Polarización e ilusión democrática

Polarización e ilusión democrática
Opinión · Política · Democracia

Cuanto menos podemos decidir, más ferozmente elegimos. Las elecciones nos permiten escoger quién gobierna, pero no el marco económico dentro del cual se gobierna; la polarización disimula ese límite haciendo que cada votación parezca decidirlo todo.

En un vistazo
→ La ilusión: confundimos elegir gobernantes con decidir el orden social. Votamos quién administra, pero apenas decidimos sobre la riqueza, el crédito, el trabajo o la deuda, que limitan de antemano a cualquier gobierno.
→ La elección forzada: para Žižek, somos libres de elegir siempre que elijamos dentro de lo que se considera responsable.
→ La prueba: en 2015, Grecia votó «no» a la austeridad y acabó aceptando un rescate más duro que el rechazado.
→ El papel de la polarización: convierte diferencias reales, pero parciales, en un choque entre modelos de sociedad incompatibles. La ferocidad del enfrentamiento parece demostrar que en cada elección se lo juega todo.
→ Por qué funciona: no hace falta creer en los nuestros; basta con temer a los otros.

La democracia liberal se ha convertido en una palabra sagrada. Cuestionar cómo funciona en la práctica se interpreta a menudo como una defensa de la dictadura, como si solo hubiera dos posibilidades: aceptar que las instituciones actuales expresan la voluntad popular o renunciar a cualquier forma de libertad. Esa reacción impide hacer la pregunta verdaderamente incómoda: ¿qué puede decidir realmente una mayoría mediante las elecciones?

Elegir no es decidir

El filósofo Slavoj Žižek responde a esa pregunta con el concepto de «ilusión democrática», que toma de Alain Badiou y formula con claridad en su ensayo «Democracy is the enemy», publicado en 2011 en la London Review of Books. La ilusión no consiste en que las elecciones sean falsas o en que todos los partidos sean iguales, sino en algo más profundo: confundir la posibilidad de elegir gobernantes con la capacidad de decidir el marco dentro del cual gobernarán. Votando podemos cambiar de dirigentes, modificar leyes y orientar políticas que afectan de verdad a nuestras vidas. Pero, como señala Žižek, no votamos sobre quién posee qué ni sobre cómo se organiza el trabajo; tampoco sobre el crédito, la inversión o la deuda. Son esas condiciones las que marcan de antemano lo que puede hacer cualquier gobierno. Elegimos al administrador y llamamos soberanía a esa elección, aunque no podamos decidir plenamente qué se administra.

Žižek habla de una «elección forzada»: somos libres de elegir, siempre que elijamos dentro de lo que se considera responsable. Un partido puede prometer casi cualquier cosa en campaña, pero al gobernar debe respetar los límites que fijan los mercados financieros y unas instituciones que nadie ha votado. La voluntad popular es soberana mientras no intente usar esa soberanía contra las condiciones que la limitan.

Grecia: votar sin poder ejecutar lo votado

Grecia lo demostró en 2015. Syriza ganó las elecciones prometiendo acabar con la austeridad, los recortes que los acreedores exigían a cambio de sus préstamos. El Gobierno de Alexis Tsipras convocó un referéndum para que los griegos aceptaran o rechazaran las nuevas condiciones. Días antes de la votación, el Banco Central Europeo (BCE) dejó de ampliar la financiación de urgencia que mantenía a flote a los bancos griegos. Los bancos tuvieron que cerrar y se limitó el dinero que cada ciudadano podía retirar. Aun así, el 61,31 % votó «no». El BCE no cedió y, una semana después, el Gobierno aceptó un tercer rescate más duro que el rechazado en las urnas. Los griegos pudieron votar contra la austeridad, pero no tuvieron los medios para cumplir lo que habían votado.

La ferocidad como prueba de soberanía

Si las elecciones no permiten cambiar buena parte de las estructuras que organizan la sociedad, necesitan al menos aparentar que en ellas se decide todo. La polarización refuerza esa apariencia al convertir diferencias políticas reales, pero parciales, en la imagen de dos modelos de sociedad incompatibles. Los partidos pueden discrepar seriamente sobre derechos civiles, servicios públicos, impuestos, inmigración o protección social y, a la vez, moverse dentro de los mismos límites económicos.

El ámbito de lo que se puede debatir se estrecha, pero ese estrechamiento se compensa con intensidad: cuanto menos margen hay en el contenido, más carga emocional se pone en el enfrentamiento. Y si los bloques se atacan con tanta ferocidad, parece que cada elección decide nuestro futuro entero: la intensidad del enfrentamiento funciona como una prueba aparente de soberanía.

La polarización no oculta los límites de la democracia rebajando el conflicto, sino exagerando la importancia de lo que todavía puede decidirse.

Basta con temer al otro

Los politólogos Alan Abramowitz y Steven Webster han estudiado lo que llaman «partidismo negativo»: muchos ciudadanos votan menos por simpatía hacia su partido que por rechazo al contrario. Žižek explica por qué eso basta. La ideología actual no necesita que creamos en ella. Sabemos que los gobiernos tienen poco margen, que los partidos incumplen sus promesas y que buena parte del poder no se presenta a las elecciones; y aun así actuamos como si cada votación decidiera el sistema entero. Ya no hace falta confiar en los nuestros: basta con temer a los otros. La polarización aporta la intensidad emocional que la democracia necesita cuando ya no puede ofrecer una soberanía equivalente.

La ilusión más resistente

Esa ferocidad no demuestra que debatamos de verdad; demuestra que podemos enfrentarnos con dureza dentro de unos límites que nadie discute. La democracia liberal se vuelve más sagrada cuanto menos preguntamos por el poder real que nos concede, y lo sagrado es, precisamente, lo que no se discute.

Esa es su ilusión más resistente: creer que ya participamos en un verdadero debate democrático. Un debate así exigiría que todo fuera discutible, también aquello que hoy se presenta como intocable, y que en él predominaran las razones sobre las emociones.

Lo que llamamos democracia nos ofrece lo contrario: pasión desbordada sobre lo poco que se puede decidir y silencio sobre todo lo demás.

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