Durante días, miles de personas buscaron el fallo en los vídeos de Netanyahu. No para escuchar lo que decía. Para encontrar el error. Lo que estaba ocurriendo no era desconfianza política. Era otra cosa: la sospecha había emigrado del contenido a la forma. Del qué al cómo. Del relato a la materia misma de lo visible.
La sospecha como método
En la tradición de Marx, Freud o Nietzsche, la sospecha no consiste en negar lo visible, sino en no tomarlo al pie de la letra. En asumir que lo que aparece oculta otra cosa: una estructura, un interés, un deseo, una pulsión.
La conciencia no es transparente. La moral no es inocente. El discurso no es neutral.
Siempre hay algo detrás.
Esa forma de mirar definió la crítica moderna.
El mundo de la imagen
Esa sospecha operó durante mucho tiempo sobre la sociedad capitalista. Pero el propio capitalismo cambió.
Tal como sostiene Guy Debord en La sociedad del espectáculo, la relación directa con el mundo se sustituye por una relación mediada por imágenes. No accedemos a los hechos; accedemos a su visibilidad. No participamos en la realidad; participamos en su puesta en escena.
La imagen se convirtió en valor. No como reflejo, sino como forma misma de lo social.
Pero ese sistema descansaba sobre un equilibrio concreto. No necesitaba imágenes verdaderas. Necesitaba imágenes creíbles.
Uno podía desconfiar de la imagen —y debía hacerlo— pero dentro de un marco estable: la imagen seguía teniendo un valor de verdad operativo. Aunque estuviera construida, aunque manipulara, podía tratarse como representación de algo. Señalaba hacia un referente exterior. Lo distorsionaba, sí. Pero lo presuponía.
Imágenes auténticamente falsas
Ese era el mundo descrito por Debord. Un mundo de imágenes que podían ser falsas, pero que eran coherentes. Se sostenían. No se rompían desde dentro. Su falsedad no estaba en su textura, sino en su función: en lo que ocultaban, en lo que producían, en el deseo que organizaban.
Eran imágenes auténticamente falsas. Podían engañar, pero eran creíbles. Y por eso podían operar.
El salto
La inteligencia artificial no destruye ese mundo. Lo desplaza.
Introduce un tipo de imagen distinto. Una imagen que ya no falla por lo que oculta, sino por lo que muestra mal. La anomalía no está en el relato, sino en la superficie.
Y ahí es donde encaja lo que Jean Baudrillard plantea en Cultura y simulacro. El problema ya no es que la imagen distorsione la realidad. El problema es que deja de necesitarla.
La imagen no representa. Funciona. Se convierte en simulacro: una forma sin original, una copia que no deriva de ningún modelo previo, que produce efectos sin depender de un referente exterior. Lo que Baudrillard llamó simulacro de tercer orden: no la distorsión de lo real, sino su sustitución.
Imágenes falsamente auténticas
Lo que aparece ahora es otra cosa: imágenes falsamente auténticas. Imágenes que adoptan la forma de la evidencia, que parecen reales, que imitan la presencia… pero que se delatan desde dentro.
Un dedo de más. Un gesto que no encaja. Una boca que no sincroniza.
La falsedad ya no está detrás. Está dentro de la imagen.
El colapso de la referencialidad
Si la imagen deja de remitir a algo exterior, si su coherencia interna ya no garantiza su fiabilidad, entonces la relación entre imagen y realidad se rompe en su base.
Es lo que Baudrillard describe como el paso a un régimen donde el simulacro precede y produce lo real. La imagen ya no necesita un original. Y, sin embargo, sigue ocupando su lugar.
La imagen no necesita un original para funcionar. Solo necesita parecerse a lo que esperamos que sea real.
La nueva sospecha
Aquí cambia también la forma de sospechar.
Antes, la sospecha se dirigía a lo que la imagen ocultaba. A la ideología, al relato, al deseo que organizaba. Era una sospecha hermenéutica: había que interpretar, excavar, descifrar.
Ahora se dirige a otra cosa: a la imagen misma. Ya no buscamos lo que hay detrás. Buscamos si lo que vemos se sostiene.
El espectador deja de ser espectador. Se convierte en examinador: pausa, amplía, repite, analiza. Busca el fallo como último punto de apoyo. Como el único criterio que queda cuando todos los demás han caído: si la imagen es técnicamente coherente, quizás todavía representa algo. Si no lo es, ya nada la sostiene.
La trampa de la sospecha
Durante décadas vivimos en un mundo de imágenes auténticamente falsas: construidas, interesadas, ideológicas, pero coherentes y operativas. La sospecha tenía entonces una función crítica: desvelar lo que esas imágenes ocultaban, el poder que organizaban, el deseo que movilizaban.
Hoy entramos en otro mundo: el de las imágenes falsamente auténticas. Y la sospecha se desplaza con él. Ya no excava debajo de la imagen. Escanea su superficie. Busca el fallo técnico, el dedo de más, la sombra que no cuadra.
Pero ahí está la trampa.
Mientras la sospecha se gasta en examinar la textura de las imágenes falsamente auténticas, las imágenes auténticamente falsas —las que construyen el relato, organizan el poder, movilizan el consenso— siguen circulando sin que nadie las interrogue. Son coherentes. Son creíbles. No tienen fallos de superficie. Y precisamente por eso, pasan.
La sospecha no desaparece. Se banaliza. Se vuelve técnica, superficial, casi un juego de detectives visuales. Y en ese proceso pierde exactamente lo que la hacía peligrosa: su capacidad de señalar hacia lo que no se ve.




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