Estados Unidos ante el fin de su imperio

Estados Unidos ha cruzado la línea que marca el fin de los imperios
Análisis · Economía política · Poder global · 19 de abril de 2026

La Ley de Ferguson, Londres 1956 y Washington 2024: cómo un imperio deja de serlo por aritmética presupuestaria, no por derrota militar.

En Estados Unidos se financia ahora como un estado deudor más argumenté que el acreedor de Estados Unidos ha cambiado de naturaleza: ya no son bancos centrales aliados con horizonte geopolítico, sino mercados privados que miran rentabilidad, reaccionan en horas y no tienen lealtad al sistema.

Este artículo aborda la otra cara del mismo problema. Porque ese acreedor, sea cual sea su lógica, presiona sobre un presupuesto. Y ese presupuesto ya casi no decide nada.

La pregunta que importa no es cuánto debe Estados Unidos. Es cuánto margen de decisión política le queda sobre su gasto. Y en ese terreno, la historia ofrece un precedente muy preciso: el Reino Unido entre 1945 y 1970. Un imperio que no colapsó, que no fue derrotado, que conservó sus instituciones intactas, y que aun así dejó de ser una potencia dominante. Lo hizo por aritmética presupuestaria.

Niall Ferguson ha formulado esta regularidad histórica con el nombre de Ferguson's Law: ninguna gran potencia sobrevive mucho tiempo gastando más en el servicio de su deuda que en su defensa. No es una ley física, es una observación acumulada sobre cómo se agotan los imperios. El umbral que Ferguson identifica —el punto en el que los intereses superan al presupuesto militar— Estados Unidos lo cruzó en 2024.

En un vistazo: la tesis
Estados Unidos ha cruzado en 2024 el umbral Ferguson: por primera vez en casi un siglo, paga más por los intereses de su deuda (881.000 M$) que por su defensa (874.000 M$). Históricamente, ninguna gran potencia ha sobrevivido mucho tiempo en ese lado del umbral.
El margen de decisión política ha desaparecido: el 70% del gasto federal está en piloto automático, y los compromisos preexistentes absorben el 96% de la recaudación fiscal. Todo el gasto discrecional se financia ya con deuda nueva.
El Reino Unido cruzó este mismo umbral tras 1945 y perdió su imperio sin guerra, sin colapso, sin ruptura. Lo perdió por aritmética presupuestaria: Suez 1956 fue la demostración de que un imperio endeudado no decide su política exterior, la negocia con su acreedor.
El caso americano es peor que el británico: el Reino Unido tenía un acreedor soberano con el que negociar. Estados Unidos tiene mercados privados con los que no se puede hablar, porque no son nadie en particular.

La aritmética del declive

En 2024, Estados Unidos pagó 881.000 millones de dólares en intereses de su deuda. Ese mismo año, el presupuesto de defensa fue de 874.000 millones. Por primera vez en casi un siglo, la deuda costaba más que el ejército. En 2025 la brecha se amplió: 970.000 millones en intereses frente a un gasto militar que apenas se ha movido.

Intereses netos de la deuda federal vs gasto en defensa nacional. El cruce de 2024 marca el umbral Ferguson. Fuente: Peterson Foundation, Congressional Budget Office, OMB Historical Tables.

El dato por sí solo no significa nada. Un año aislado no hace historia. Lo que lo convierte en un umbral es la combinación con otras dos realidades estructurales que lo acompañan.

La primera es la composición del gasto. En el año fiscal 2024, la Seguridad Social, Medicare, Medicaid e intereses —todas ellas partidas que se ejecutan automáticamente, sin votación anual— sumaron aproximadamente 4,7 billones de dólares. Esa cifra admite dos lecturas, y las dos importan.

Medida sobre el gasto federal total de ese año (6,8 billones), representa cerca del 70%: siete de cada diez dólares que gasta el Estado están decididos de antemano por leyes preexistentes.
Medida sobre lo que recauda en impuestos (4,9 billones), los compromisos preexistentes absorben el 96% de la recaudación.

Los dos billones de diferencia entre gasto total e ingresos —todo el gasto discrecional, más una parte de los propios compromisos— se financiaron íntegramente con deuda nueva. Cada dólar invertido en 2024 en defensa, educación, infraestructuras, diplomacia o ciencia salió, en la práctica, del mercado de bonos, no del contribuyente.

Gasto federal por función: la mayor parte del presupuesto se ejecuta automáticamente, al margen de la decisión política anual. Fuente: OMB Historical Tables FY2026, Peterson Foundation.

La segunda es la trayectoria. Las proyecciones de la Oficina Presupuestaria del Congreso (CBO) estiman que ese 70% de gasto en piloto automático alcanzará el 80% en 2036. En paralelo, los compromisos preexistentes superarán el 100% de la recaudación fiscal: el Estado no podrá pagar ni siquiera sus obligaciones heredadas sin emitir deuda nueva, al margen de cualquier otro gasto. El margen de decisión no solo es hoy estrecho: se está cerrando.

Ingresos federales totales frente al gasto obligatorio más intereses, con proyección CBO hasta 2036. El espacio para todo lo demás —defensa, inversión, educación— se estrecha hasta desaparecer. Fuente: Congressional Budget Office (Long-Term Budget Outlook), Peterson Foundation.

Y la tercera, más técnica pero decisiva: la deuda estadounidense tiene un vencimiento medio corto, de unos seis años. Cualquier subida de tipos se traslada al presupuesto casi inmediatamente. El Estado no tiene el colchón temporal que otros deudores soberanos sí tienen.

Por qué el umbral importa

Cruzar el umbral Ferguson no produce un colapso. Produce algo más silencioso y más difícil de revertir: una asimetría entre lo que se puede recortar y lo que no.

En una democracia liberal, recortar pensiones o sanidad es casi imposible políticamente. Son compromisos con millones de votantes, protegidos por leyes y por décadas de expectativas generadas. Recortar defensa, en cambio, es políticamente barato. Un portaaviones menos no se manifiesta ante el Congreso.

Esta asimetría, cuando se combina con un presupuesto que ya no tiene margen real, produce un resultado mecánico: la capacidad exterior se ajusta primero, porque es la única que se puede ajustar. No es una decisión estratégica, es una decisión aritmética disfrazada de estrategia. El repliegue no se elige: se contabiliza.

Ferguson lo formula con precisión. La deuda actúa como una fuerza gravitacional que atrae hacia sí los recursos escasos del Estado. Una vez superado el umbral, la inercia es muy difícil de revertir. El paper de la Hoover Institution que desarrolla la ley identifica algunos casos históricos de recuperación, pero son excepciones.

El repliegue no se elige: se contabiliza. El ejemplo más claro de lo que sucede cuando no se recupera está en la historia reciente.

El espejo británico

En 1945 el Reino Unido salió de la guerra con una deuda superior al 250% de su PIB y con el 52% del PIB destinado a gasto militar. En las décadas siguientes, ambos números se desplomaron. El gasto en defensa británico pasó del 52% del PIB en 1945 al 11% durante la guerra de Corea, al 7% en 1960, al 5% en 1970, al 3% en 1997 y al 2% actual.

Gasto en defensa del Reino Unido como % del PIB, 1945-2020. La curva descendente es la expresión física del declive imperial: cada porcentaje menos fue una retirada geográfica. Fuente: Office for Budget Responsibility (300 años de finanzas públicas del Reino Unido), ukpublicspending.co.uk.

Esta curva descendente se suele contar como "dividendo de paz". Pero es otra cosa. Es la expresión física del declive imperial. Cada porcentaje menos fue, en la práctica, una retirada geográfica. India en 1947. Palestina en 1948. La crisis de Suez en 1956. El "East of Suez" en 1968. La descolonización africana durante los años sesenta.

Suez, en 1956, es el episodio más revelador. El Reino Unido, Francia e Israel intervinieron militarmente para recuperar el control del canal tras la nacionalización egipcia. Fue la última operación imperial británica al estilo clásico. Y fracasó, pero no militarmente. Fracasó financieramente. Estados Unidos, el principal acreedor del Reino Unido en aquel momento, amenazó con dejar caer la libra esterlina vendiendo sus reservas de bonos británicos si no se retiraban las tropas. Londres se retiró en cuestión de días.

Suez no fue una derrota militar. Fue una demostración de que el acreedor manda. Un imperio endeudado no decide su política exterior: la negocia con quien le financia.

Todo esto ocurrió sin colapso institucional. El Reino Unido siguió siendo una democracia funcional, mantuvo su sistema político intacto, creció económicamente. Lo que dejó de tener fue capacidad de proyección exterior. No hubo ruptura. Hubo desplazamiento. La deuda, los intereses y el nuevo Estado del bienestar ocuparon progresivamente el espacio que antes había ocupado el imperio.

No hubo guerra perdida. No hubo quiebra. No hubo crisis visible.
Hubo un presupuesto colonizado por el pasado y un acreedor que, cuando tuvo que, mandó. Este es el patrón que Ferguson identifica. Y es, con variaciones, el que Estados Unidos está empezando a reproducir.

La diferencia que empeora el caso americano

La analogía con el Reino Unido, sin embargo, tiene un límite. Ignorarlo sería hacer trampa.

Estados Unidos emite la moneda de reserva global. Eso le concede un margen que el Reino Unido post-1945 ya no tenía en el mismo grado: demanda estructural de su deuda, capacidad de monetizar parte del pasivo, centralidad financiera que se autorrefuerza. Durante décadas, este privilegio ha permitido al Tesoro estadounidense financiarse más barato y con más flexibilidad que cualquier otro emisor soberano.

Pero ese privilegio depende, precisamente, del tipo de acreedor que se tiene. Y aquí es donde este artículo se conecta con el anterior.

Cuando la deuda británica estaba en manos de Estados Unidos en 1956, el acreedor era un Estado aliado con horizonte estratégico. Podía presionar —y lo hizo— pero lo hacía dentro de una lógica negociable. Había canales diplomáticos, había una relación política que enmarcaba la financiera, había un horizonte compartido.

El acreedor de Estados Unidos hoy no tiene nada de eso. Como expliqué en Estados Unidos se financia ahora como un estado deudor más, aproximadamente siete de cada diez dólares de deuda estadounidense en manos del público están hoy en manos privadas. Mercados que miran rentabilidad, reaccionan en horas, operan apalancados y no tienen ningún compromiso con la estabilidad del sistema más allá de la rentabilidad inmediata.

Por eso el caso americano es, en cierto sentido, peor que el británico. El Reino Unido se enfrentó al final de su imperio frente a un acreedor soberano con el que podía hablar. Estados Unidos se enfrenta a su umbral Ferguson frente a un acreedor con el que no se puede negociar, porque no es nadie en particular: es un conjunto de decisiones de cartera tomadas cada día por miles de gestores que no se conocen entre sí.

La moneda de reserva sigue dando margen. Pero el privilegio se erosiona si los actores que sostienen la demanda de esa moneda dejan de tener lealtad al sistema. Y la dirección del cambio es precisamente esa.

La ilusión de la política

Mientras tanto, el discurso público sigue operando como si el margen existiera. Se habla de reindustrialización, de transición energética, de grandes inversiones en tecnología, de rearme estratégico. Todo eso requiere una condición que ya casi no se da: espacio fiscal real.

Cuando el 96% de la recaudación está comprometida de antemano, solo hay dos vías para financiar cualquier nueva prioridad. Recortar gasto estructural, que es políticamente casi imposible por la asimetría que Ferguson describe. O emitir más deuda, que es lo que se hace invariablemente.

El resultado es una política que se ha convertido en narrativa sobre decisiones que en realidad no pueden tomarse. Se prometen transformaciones que solo pueden financiarse con más del mismo recurso que las está haciendo imposibles. Es un círculo.

Y lo es aún más porque los intereses —a diferencia del resto del gasto obligatorio— no se deciden en el Capitolio. Se fijan en los mercados financieros. El Estado no controla su principal partida de gasto creciente. Solo la paga.

Un inciso sobre Europa

El fenómeno no es exclusivamente americano. En España, pensiones e intereses concentran ya alrededor del 70% del gasto del Estado central, con una dinámica demográfica que los proyecta al alza y una cesión de soberanía monetaria que cierra las puertas de escape. La diferencia con el caso imperial es importante: España no tiene proyección exterior que sacrificar, así que el ajuste recae directamente sobre la inversión productiva interna. No es lo mismo que perder un imperio, pero es el mismo mecanismo aritmético.

Este artículo, sin embargo, va sobre imperios. La analogía importante es la otra.

No es colapso, es desplazamiento

Una tentación recurrente al describir este proceso es interpretarlo como crisis inminente. No lo es. Un Estado puede funcionar durante décadas en estas condiciones. Puede crecer. Puede mantener estabilidad institucional. Puede seguir pareciendo lo que era.

Pero deja de serlo por dentro. Deja de ser un actor estratégico, un planificador, un inversor. Pasa a ser un gestor de obligaciones, un pagador automático, un administrador de inercias acumuladas.

El Reino Unido no quebró en 1956. Simplemente dejó de ser el centro. La transición tomó dos décadas y apenas tuvo momentos dramáticos. Para cuando alguien se preguntaba dónde había quedado el imperio británico, el imperio británico ya no existía.

Este es el tipo de transformación que Ferguson identifica. No una ruptura, sino un desplazamiento silencioso. El presupuesto deja de financiar el futuro y pasa a pagar el pasado. La política deja de elegir y pasa a ejecutar. El poder no se pierde en una crisis visible: se diluye en una contabilidad creciente.

La pregunta que queda

El debate público sigue anclado en la pregunta equivocada: cuánto debe Estados Unidos, cuánto puede crecer la deuda, cuándo se volverá insostenible. Son preguntas respondibles, pero no las importantes.

La importante es otra: ¿cuánto decide todavía Estados Unidos sobre su propio presupuesto, y por tanto sobre su propio futuro? La respuesta, a la luz del umbral Ferguson cruzado y de la proyección del 80% para 2036, es cada vez menos.

Un imperio no cae por una guerra perdida. Cae cuando su presupuesto deja de permitirle actuar como imperio. Cuando la mayor parte de lo que recauda ya está prometida. Cuando su acreedor, además, no es un Estado con el que se pueda negociar sino un mercado que solo mira rentabilidad.

El Reino Unido cruzó ese punto en los años posteriores a 1945 y tardó dos décadas en reconocerlo. Estados Unidos lo cruzó en 2024.

Lo que viene después no es colapso. Es otra cosa. Es la transición desde un Estado que decidía hacia un Estado que gestiona lo que otros decidieron hace décadas. No es quiebra. Es gestión.

Y la política, dentro de ese presupuesto, deja de existir en el sentido clásico para convertirse en la narrativa de una administración que se pretende estratégica pero que ya no lo es.

Estados Unidos cruzó en 2024 el umbral Ferguson: por primera vez en casi un siglo, paga más por su deuda que por su ejército.
El margen político ha desaparecido: 70% del gasto en piloto automático, 96% de la recaudación ya comprometida, y la proyección empeora cada año.
El Reino Unido cruzó el mismo umbral tras 1945 y perdió su imperio sin guerra. Suez 1956 fue la prueba: el acreedor manda sobre el deudor imperial.
Un imperio no cae por una guerra perdida. Cae cuando su presupuesto deja de permitirle actuar como imperio. Y cuando su acreedor ya no es un Estado con el que pueda hablar.
Fuentes clave: Congressional Budget Office (proyecciones 2024-2036); Peterson Foundation (serie histórica de intereses federales); U.S. Bureau of Economic Analysis y Office of Management and Budget (gasto federal por función, FY 2024); Office for Budget Responsibility del Reino Unido (300 años de finanzas públicas británicas); Niall Ferguson, Ferguson's Law: Debt Service, Military Spending, and the Fiscal Limits of Power, Hoover Institution Working Paper 202502, febrero 2025. Artículo relacionado en este blog: Estados Unidos se financia ahora como un estado deudor más (abril 2026).

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