Más allá de las refutaciones puntuales: el método para clasificar una ideología, el núcleo doctrinal del fascismo y del nazismo, y lo que hicieron al llegar al poder en Alemania e Italia.
En No, el fascismo y el nazismo no eran de izquierdas — Guía rápida contra la desinformación recorrimos los siete argumentos más habituales que usan los propagandistas conservadores en redes para sostener que el fascismo y el nazismo eran ideologías de izquierdas, y por qué ninguno se sostiene. Aquel artículo era reactivo: respondía a lo que se dice.
Este es proactivo: no responde, propone. Antes de discutir si el fascismo era esto o aquello, conviene establecer cómo se clasifica una ideología. Y, cuando se hace bien, la respuesta deja de ser ambigua.
Las clasificaciones políticas no son inocentes. Definen quién es responsable de qué, qué experiencias históricas se invocan como advertencia, y qué movimientos contemporáneos quedan inscritos en cada genealogía. Por eso importa el método: no se puede situar a un movimiento en un eje izquierda-derecha sin haber definido antes qué se mira para hacer esa clasificación.
Lo que sigue es un intento de hacerlo bien. Primero, qué se mira. Después, qué se ve cuando se aplica ese criterio al fascismo y al nazismo. Y finalmente, por qué confundir esa clasificación, hoy y aquí, no es un debate académico sino una operación con consecuencias políticas concretas.
I. Cómo se clasifica una ideología
El error que está en la base de la confusión es un error de método. Quien afirma que el fascismo era de izquierdas suele apoyarse en rasgos superficiales: una palabra del nombre, una medida concreta, la trayectoria biográfica de un líder. Cada uno de esos rasgos, en sí mismo, puede coincidir con elementos presentes en otras familias políticas. El problema empieza cuando se confunden esos rasgos con la ubicación ideológica del movimiento que los exhibe.
Siguiendo el enfoque predominante en la historiografía del fascismo —Roger Griffin, Robert Paxton, Emilio Gentile— una ideología no se clasifica por un rasgo aislado, sino por su estructura profunda. Por su núcleo doctrinal. Y ese núcleo está formado por cuatro componentes interrelacionados:
Cualquiera de estos componentes, mirado por separado, puede prestarse a confusión. Tomados en conjunto, son los que determinan dónde se sitúa políticamente un movimiento. Y el conjunto es el que hay que mirar.
La regla operativa es sencilla: si se quiere clasificar una ideología, hay que mirar el núcleo. Si solo se mira la capa superficial, se llega a conclusiones que no resisten el contraste con los hechos. Y el resto de este artículo es lo que ocurre cuando se aplica el método correcto al objeto.
II. El núcleo real del fascismo y el nazismo
Examinemos los cuatro componentes uno por uno.
Sujeto político: nación y raza, no clase
La izquierda clásica, en cualquiera de sus variantes —socialdemócrata, socialista, comunista, anarquista—, organiza la política en torno a la clase. El conflicto central es el que enfrenta a quienes poseen los medios de producción con quienes solo poseen su fuerza de trabajo. Las soluciones varían (reforma o revolución, gradualismo o ruptura), pero el sujeto político es siempre el mismo: la clase trabajadora, entendida como universal.
El fascismo y el nazismo hacen exactamente lo contrario. No es que ofrezcan otra estrategia para resolver el conflicto de clase: lo que hacen es negar que ese conflicto sea el eje central de la política. Lo sustituyen por la nación. Y, en el caso nazi, por una versión radicalizada y biológica de esa nación: el Volk, la comunidad racial.
El propio programa de la NSDAP de 1920 lo estableció desde su arranque. Su punto cuarto dice, literalmente: «Ningún judío puede ser miembro de la nación». No es una deriva posterior: es el criterio racial de pertenencia política presente en el documento fundacional. Como explica Ian Kershaw, el régimen nazi construyó toda su legitimidad sobre esa comunidad racial excluyente, no sobre ninguna forma de solidaridad de clase.
La diferencia es estructural, no de matiz:
Son marcos opuestos, no variantes del mismo.
Valores: jerarquía, no igualdad
La izquierda parte de una crítica de la desigualdad estructural. Esa crítica admite muchos grados —desde la igualdad de oportunidades liberal hasta la igualdad sustantiva comunista—, pero el principio orientador es el mismo: la desigualdad existente es un problema, y la política debe orientarse a reducirla.
El fascismo y el nazismo operan desde la premisa opuesta. La jerarquía no es un problema: es un principio organizador deseable, natural y necesario. Hay líderes y seguidores, hay razas superiores e inferiores, hay sexos con funciones distintas, hay naciones llamadas a dirigir y naciones llamadas a obedecer. La igualdad, en ese marco, no es un horizonte deseable sino una aberración antinatural que debilita al colectivo.
El Führerprinzip —el principio del liderazgo— era la traducción institucional de esa convicción. Establecía una estructura de autoridad vertical en la que la obediencia no era una opción política sometida a deliberación: era el principio constitutivo de la sociedad. Cada nivel obedecía al superior, hasta llegar al líder, que solo respondía ante la nación o la raza. Lo opuesto exacto del programa democrático de la izquierda histórica.
Enemigos: marxismo y liberalismo, no capital
Una forma rápida de clasificar políticamente a un movimiento es preguntarse contra quién se define.
El enemigo principal de la izquierda histórica fue siempre el capital y sus expresiones políticas: el liberalismo burgués, el conservadurismo aristocrático, la oligarquía empresarial. Frente a ese enemigo común, las distintas familias de izquierda discrepaban en la estrategia, no en la identificación del adversario.
El enemigo central del fascismo y del nazismo no era el capitalismo. Era el marxismo, el socialismo organizado y, secundariamente, el liberalismo democrático. Robert Paxton lo formula con precisión: el fascismo surge como una respuesta política violenta ante la amenaza percibida de la izquierda, articulando movilización de masas con un proyecto explícitamente antimarxista.
En Italia, ese origen es literal. Los camisas negras que aplastaron el Biennio Rosso de 1919-1920 —el periodo de huelgas masivas y ocupaciones de fábricas que sacudió Italia tras la Primera Guerra Mundial— fueron financiados por terratenientes e industriales precisamente como fuerza de choque contra el movimiento obrero.
El fascismo no apareció contra el capital: nació, pagado por el capital, para destruir al movimiento obrero organizado. Esa partida de nacimiento es difícil de reconciliar con cualquier ubicación de izquierdas.
El cuarto componente del núcleo doctrinal —lo que ambos regímenes hicieron al llegar al poder— es tan decisivo que merece su propio apartado. Es el que sigue.
III. La prueba empírica: la trayectoria del poder
Los manifiestos pueden contener cualquier cosa: tonos sociales, anticapitalismo retórico, promesas redistributivas. Lo que un movimiento hace cuando alcanza el poder, en cambio, revela su núcleo real con una claridad que los textos no siempre alcanzan. En los dos casos —Alemania e Italia— la secuencia es la misma: destrucción de la izquierda organizada, alianza con las élites económicas, asesinato de la disidencia interna que pedía redistribución.
Alemania: del 30 de enero de 1933 a la Noche de los Cuchillos Largos
Cuando Hitler accedió al poder en enero de 1933, el régimen pasó de Estado democrático a dictadura de partido único en menos de seis meses. El primer enemigo no fue el capital: fueron los partidos obreros y los sindicatos. La secuencia es nítida:
En el lugar de los sindicatos libres, el régimen creó el Deutsche Arbeitsfront: una estructura corporativista que prohibía las huelgas, eliminaba la negociación colectiva y congelaba salarios. No era un sindicato. Era un instrumento de disciplina laboral al servicio de la producción.
La alianza con el gran capital no fue tácita. El 27 de enero de 1932, un año antes de llegar al poder, Hitler se dirigió al Industry Club de Düsseldorf en un discurso destinado a tranquilizar a los grandes industriales. Allí enfatizó su nacionalismo, su antimarxismo y su compromiso con el orden económico frente a la amenaza comunista. Los asistentes —representantes de Krupp, Thyssen, IG Farben— salieron convencidos de que tenían delante a un nacionalista dispuesto a proteger sus intereses frente a la izquierda. La financiación llegó a continuación. Una vez en el poder, esos grupos no fueron expropiados: fueron integrados mediante contratos estatales gigantescos, sobre todo militares.
La prueba más concluyente de dónde estaba el centro de gravedad ideológico no son las relaciones del régimen con el capital externo, sino lo que hizo con sus propios redistribuidores internos. Dentro del partido existía un ala —los hermanos Strasser, Ernst Röhm desde las SA— que tomaba en serio los puntos sociales del programa de 1920.
La noche del 30 de junio al 2 de julio de 1934, durante la Noche de los Cuchillos Largos, Hitler ordenó su ejecución. La operación cumplió tres funciones simultáneas: eliminar la disidencia interna, sellar la alianza con la Wehrmacht y tranquilizar definitivamente a las élites industriales.
Italia: del Biennio Rosso al asesinato de Matteotti
El caso italiano es paralelo, aunque con algo más de duración por las particularidades del régimen. La secuencia, también:
El sindicalismo libre fue sustituido por las corporaciones fascistas, que cumplían en Italia la misma función disciplinaria que el Arbeitsfront en Alemania. La estructura de propiedad permaneció intacta. La gran industria del norte —Fiat, Pirelli, Edison, Montecatini— integró el régimen en condiciones de extrema favorabilidad: contratos estatales, mano de obra disciplinada, ausencia de conflicto laboral.
El fascismo italiano, igual que el nazismo alemán, no fue un régimen anticapitalista. Fue el guardaespaldas autoritario del orden de propiedad existente cuando el liberalismo clásico ya no era capaz de defenderlo por sí solo.
Un movimiento que ejecuta a sus propios redistribuidores no es un movimiento redistribuidor. Y un régimen que destruye a la izquierda organizada, se apoya en las élites económicas y mantiene la propiedad privada difícilmente puede clasificarse como izquierda.
La coincidencia entre los dos casos no es accidental. Es estructural. Y conecta directamente con los cuatro componentes doctrinales del apartado anterior: el sujeto político fue la nación o la raza, el valor central fue la jerarquía, el enemigo principal fue la izquierda organizada y la práctica del poder confirmó las tres cosas a la vez.
Cierre: la comparación que lo deja claro
Cuando los componentes del núcleo doctrinal y la práctica del poder se ponen en paralelo con los de la izquierda histórica, no aparecen zonas grises ni solapamientos. Aparece un sistema de oposiciones limpio.
El fascismo y el nazismo no fueron movimientos de izquierdas, ni socialismos desviados, ni híbridos confusos entre dos tradiciones. Fueron proyectos de extrema derecha articulados en torno a un núcleo doctrinal coherente: ultranacionalismo, jerarquía como principio organizador, antimarxismo como enemigo principal y propiedad privada bajo tutela autoritaria. Utilizaron el Estado no para igualar la sociedad, sino para disciplinarla y movilizarla en torno a un proyecto de poder concreto.
Clasificarlos bien no es un ejercicio académico. Es una condición previa para entender qué fueron, qué genealogías políticas reclaman su herencia hoy y qué señales de advertencia conviene reconocer en el presente. Confundir esa clasificación —ya sea por error o por interés— equivale a perder la capacidad de identificar lo que el siglo XX nos enseñó a costa de cuántos millones de vidas.






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