Ormuz 2026, Washington 2026: cómo la guerra contra Irán está acelerando la erosión del sistema que durante medio siglo convirtió el poder militar americano en hegemonía financiera.
Estados Unidos no está ganando la guerra contra Irán. Su superioridad militar sobre el papel es abrumadora, pero no se ha traducido en ninguno de sus objetivos declarados: el programa nuclear iraní sigue en pie, Ormuz no es seguro, la disuasión no se ha restaurado. Y, sin embargo, incluso ese fracaso visible es secundario frente al que se está produciendo en la retaguardia.
La verdadera derrota —la que importa— se está produciendo en el sistema que convirtió el poder militar estadounidense en hegemonía financiera. El petrodólar.
En Estados Unidos ante el fin de su imperio sostuve que Washington cruzó en 2024 el umbral Ferguson: por primera vez en casi un siglo, los intereses de la deuda superaron al presupuesto de defensa. El margen interno de decisión política se había agotado. Este artículo aborda la otra mitad del problema. Durante medio siglo, ese margen interno menguante fue compensado por un subsidio externo invisible: el reciclaje automático de petrodólares hacia bonos del Tesoro. La guerra de Irán está retirando ese subsidio precisamente en el momento en que Estados Unidos más lo necesita.
Durante medio siglo, ese sistema funcionó como una infraestructura invisible. Estados Unidos garantizaba la seguridad del Golfo y, a cambio, el petróleo se comerciaba en dólares y esos dólares volvían a financiar su deuda. Era un circuito cerrado, estable y extraordinariamente eficiente. La guerra de Irán no destruye ese sistema de golpe. Pero introduce algo más profundo: el mecanismo que convertía el poder militar en estabilidad financiera se ha vuelto más costoso, menos automático y cada vez más dependiente de intervención.
I. El petrodólar: un contrato geopolítico, no una casualidad monetaria
El petrodólar no fue una evolución natural del mercado, sino el resultado de un acuerdo geopolítico consolidado tras la crisis del petróleo de 1973. Según documentos analizados por el Independent Institute y estudios sobre la relación entre Estados Unidos y Arabia Saudí, Washington garantizaba la seguridad del Reino y el suministro de armamento a cambio de que el petróleo se denominara en dólares y los excedentes se reinvirtieran en deuda estadounidense.
Este circuito generó una demanda estructural de dólares: cualquier país que necesitara importar energía debía acumular reservas en esa moneda. Y esos dólares no se quedaban parados: los países exportadores los reinvertían masivamente en bonos del Tesoro estadounidense, la inversión más segura y líquida disponible. Esa demanda constante y no especulativa de deuda americana mantenía artificialmente bajos los tipos de interés, lo que permitía a Washington financiar déficits persistentes en condiciones mucho más favorables que cualquier otro emisor soberano.
Este sistema descansaba sobre tres pilares:
Hoy, los tres muestran signos de fatiga.
II. Ormuz y la quiebra del paraguas de seguridad
El pacto petrodólar descansaba sobre un contrato implícito: Estados Unidos proveía seguridad a las monarquías del Golfo y al flujo energético que pasaba por la región, y a cambio recibía lealtad monetaria y reciclaje de excedentes hacia su deuda. Era un intercambio estable porque la primera parte —la seguridad— se entregaba de forma creíble.
Ese contrato está roto. Y lo está porque Estados Unidos ya no puede cumplir su parte.
La guerra con Irán ha expuesto el límite operativo del paraguas americano. Pese al despliegue de grupos de portaaviones y sistemas de defensa avanzada como Patriot y THAAD, Washington no ha podido impedir los ataques iraníes sobre infraestructuras críticas, ni el hostigamiento a la navegación comercial, ni el cierre intermitente del Estrecho de Ormuz. La amenaza iraní se ha ejecutado. Y la respuesta militar estadounidense, pese a su superioridad sobre el papel, no ha conseguido restablecer la seguridad que durante cincuenta años dio por garantizada al sistema entero.
El problema no es, por tanto, que los aliados desconfíen. El problema es anterior: Estados Unidos carece de la capacidad efectiva para cumplir lo que prometió. Y cuando la parte que debe entregar seguridad no puede hacerlo, el contrato entero pierde su fundamento. Los otros dos pilares —exclusividad del dólar, reciclaje hacia el Tesoro— estaban sostenidos por el primero. Sin protección efectiva, no hay contraprestación que justifique la lealtad monetaria.
Las consecuencias de esa pérdida de confianza no son retóricas. Se manifiestan ya en decisiones concretas de los propios aliados: Arabia Saudí se ha incorporado a la Organización de Cooperación de Shanghái como socio de diálogo, participa en el proyecto mBridge de monedas digitales junto a China y Emiratos Árabes Unidos, y ha comenzado a diversificar sus vínculos estratégicos con Pekín y Nueva Delhi. Son los movimientos que caracterizan a un aliado que ya no confía exclusivamente en la protección americana y empieza a construir alternativas.
La conclusión es estructural: Estados Unidos conserva el armamento, pero ha perdido la función. No puede ya ser el garante de seguridad del Golfo ni del flujo energético que sostiene su propia hegemonía monetaria. Y un pacto cuyo garante ha dejado de poder garantizar nada es, por definición, un pacto en disolución.
III. La guerra como acelerador: el yuan entra en el Golfo
La desdolarización del comercio petrolero no empieza con la guerra de Irán. Es un proceso que lleva años en marcha. Conviene, eso sí, precisar un matiz importante: la narrativa viral según la cual un supuesto "acuerdo del petrodólar" entre Arabia Saudí y Estados Unidos habría expirado el 9 de junio de 2024 es inexacta. Nunca existió un contrato formal con fecha de vencimiento. Lo que hubo fue un entendimiento informal iniciado en 1974 —seguridad a cambio de dólares— y lo que ha ocurrido no es su expiración legal, sino la ruptura del tabú de la exclusividad. El cambio no es contractual, es de voluntad política: Riad ha decidido que ya no está obligada a denominar su petróleo únicamente en dólares, y ese gesto —más aún que cualquier acto formal— es lo que transforma el sistema.
Irán ya liquida en yuanes aproximadamente el 90% de su crudo exportado a China. Arabia Saudí ha autorizado a sus bancos a operar en yuanes y ha firmado un swap de divisas con Pekín por cerca de 7.000 millones de dólares. Emiratos Árabes Unidos ha construido en Dubái un centro regional de actividad en RMB. La participación del dólar en las reservas globales, según los datos COFER del FMI, ha descendido del 71% en 1999 al 56,7% en 2025.
Lo que la guerra de Irán aporta a este proceso no es el inicio, sino la aceleración. Y sobre todo, aporta un cambio cualitativo.
El cambio cualitativo tiene un símbolo concreto. Durante los episodios más agudos del cierre de Ormuz, se ha informado de buques que obtuvieron paso por el estrecho pagando en yuanes, según recogen Fortune y analistas de Deutsche Bank. El volumen es marginal. La señal no lo es. Durante cincuenta años, Ormuz fue el punto geográfico donde el dólar ejercía su exclusividad con más fuerza: el cuello de botella por el que pasaba el 20% del petróleo mundial, protegido por la Quinta Flota estadounidense y denominado en la moneda que esa flota respaldaba. Que Irán pueda hoy condicionar el paso de buques al pago en yuanes significa que el yuan ha entrado como moneda operativa precisamente en el punto que mejor simbolizaba el monopolio del dólar. No es sustitución: es intrusión en el núcleo.
Es un tabú roto en público. Durante medio siglo, el dólar no solo era la moneda técnicamente utilizada en el comercio petrolero: era la moneda cuya alternativa resultaba impensable. Cuando lo impensable se vuelve visible, la frontera de lo aceptable se desplaza.
Ese efecto simbólico tendría poco alcance si no fuera porque existe, por primera vez, una infraestructura técnica capaz de sostenerlo. El proyecto mBridge —impulsado por el Banco de Pagos Internacionales junto a China, Emiratos Árabes Unidos, Hong Kong y Tailandia, con Arabia Saudí incorporada en 2024— permite liquidar transacciones transfronterizas en segundos mediante monedas digitales de bancos centrales, sin pasar por SWIFT ni por el dólar. No es una propuesta teórica: está operativo y procesa comercio real. Durante medio siglo, uno de los argumentos centrales de quienes defendían la intangibilidad del dólar era que no existía alternativa técnicamente viable al sistema SWIFT-Tesoro. Ese argumento ha dejado de ser cierto. Por primera vez desde 1974, los países que quieran comerciar petróleo fuera del dólar no tienen que montar la infraestructura: solo tienen que decidir usarla.
El cambio cuantitativo es igualmente relevante. La guerra ha acelerado todos los movimientos previos. Arabia Saudí ha intensificado sus contactos con Pekín y Nueva Delhi en busca de garantías de seguridad alternativas. India está explorando acuerdos bilaterales de liquidación directa con productores del Golfo. Rusia, bloqueada del sistema dólar desde 2022, ha funcionado como laboratorio demostrativo de que el comercio energético puede operar al margen de SWIFT sin colapso económico. Lo que antes era experimentación cautelosa ahora se percibe, para los productores, como prudencia estratégica.
La clave es que la guerra ha cambiado el marco mental del productor energético. Durante décadas, aceptar el dólar era la opción por defecto, cómoda y segura. Explorar alternativas era un ejercicio especulativo con costes ciertos y beneficios inciertos. En 2026, esa ecuación se ha invertido. Exponerse íntegramente al dólar ha pasado a tener costes visibles: sanciones, presión política, volatilidad geopolítica concentrada. Diversificar ha pasado a ser prudencia, no provocación.
Esto ocurre, además, en las narices de Estados Unidos. Arabia Saudí es aliado formal. El Golfo aloja bases militares americanas. La Quinta Flota sigue operando en Baréin. Y aun así, el yuan se abre paso. Durante medio siglo, la fuerza del paradigma petrodólar no residía en que fuera imposible romperlo, sino en que nadie veía motivo para intentarlo. La guerra de Irán ha proporcionado ese motivo.
Como confirmación estadística del cambio de régimen, los análisis de StoneX y Forex.com muestran que en 2025-2026 la correlación histórica inversa entre el índice del dólar y el precio del petróleo —el dólar fuerte moderaba los precios del crudo, señalaba el Banco Central Europeo— se ha invertido hasta alcanzar niveles positivos de 0,87. Dólar y petróleo ya no se compensan: responden ambos al mismo estrés geopolítico. El dólar ha perdido su función de estabilizador del mercado energético porque ha perdido su exclusividad estructural sobre él.
IV. El reciclaje del petrodólar deja de ser automático
El tercer pilar del pacto era el reciclaje: los dólares del petróleo volvían automáticamente a comprar bonos del Tesoro americano. Esa demanda cautiva era un subsidio silencioso que permitía a Washington endeudarse mucho más barato que cualquier otro país. La guerra de Irán está desmontando ese circuito por una razón tan simple como contundente: los Estados del Golfo ya no pueden permitirse seguir financiando el déficit americano porque necesitan ese dinero para financiar el suyo propio.
Los daños que la guerra ha causado al Golfo son masivos. Arabia Saudí ha visto caer su producción de petróleo de 10,4 a 8 millones de barriles diarios, con pérdidas que superaron los 10.000 millones de dólares solo en el primer mes. Qatar declaró fuerza mayor tras el ataque iraní a su planta de gas licuado de Ras Laffan, cuyo daño tardará entre tres y cinco años en repararse. El puerto de Zayed en Abu Dhabi sufrió daños importantes en marzo. El Banco Mundial ha rebajado el crecimiento previsto del Golfo del 4,4% en 2025 al 1,3% en 2026, y espera contracciones superiores al 5% en Kuwait y Qatar.
Frente a esos daños, los mismos Estados que durante cincuenta años compraron deuda americana con sus excedentes petroleros están dando marcha atrás. En marzo de 2026, Reuters reveló que tres Estados del Golfo estaban revisando cómo despliegan los billones de dólares acumulados en sus fondos soberanos, con el objetivo explícito de redirigir capital hacia la reconstrucción interna: reversiones de compromisos de inversión, desinversiones, revisión de acuerdos internacionales. Arabia Saudí vendió 14.700 millones de dólares en bonos del Tesoro estadounidense solo en enero de 2026. En abril, Abu Dhabi, Qatar y Kuwait levantaron cerca de 10.000 millones de dólares en colocaciones privadas de deuda en dólares —no en mercados abiertos, porque los costes de financiación pública se han vuelto inciertos—. Los Estados que financiaban la deuda americana ahora se financian ellos mismos.
El mercado de bonos ha notado inmediatamente la ausencia de los compradores de siempre. Las subastas del Tesoro de marzo de 2026 registraron demanda débil por primera vez en meses, forzando rendimientos más altos. El tipo del bono a 10 años pasó del 4% a finales de febrero al 4,48% en marzo. Joseph Brusuelas, economista jefe de RSM, lo resumió así: el mercado de bonos ha dado finalmente su evaluación sobre la gravedad del shock energético y sobre el impacto de la guerra en el desequilibrio fiscal americano. Y como la deuda estadounidense tiene vencimientos cortos, unos seis años de media, esa subida de los tipos se traslada al presupuesto federal en meses, no en décadas.
Todo esto se suma a una tendencia de fondo que ya expuse en Estados Unidos ante el fin de su imperio: la deuda americana está cambiando de manos. Los acreedores estratégicos —bancos centrales extranjeros, Estados aliados con horizonte geopolítico— están siendo sustituidos por compradores privados, fondos apalancados y gestores de activos que solo miran rentabilidad y pueden retirarse en cualquier momento. La guerra de Irán acelera esa transición precisamente en el peor momento: cuando Washington necesita colocar más deuda que nunca —el Pentágono ha pedido 200.000 millones adicionales al Congreso solo para sostener la guerra— y cuando el subsidio silencioso del petrodólar que mantenía los tipos artificialmente bajos se está retirando.
V. La convergencia con el umbral Ferguson
Hasta aquí he descrito cómo se caen los tres pilares del pacto petrodólar: el paraguas de seguridad del Golfo, la exclusividad del dólar en el comercio energético y el reciclaje automático de excedentes hacia el Tesoro. Lo que resulta del colapso de los tres pilares a la vez no es solo un mal momento para el petrodólar. Es la pieza que faltaba para entender la trayectoria fiscal conjunta de Estados Unidos.
En Estados Unidos ante el fin de su imperio describí la presión interna: el 96% de la recaudación comprometida por gasto obligatorio, el 70% del presupuesto en piloto automático, los intereses superando ya al gasto militar. El margen interno de decisión política ha desaparecido. Washington cruzó el umbral Ferguson en 2024.
Lo que aquí se añade es la otra pierna del problema: el subsidio externo que compensaba ese estrechamiento interno está siendo retirado al mismo tiempo. La lógica del mecanismo era simple y extraordinariamente eficaz. El petrodólar creaba una demanda estructural de bonos del Tesoro por parte de bancos centrales extranjeros y fondos soberanos del Golfo, indiferente al ciclo y sin exigir primas altas de rentabilidad. Esa demanda mantenía artificialmente bajos los tipos de interés a los que Washington se financiaba. Era, en la práctica, una subvención externa permanente al coste de la deuda americana.
Ese subsidio se está desmontando precisamente cuando la guerra exige lo contrario. El Pentágono ha pedido al Congreso 200.000 millones de dólares adicionales solo para sostener el conflicto. El proyecto Costs of War de la Universidad de Brown estima que las operaciones militares en Oriente Medio desde octubre de 2023 ya suman entre 31.350 y 33.770 millones de dólares, a los que se añaden 21.700 millones en ayuda militar a Israel. Todo ello se emite como deuda nueva, en un contexto en que la deuda federal se aproxima a los 40 billones de dólares —cerca del 120% del PIB en términos brutos—.
El resultado es mecánico: para colocar más deuda en un momento en que los compradores estables se retiran, el Tesoro debe ofrecer tipos más altos. Unos tipos más altos elevan el servicio de la deuda —que con vencimientos medios de seis años se traslada al presupuesto en meses, no en décadas— y aceleran la dinámica del umbral Ferguson. Más intereses, menos margen fiscal, más presión para ajustar por el único sitio donde políticamente es posible ajustar: el gasto discrecional, empezando por el militar y la capacidad de proyección exterior.
El propio sistema que la guerra pretende proteger se vuelve más caro de sostener precisamente por la guerra que lo defiende.
La guerra de Irán, por tanto, no es un episodio aislado en Oriente Medio. Es un acelerador del mecanismo que ya estaba en marcha. Retira el subsidio externo justo cuando la presión interna se vuelve más aguda. Lo que el artículo anterior describía como una trayectoria previsible se transforma aquí en una trayectoria acelerada.
Conclusión: de la naturalidad a la fragilidad
La guerra de Irán no ha destruido el petrodólar. Pero sí puede ser el acelerador decisivo de un proceso de deterioro que lleva años produciéndose.
Durante cincuenta años, los tres pilares del pacto funcionaron sin necesidad de intervención: Estados Unidos garantizaba la seguridad del Golfo, el petróleo se denominaba en dólares sin alternativa, y los excedentes volvían al Tesoro de forma automática. Era un sistema invisible, eficiente y, sobre todo, dado por descontado. Hoy los tres pilares están en cuestión al mismo tiempo y por primera vez. La seguridad no se entrega: Ormuz no es seguro y los aliados buscan alternativas. La exclusividad se ha roto: el yuan ha entrado, aunque sea simbólicamente, en el núcleo del sistema. Y el reciclaje se ha invertido: los Estados que financiaban la deuda americana ahora emiten la suya propia para reconstruirse.
Estados Unidos comenzó esta guerra pensando que su superioridad militar bastaría para imponer sus condiciones. No ha conseguido ninguno de sus objetivos declarados. Pero el verdadero problema es otro: cada mes de guerra encarece el sistema que la guerra pretende defender. El Pentágono pide más dinero. La Reserva Federal no puede bajar los tipos. Las subastas del Tesoro encuentran demanda débil. Y los antiguos clientes del sistema se dedican a reconstruir lo que la guerra les ha destruido.
Esa es la paradoja que define este momento. La potencia que durante medio siglo convirtió su dominio militar en hegemonía financiera está descubriendo que el uso de ese dominio erosiona su hegemonía. Cada portaaviones desplegado en el Golfo, cada misil interceptado, cada semana adicional de conflicto no refuerza el orden, lo debilita.








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