ejemplos de esa insaciabilidad de las élites, y la República romana, donde los ciudadanos más ricos desposeyeron a los más pobres con motivo de su servicio militar, es uno magnífico.
Se engaña quien cree que las élites, en cualquier época, incluida la nuestra, persiguen otro interés que el suyo. El interés común solo les importa cuando coincide con el propio. Cuando ambos chocan, eligen el suyo, aunque eso ponga en peligro la sociedad que les ha permitido enriquecerse.
La historia está llena de ejemplos de esa inferioridad moral de las élites dominantes. Pocos son tan elocuentes como el de la República romana, cuyas élites llegaron a quedarse con la tierra de los mismos soldados que combatían por ella, aunque eso socavaba la base sobre la que descansaba su propio poder.
Conviene recordarlo ahora, cuando la vivienda se ha convertido en España en fuente de rentas para unos y en una necesidad inalcanzable para otros.
Combatían por Roma y perdían su tierra
Durante siglos, el ejército romano estuvo formado por pequeños campesinos. Solo quien tenía un mínimo de propiedad podía ser soldado, y la República lo llamaba a filas cuando lo necesitaba. Era un deber, no una elección.
La expansión convirtió ese deber en años de servicio en Hispania, Grecia o África. Y llenó de riqueza a las élites, que la usaron una y otra vez para lo mismo: comprar más tierra. Su apetito no tenía freno. Según Apiano y Plutarco, ocuparon la tierra pública, la acumularon a nombre de testaferros cuando la ley les ponía límites y compraron con presiones, o arrebataron por la fuerza, las parcelas de sus vecinos pobres.
Esos vecinos eran los soldados. Mientras combatían lejos, su familia debía sostener sola la parcela, y el gran propietario de al lado estaba siempre dispuesto a quedársela. Muchos legionarios volvían a casa y se encontraban con que ya no tenían nada. Su tierra formaba parte de la finca del vecino rico y la trabajaban esclavos, a menudo prisioneros de las mismas guerras en las que ellos habían luchado. Los grandes propietarios los preferían por una razón que Apiano explica sin rodeos: a un esclavo, a diferencia de un campesino libre, no podían llamarlo a filas.
Esa es la verdadera vergüenza: la desposesión de los ciudadanos más pobres, con motivo de su servicio militar a la República, por los ciudadanos más ricos.
Las élites no solo se quedaron con lo que conquistaban las legiones: se quedaron con la tierra de los propios legionarios.
Apiano describe a esos hombres agobiados por la pobreza, los impuestos y el servicio militar. Muchos acabaron endeudados o en la indigencia. Tiberio Graco, el político que intentaría ponerle remedio, lo resumió con una imagen brutal: las fieras de Italia tienen guarida, pero los hombres que luchan y mueren por ella solo tienen el aire y la luz.
El precio para la República
Cada campesino despojado era un soldado menos, porque sin tierra ya no cumplía el requisito para servir. La desposesión estaba vaciando el ejército que había construido el poder de esas mismas élites.
Cuando Tiberio Graco propuso en 133 a. C. una reforma moderada, que dejaba a los grandes propietarios una amplia extensión de tierra pública y repartía el excedente entre los pobres, un grupo de senadores y sus seguidores lo asesinó. Doce años después, su hermano Cayo, que lo intentó de nuevo, murió en una represión que costó la vida a miles de sus partidarios. La violencia había entrado en la política romana.
Roma acabó reclutando a hombres sin tierra, que ya no esperaban nada de la República, sino de los generales capaces de pagarles y darles una parcela al licenciarse. Esa lealtad a los generales alimentó las guerras civiles en las que se hundió la República.
Las élites romanas no querían destruir la República. No quisieron pagar el precio de preservarla cuando ese precio era renunciar a una parte de su riqueza.
La vivienda y el límite
Si la historia está llena de episodios como el romano, hay que ser un iluso para creer que no iban a repetirse en el capitalismo financiero que vivimos, un sistema que consagra el egoísmo y la persecución del propio interés. La vivienda es solo un ejemplo: la insaciabilidad de las élites vuelve a hacer de las suyas y deja una necesidad básica fuera del alcance de la mayoría.
En España, la vivienda se ha vuelto inaccesible para muchos jóvenes. Según el INE, en 2025 el 44,3 % de las personas de 26 a 34 años vivía con sus padres; casi la mitad, sobre todo porque no podía comprar ni alquilar. Entre quienes buscaron casa sin lograr mudarse, dos de cada tres señalaron el precio como principal obstáculo.
En este capitalismo, una vivienda puede ser a la vez el lugar donde alguien necesita vivir y un activo del que otro quiere sacar la máxima rentabilidad. Si subir el alquiler, pasarse al alquiler turístico o comprar otro piso da más beneficio, hay un incentivo para hacerlo.
Para quien acumula, es una lógica racional. Quien puede ganar más no adquiere por ello ninguna obligación de detenerse ni de repartir: lo racional, desde su posición, es aprovecharlo. Por eso es un error gobernar para las élites confiando en que sus ventajas acabarán convirtiéndose por sí solas en beneficio de todos. Esa es la lección de Roma: la acumulación no contiene su propio límite.
Una cuestión moral
Desde una posición de izquierda, ahí reside para mí una superioridad moral fundamental: cuando el derecho a seguir acumulando choca con lo que otros necesitan para vivir, el interés de quienes necesitan vivienda, trabajo o seguridad debe estar por encima del derecho de una minoría a aumentar indefinidamente su patrimonio.
La riqueza no produce responsabilidad. Tampoco produce saciedad.




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