Militainment: por qué Occidente creyó que sus armas eran invencibles (y Ucrania e Irán le demostraron lo contrario)

Militainment: cuando Occidente confundió la guerra con su propaganda
Análisis · Geopolítica · Cultura del poder

Durante medio siglo, una alianza explícita entre el Pentágono y la industria del entretenimiento ha producido un imaginario público en el que la guerra es limpia, las armas no fallan y la victoria es rápida. Ucrania y la guerra de Irán han hecho lo que cuarenta años de crítica académica no consiguieron: demostrar con datos que ese imaginario era falso.

En La gran mentira del armamento occidental defendí que el problema occidental no es tecnológico ni presupuestario, sino conceptual: lleva décadas respondiendo a la pregunta equivocada. El F-22 con un 40% de disponibilidad. El F-35 con un 51,5% al cierre de 2024. El B-2 cumpliendo objetivos de misión solo en 4 de los últimos 10 años fiscales. Trescientos diecinueve Tomahawk lanzados en seis días contra Irán, año y medio de producción consumido en menos de una semana.

Aquel artículo describía la brecha entre lo que Occidente dice que son sus armas y lo que esas armas son cuando entran en combate. Pero dejaba abierta una pregunta más incómoda que la propia brecha: si los datos llevaban años publicados —son del CSIS, de la GAO, de la CBO, del propio Pentágono—, ¿por qué no los vimos?

Esa pregunta no se responde en el plano material. Se responde en el plano cultural. Y para responderla bien, hace falta usar un concepto preciso, no un concepto cajón de sastre. Ese concepto existe. Lo bautizó el académico estadounidense Roger Stahl en 2009. Se llama militainment.

La tesis de este artículo es que el militainment es el dispositivo cultural concreto que ha producido, durante medio siglo, un espectáculo en el que las armas occidentales son perfectas y nada funciona mal. Ese espectáculo no decide guerras por sí solo. Pero produce el sentido común desde el que las guerras se imaginan, se aprueban, se financian, se cuentan y se libran. Y cuando ese sentido común es falso, todo lo que se construye encima —doctrina, prensa, análisis, expectativas públicas— hereda la falsedad.

En un vistazo: la tesis
Hay un dispositivo cultural específico —el militainment, según Roger Stahl— que durante medio siglo ha producido un imaginario público en el que la guerra es limpia, las armas no fallan y la victoria es rápida. Ese dispositivo opera sobre la cultura popular: cine, videojuegos, telerrealidad, ferias de defensa.
Su función estricta no es decidir guerras. Es producir un espectáculo en el que todo es perfecto y nada funciona mal.
Ese espectáculo, una vez instalado, ha condicionado todo lo que viene después: la doctrina, el análisis estratégico, la prensa especializada, incluso el ecosistema OSINT. No porque sean militainment, sino porque heredan su imaginario.
Ucrania y la guerra de Irán han hecho lo que cuarenta años de crítica académica no consiguieron: demostrar con datos que el espectáculo era falso. El 87% del primer lote de Abrams, perdido. Mil millones de dólares quemados en interceptores en seis meses. Rusia produciendo cuatro veces más munición que toda la OTAN combinada.
Cuando el espectáculo cae, lo que queda ya no es perfección. Es la guerra.

I. Qué es exactamente el militainment

El concepto fue formulado por Roger Stahl en su libro Militainment, Inc.: War, Media, and Popular Culture (2009). Y conviene aclarar de entrada qué es y qué no es, porque su valor explicativo depende de no estirarlo.

Lo que sí es. Una fusión estructural entre el aparato militar y la industria del entretenimiento de masas: cine bélico de gran público, videojuegos de combate, programas de telerrealidad militar, exhibiciones aéreas en eventos deportivos, juguetes, ferias de armamento abiertas al público, contenidos de «influencers» militares en redes. Su material es el entretenimiento. Su mecanismo es la colaboración explícita entre estudios y oficinas de enlace del Departamento de Defensa.

Lo que no es. No es la doctrina militar. No es el ecosistema mediático general. No es el sesgo de los analistas. No es la propaganda política clásica. Esos fenómenos pueden estar contaminados por el militainment, pero no son militainment.

Lo que el militainment produce —y este es su efecto específico, su huella— es un imaginario público en el que todo es perfecto y nada funciona mal. La guerra aparece como rendimiento técnico, no como caos humano. Las armas aparecen como ingeniería brillante, no como sistemas frágiles. El combate aparece como performance precisa, no como atrición prolongada.

El militainment no decide guerras. Decide qué tipo de guerra es plausible imaginar.

Y eso, a la larga, sí decide guerras. Pero por una vía indirecta: condicionando el marco desde el que se las prepara, se las financia y se las analiza. La distinción importa.

II. El origen: del trauma de Vietnam a Top Gun

Para entender la fuerza del militainment hay que entender el problema que vino a resolver.

A finales de los setenta, el ejército estadounidense estaba asociado al fracaso, a la desmoralización y al rechazo social. Vietnam había producido un trauma institucional que ningún presupuesto podía reparar. Reconstruir la legitimidad militar exigía algo más: reconstruir la imaginación pública sobre la guerra.

La inflexión llega en 1986 con un título que se ha convertido en sinónimo del fenómeno: Top Gun. Pero conviene aclarar de entrada que Top Gun no es un caso aislado, sino el hito inaugural y el ejemplo más nítido de una política sistemática. Antes y después de la película, el Pentágono ha mantenido la misma mecánica de colaboración con decenas de producciones —de Black Hawk Down a Transformers, de Iron Man a la franquicia Call of Duty—. Lo que Top Gun tiene de excepcional no es la mecánica, sino la nitidez con la que esa mecánica se documentó por primera vez y la magnitud del cambio cultural que produjo.

La colaboración entre Paramount Pictures y el Departamento de Defensa estadounidense fue explícita y operativa: el Pentágono cedió aviones, portaaviones y asesoramiento técnico a cambio de revisar el guion. El resultado no fue un anuncio de reclutamiento. Fue algo mucho más eficaz: una sustitución de imaginarios.

La figura del soldado de infantería —barro, jungla, ambigüedad moral— fue reemplazada por la del piloto de caza: un tecnócrata del aire, joven, atlético, que opera en pantallas y domina la tecnología. La guerra dejó de representarse como caos humano y pasó a representarse como rendimiento técnico.

Hay un detalle que ilustra mejor que cualquier teoría cómo opera el sistema. En Top Gun, la Marina intervino en el guion para asegurar que la muerte del personaje Goose no perjudicara la imagen del programa de entrenamiento de pilotos. El realismo se cambia por acceso. La narrativa se filtra. El público no lo nota.

Desde Top Gun, las oficinas de enlace del Pentágono han intervenido —según investigaciones como las del periodista David Robb en Operation Hollywood— en más de dos mil películas y programas de televisión. No es censura clásica. Es algo más eficaz: un sistema de incentivos. Si quieres realismo, aceptas el filtro. Si quieres acceso, aceptas la narrativa. Lo que Top Gun inauguró como caso visible se convirtió en rutina invisible: Top Gun es solo el momento en que el mecanismo se hizo identificable a simple vista.

Y en ese ecosistema cuidadosamente construido, todo es perfecto y nada funciona mal.

III. La Guerra del Golfo y el contagio fuera del entretenimiento

La Guerra del Golfo de 1991 marca el momento en que el imaginario producido por el militainment empieza a salir del cine y a contaminar territorios que no son entretenimiento. Pero hay algo más, y conviene nombrarlo con precisión: en el Golfo el mecanismo se invierte. Durante la década anterior, el militainment había trabajado en una dirección —la ficción adoptaba la estética de la guerra real para producir un imaginario controlado—. En el Golfo, esa dirección se invierte: ahora es la guerra real la que se presenta al público con la gramática de la ficción que el militainment había estado fabricando. El círculo se cierra. La realidad se espectaculariza con el mismo sentido con el que el espectáculo se había venido nutriendo de la realidad.

La cobertura mediática del conflicto se organizó en torno a las grabaciones de las cámaras de los misiles: imágenes en blanco y negro, retículas de puntería, explosiones limpias sin víctimas visibles. Se acuñó el término «bomba inteligente». Se popularizó la expresión «guerra quirúrgica». El periodismo de defensa, sin proponérselo, adoptó la estética que el cine bélico llevaba diez años produciendo —y que, a su vez, había nacido del filtro impuesto por el propio Pentágono—.

No es que el periodismo se hubiera vuelto militainment. Es que utilizaba su gramática visual sin distancia crítica, en parte porque esa gramática era ya la única gramática disponible para hablar de la guerra ante un público que llevaba diez años consumiéndola.

Algo similar ocurrió en la doctrina militar. A partir del Golfo se consolidó dentro del Pentágono lo que Andrew Krepinevich denominó Revolución en los Asuntos Militares (RMA): la convicción de que la superioridad tecnológica permitiría guerras rápidas, precisas y decisivas; que una fuerza pequeña, conectada en red y de alta tecnología podría paralizar a cualquier adversario sin necesidad de grandes ejércitos ni de producción industrial masiva.

La RMA es una doctrina militar con genealogía propia. Tiene raíces en los teóricos soviéticos de los setenta, en Andrew Marshall y en la Office of Net Assessment del Pentágono. No es militainment. Pero el clima cultural en el que esa doctrina prosperó —el clima en el que sus supuestos resultaban plausibles, casi evidentes— sí estaba modelado por el militainment.

Lo mismo pasó con el análisis estratégico, con los discursos políticos sobre defensa y, eventualmente, con el propio modo en que las sociedades occidentales aceptaron las intervenciones militares posteriores.

El militainment es un dispositivo del entretenimiento. Pero produce un sentido común que termina infiltrándose en territorios que no son entretenimiento.

Esa es la mecánica que conviene tener clara: no es que la doctrina o la prensa sean militainment. Es que se han desarrollado dentro de un ambiente cultural saturado por él, y han terminado heredando su premisa básica de que todo es perfecto y nada funciona mal.

IV. Ucrania: la falsedad del imaginario, demostrada

La invasión rusa de Ucrania en 2022 no destruyó las armas occidentales. Destruyó algo más importante: destruyó el imaginario sobre las armas occidentales.

Durante dos años, cada nuevo sistema entregado fue presentado por la prensa especializada y por los propios fabricantes como un game changer: un arma capaz, por sí sola, de alterar el curso del conflicto. El Bayraktar TB2. El Javelin. El HIMARS. El Leopard 2. El Abrams.

Ninguno lo hizo.

No porque fueran malos sistemas, sino porque la guerra había dejado de ser decidible por un sistema. Como ya defendí en La gran mentira del armamento occidental, Rusia ha jugado en otro tablero: no el de la calidad puntual, sino el de la capacidad de sostener el combate en el tiempo. Y en ese tablero los datos son brutales.

Producción de munición. Según el Modern War Institute de West Point, la producción rusa de proyectiles de 152 mm alcanzó los 1,3 millones de unidades anuales en 2024, con objetivo de 4 millones. Mientras tanto, los países de la OTAN combinados —con economías nominalmente muy superiores— han tenido dificultades para alcanzar objetivos mucho menores en proyectiles de 155 mm. Diversos análisis recogidos por el Atlas Institute sitúan la ratio en torno a cuatro a uno a favor de Rusia.
Carros de combate. El National Security Journal recoge que el 87% del primer lote de M1 Abrams entregado a Ucrania fue destruido o capturado en pocos meses de combate. El Leopard 2, que durante décadas fue presentado como el mejor carro del mundo, ha registrado más de 38 unidades confirmadas como destruidas o dañadas.

Aquí aparece la grieta exacta entre la realidad técnica y el imaginario cultural.

Los sistemas occidentales han cumplido en parte su promesa de ingeniería: protegen mejor a la tripulación que sus equivalentes rusos. Esa parte funciona. Lo que ha fracasado es lo que ningún manual técnico prometió jamás, pero que el imaginario del militainment instaló como obvio: la invulnerabilidad. En un campo de batalla saturado de drones FPV, minas y artillería guiada, el carro de combate no es un protagonista heroico. Es un sistema expuesto que acaba siendo consumido por la lógica del desgaste.

Lo que ha caído en Ucrania no es la calidad de la ingeniería occidental. Es la idea de que esa ingeniería era suficiente por sí sola. Es decir: ha caído el imaginario que hacía pensar que todo era perfecto y nada podía funcionar mal.

V. La guerra de Irán: cuando la lógica económica también colapsó

Si Ucrania expuso los límites materiales del modelo occidental, la guerra contra Irán y sus aliados —la campaña hutí en el Mar Rojo, los intercambios directos con Teherán, los ataques contra infraestructura— ha expuesto algo aún más incómodo: sus límites económicos.

El conflicto ya no es solo tecnológico. Es matemático.

Un dron Shahed-136 cuesta entre 20.000 y 50.000 dólares producirlo —y, según Phenomenal World, la producción local en Irán podría bajar hasta los 7.000 dólares por unidad, similar al precio de un tractor agrícola básico. Para neutralizar esos drones, Estados Unidos y sus aliados han empleado interceptores Patriot PAC-3 MSE de 4 millones de dólares, misiles Standard SM-6 de 4,3 millones, sistemas IRIS-T y NASAMS en torno al millón. Las cifras están recogidas por Defence Security Asia y por el Hindustan Times.

La asimetría no es lineal. Es de dos órdenes de magnitud.

El resultado, según The National Interest, es que la Marina estadounidense gastó cerca de 1.000 millones de dólares en seis meses interceptando drones y misiles de bajo coste en el Mar Rojo. Esto no es defensa. Como ya señalaba en el artículo anterior, es una hemorragia financiera sistemática.

Hay un giro que conviene leer despacio, porque indica el punto exacto donde el modelo está empezando a corregirse.

La respuesta emergente al problema no ha sido más sofisticación, sino menos. Ucrania ha desarrollado drones interceptores que cuestan en torno a 2.500 dólares por unidad, capaces de neutralizar amenazas que estaban obligando a emplear sistemas decenas de veces más caros. Y, como apunté en aquel artículo, el Pentágono ha lanzado el programa LUCAS para hacer ingeniería inversa del Shahed-136 y producir un dron propio de 35.000 dólares.

El amo está copiando al esclavo.

Y aquí aparece otra grieta del imaginario: un dron de 2.500 dólares no produce épica. No tiene tráiler. No tiene estética. Solo funciona. Es exactamente el tipo de arma que el militainment nunca podía contar, porque rompe la promesa de un espectáculo en el que todo es brillante.

VI. El punto ciego industrial

Ese choque no es solo táctico. Es estructural.

Occidente diseñó su sistema de defensa bajo lógicas de eficiencia económica de tiempos de paz: producción ajustada, cadenas de suministro optimizadas, modelo just-in-time. Funcionaba mientras la guerra fuera un concepto de marketing. En tiempos de guerra real, falla.

El Center for Strategic and International Studies (CSIS) lo describió en su informe Empty Bins in a Wartime Environment: en un escenario de alta intensidad, el consumo de munición de precisión puede vaciar inventarios estadounidenses críticos en menos de una semana. No en años. No en meses. En días.

Conviene ser preciso aquí, porque es uno de los puntos donde más fácil resulta atribuir todo al militainment y cometer un error analítico. La crisis industrial occidental no es culpa del militainment. Tiene causas propias: la financiarización de las grandes contratistas, los ciclos de adquisición lentos, la consolidación de proveedores, la deslocalización de componentes críticos, la lógica de mercado aplicada a sectores que tradicionalmente operaban bajo lógicas de soberanía.

Lo que sí cabe atribuir al militainment es la facilidad con la que esa crisis pudo desarrollarse sin oposición pública. Si el imaginario dominante presentaba la guerra futura como rápida, limpia y resuelta por unos pocos sistemas exquisitos, no había razón para mantener una base industrial pesada, masiva y redundante. Si todo iba a ser perfecto y nada iba a fallar, los inventarios profundos eran un gasto absurdo.

El militainment no causó el problema industrial. Pero produjo el clima cultural en el que ese problema podía agravarse durante décadas sin que nadie lo señalara como urgente.

VII. La trampa final: ni el OSINT corrigió el filtro

Hay una creencia consoladora que conviene desmontar: la idea de que la era de la información en tiempo real, de las redes sociales y del OSINT (Inteligencia de Fuentes Abiertas), habría corregido los sesgos heredados del militainment.

No los ha corregido. En muchos casos los ha reforzado.

Aquí también conviene ser cuidadoso con el concepto. El sesgo de las redes sociales no es militainment. Es un fenómeno propio del ecosistema digital contemporáneo: cámaras de eco, lógicas algorítmicas de atención, comunidades cerradas, incentivos a la viralidad. Tiene sus propias causas y su propia bibliografía. Pero dentro de ese ecosistema, los marcos heredados del militainment han actuado como filtro previo: han determinado qué noticias se consideraban plausibles y cuáles «propaganda enemiga».

El American Security Project documenta algo incómodo: durante meses, los informes que apuntaban a pérdidas significativas de equipo occidental, a fracasos ofensivos ucranianos o a ventajas industriales rusas fueron sistemáticamente tachados de propaganda y descartados, incluso cuando los datos posteriores los confirmaron. Un análisis en preprint publicado en arXiv (no revisado por pares) sobre el ecosistema OSINT en torno a la guerra ruso-ucraniana apunta en la misma dirección.

La realidad estaba ahí. El 87% de los Abrams. El millón al mes en interceptores Patriot. La producción rusa cuatro a uno. Los informes del CSIS sobre los inventarios. Las advertencias de la GAO sobre el F-35. Toda esa información estaba pública.

Pero se interpretaba a través de un filtro previo. Y ese filtro previo —la idea instalada de que las armas occidentales son superiores, fiables, decisivas— es exactamente el residuo cultural que cuarenta años de militainment habían producido.

El militainment no controla las redes. Pero ha modelado el imaginario por defecto desde el que las redes leen lo que ocurre.

Lo que el espejo devuelve

Cuando empecé La gran mentira del armamento occidental, el diagnóstico era material: las armas occidentales fallan, se desgastan, se destruyen y son económicamente inviables frente a un adversario que ha aprendido a producir cantidad antes que calidad.

Pero ese diagnóstico se quedaba a medio camino.

La pregunta auténtica no es por qué fallan las armas. Es por qué creímos durante décadas que no podían fallar. Y esa pregunta no se responde solo en términos de ingeniería, ni de doctrina, ni de captura institucional, aunque todos esos factores existen y son reales.

Se responde, en parte, en términos culturales. Y el militainment es el dispositivo cultural concreto que conviene nombrar. Su función ha sido producir, durante medio siglo, un espectáculo en el que las armas occidentales son perfectas y nada funciona mal. Ese espectáculo no decide guerras por sí solo. Pero produce el sentido común desde el que las guerras se imaginan, se aprueban, se financian, se cuentan y, finalmente, se libran. Y cuando ese sentido común es falso, todo lo que se construye encima —doctrina, prensa, análisis, expectativas públicas— hereda la falsedad.

El militainment cumplió su función histórica original: reconstruir la legitimidad militar tras Vietnam y consolidar el consenso social en torno al gasto en defensa. Pero lo hizo a un precio que solo ahora estamos empezando a contabilizar. Convenció a Occidente —al público, sí, pero también a buena parte de sus élites— de que la guerra podía ser limpia, rápida, controlada y producida como una franquicia de Hollywood.

Ucrania y la guerra de Irán han demostrado lo contrario.

Han destruido el espectáculo. Y cuando el espectáculo cae, lo que queda ya no es perfección. Es la guerra.
Fuentes y referencias principales: Roger Stahl, Militainment, Inc.: War, Media, and Popular Culture (Media Education Foundation); Tanner Mirrlees y otros, Militainment in post-9/11 American war movies (Leiden University Repository); David Robb, Operation Hollywood; Modern War Institute, West Point: The Army and the New Paradigm of Ground Combat y The Industrial Window of War; Atlas Institute, The Strategic Ammunition Gap; National Security Journal, M1 Abrams, Leopard and Challenger 2 Tanks: Smashed to Bits in Ukraine; Phenomenal World, Drones Like Bicycles: The Cost of a Shahed; Defence Security Asia, Iran's $20,000 Shahed Drones vs America's $15 Million THAAD; Hindustan Times, $20,000 drones vs $4 million Patriots; The National Interest, Destroying Houthi and Iranian Missiles Has Cost $1 Billion; DroneXL, Ukraine's $2,500 Drone Just Became America's Most Urgent Defense Import; Defense One, Shahed Drone Meets Clone in US War on Iran; CSIS, Empty Bins in a Wartime Environment; American Security Project, How OSINT Has Shaped the War in Ukraine; análisis en preprint en arXiv (no revisado por pares), OSINT or BULLSHINT?. Artículo previo de la serie: La gran mentira del armamento occidental.

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