China prohíbe medir la ciencia por el número de publicaciones

No cuánto has publicado, sino qué valor has producido
Opinión · Ciencia · Geopolítica

En "El capitalismo también ha pervertido la ciencia" vimos cómo el capitalismo académico convirtió publicar en el objetivo de la ciencia, en lugar de su consecuencia. El resultado es una crisis de integridad que hoy se mide en decenas de miles de retractaciones. China ha decidido tratarla por decreto.

En un vistazo
El diagnóstico: el capitalismo académico convirtió la publicación científica en un KPI mercantilizable. Publicar dejó de ser la consecuencia de investigar para convertirse en el objetivo del sistema.
El síntoma: esa inversión ha producido una crisis de integridad sin precedentes —más de 60.000 retractaciones acumuladas, miles de manuscritos fabricados por paper mills, una industria global de fraude editorial.
La respuesta china: Pekín trata la raíz del problema con autoridad ejecutiva: prohíbe evaluar solo por publicaciones, recorta el reembolso de tasas editoriales y exige capacidad real, no apariencia de productividad.

En El capitalismo también ha pervertido la ciencia defendía que la ciencia no ha quedado al margen de la lógica capitalista: también ha sido sometida a productividad, competencia, métricas, impacto y rendimiento.

El caso chino permite dar un paso más. La cuestión ya no es solo que el capitalismo haya deformado la ciencia, sino que esa deformación ha producido una confusión básica: tomar la publicación como prueba suficiente de conocimiento.

Durante décadas, la pregunta "¿cuántos artículos has publicado?" ha funcionado como una especie de marcador universal de excelencia. Publicar mucho, publicar en revistas indexadas, publicar en revistas de impacto, publicar en inglés, publicar en circuitos reconocidos. La carrera científica terminó organizada alrededor de esa lógica cuantificable. No importaba solo investigar. Había que demostrar actividad. Había que producir señales. Había que alimentar el sistema.

Pero publicar no es investigar. Publicar es, en el mejor de los casos, una consecuencia de investigar. Cuando la consecuencia se convierte en el objetivo, el sistema empieza a deformarse.

El problema no es que los científicos sean corruptos. Esa explicación moralista es demasiado cómoda. El problema es más profundo: cuando una institución premia determinados comportamientos, esos comportamientos se multiplican. Si premia publicar mucho, se publicará mucho. Si premia resultados llamativos, se buscarán resultados llamativos. Si premia la novedad, la réplica parecerá irrelevante. Si premia el impacto, la prudencia metodológica parecerá falta de ambición.

Así se pervierte una actividad sin necesidad de destruirla desde fuera. Basta con organizar mal sus incentivos.

Donald T. Campbell formuló hace décadas una advertencia que hoy parece escrita para la academia contemporánea: cuanto más se usa un indicador cuantitativo para tomar decisiones sociales, más se corrompe ese indicador y más corrompe los procesos que pretende medir. La ciencia universitaria ha vivido exactamente eso. El artículo, la cita, el índice de impacto y el ranking empezaron como instrumentos auxiliares de evaluación y terminaron convirtiéndose en el centro del sistema.

La adopción de bases como el Science Citation Index (SCI) o Scopus, junto con métricas como el Journal Impact Factor (JIF) o el índice h, redujo la complejidad de la excelencia científica a señales manejables, comparables y administrables. Era cómodo. Era rápido. Era aparentemente objetivo. Pero también era profundamente reductivo.

La ciencia académica ha desarrollado así su propio black hat. Igual que en internet existe un SEO tramposo que no intenta mejorar el contenido, sino engañar al algoritmo, en la academia existe una forma de investigación que no intenta necesariamente conocer mejor la realidad, sino optimizar las señales que el sistema reconoce como mérito.

El paper se convierte en KPI. La cita se convierte en moneda. El índice de impacto se convierte en jerarquía. El ranking se convierte en verdad institucional.

Y entonces aparece una ciencia formalmente productiva, pero intelectualmente inflada. Papers mínimos. Investigaciones troceadas. Hipótesis adaptadas a posteriori. Temas de moda. Citas estratégicas. Autorías infladas. Resultados irrelevantes presentados como avance. Publicaciones que existen porque el sistema necesita que existan, no porque el conocimiento las necesitara.

No estamos ante una conspiración. Estamos ante una adaptación racional a un sistema enfermo.

Quien quiera sobrevivir en ese ecosistema aprende pronto la regla básica: no basta con saber, hay que parecer productivo. No basta con investigar, hay que dejar rastros medibles de actividad. No basta con aportar conocimiento, hay que convertirlo en un producto evaluable.

Por eso la pregunta "¿cuánto has publicado?" no es inocente. Es la pregunta de una ciencia convertida en mercado reputacional.

La crisis no es solo teórica

Tiene efectos materiales sobre la integridad científica. Retraction Watch registra ya más de 60.000 retractaciones acumuladas en su base de datos. Hindawi, sello integrado en Wiley, protagonizó una de las mayores crisis recientes del sector con más de 8.000 artículos retractados en 2023 tras detectar infiltración de paper mills en números especiales.

Retractaciones: la base de datos de Retraction Watch supera ya las 60.000 entradas acumuladas, la mayor cifra de la historia de la edición científica.
Fraude editorial: Hindawi (Wiley) retractó más de 8.000 artículos en 2023 tras detectar la infiltración masiva de paper mills en sus números especiales.
Frases torturadas: el Problematic Paper Screener ha identificado ya cerca de 19.000 artículos con al menos cinco expresiones "torturadas" cada uno, generadas para esquivar el control antiplagio.
Gasto en APC: los investigadores chinos gastaron en 2024 unos 909 millones de dólares en tasas de procesamiento de artículos, según la Academia China de Ciencias.

Guillaume Cabanac, Cyril Labbé y Alexander Magazinov desarrollaron precisamente el Problematic Paper Screener para detectar este tipo de publicaciones sospechosas: expresiones absurdas generadas para esquivar controles antiplagio, como si la ciencia hubiera empezado a hablar en una lengua deformada por sus propios incentivos.

El problema ya no es solo publicar demasiado. Es que una parte del sistema ha aprendido a fabricar publicaciones como si fueran productos sintéticos. Manuscritos prefabricados. Autorías vendidas. Datos inventados. Revisión por pares capturada o desbordada. Revistas que, bajo la presión del volumen y de las Article Processing Charges (APC), cobran por publicar mientras los filtros se vuelven insuficientes.

La dimensión económica del fenómeno es decisiva. No hablamos solo de prestigio simbólico. Hablamos de una transferencia masiva de dinero público hacia grandes editoriales comerciales internacionales que han convertido la necesidad de publicar en un negocio formidable.

Que la propia Academia China de Ciencias diera el paso, en marzo de 2026, de dejar de reembolsar tasas superiores a 5.000 dólares para cerca de treinta revistas internacionales de acceso abierto —entre ellas cabeceras tan prestigiosas como Nature Communications o Science Advances— muestra que el problema ya no era solo académico: era financiero, institucional y estratégico, y exigía una respuesta con capacidad ejecutiva real, no solo una recomendación.

Ese es el punto exacto en el que el capitalismo académico deja de ser una crítica abstracta y se convierte en una arquitectura industrial de simulación.

Si el primer artículo diagnosticaba la enfermedad, lo que sigue es el examen del primer intento estatal de envergadura por tratarla —con todas las cautelas que un tratamiento de Estado, autoritario y orientado a la soberanía tecnológica, exige.

El caso chino

Lo interesante del caso chino es que parece desplazar la pregunta inicial. No porque China represente una pureza científica superior, ni porque su modelo esté libre de control político, opacidad o instrumentalización estatal. No hay que idealizar nada. China no busca una ciencia angelical. Busca una ciencia útil para su proyecto nacional.

Pero precisamente ahí aparece lo incómodo.

China parece estar preguntando otra cosa: no cuánto has publicado, sino qué valor has producido. La diferencia es enorme.

Occidente pregunta: ¿en qué revista ha salido? China pregunta: ¿qué capacidad ha generado?
Occidente pregunta: ¿cuántas citas tiene? China pregunta: ¿qué problema resuelve?
Occidente pregunta: ¿cómo mejora el ranking? China pregunta: ¿qué tecnología, patente, industria, aplicación o ventaja estratégica produce?

Esa diferencia no nace de una superioridad moral. Nace de una necesidad histórica. Durante años, China también alimentó el mismo mecanismo que ahora intenta corregir. Como han explicado Fei Shu, Sichen Liu y Vincent Larivière al analizar la reforma china de evaluación científica, el país construyó parte de su expansión investigadora sobre un sistema centrado en publicaciones indexadas en el Science Citation Index (SCI) y en el Journal Impact Factor (JIF). Ese modelo permitió aumentar de forma espectacular el volumen de producción científica, pero también generó incentivos perversos, dependencia de circuitos editoriales internacionales y una cultura académica obsesionada con la métrica.

El detonante político de la reforma llegó con la pandemia de COVID-19, y conviene ser preciso sobre su naturaleza: no fue un episodio de fraude en el sentido que hemos descrito hasta aquí —no hubo manuscritos falsos ni datos inventados—, sino algo en cierto modo más revelador. Durante las primeras semanas de la crisis, diversos investigadores chinos priorizaron la rápida publicación de resultados sobre el virus en revistas internacionales de prestigio antes que su circulación inmediata dentro de los circuitos clínicos nacionales que combatían la epidemia sobre el terreno. El episodio generó una intensa controversia pública y política porque mostraba, de forma dramática, que la métrica podía pesar más que la urgencia sanitaria.

No era fraude: era el mismo mecanismo, sin disfraz, llevado a sus últimas consecuencias. El fraude editorial y el desvío de prioridades durante la pandemia son dos ramas del mismo tronco: una ciencia que responde antes a la señal que reconoce el sistema que a la necesidad que plantea la realidad. La cuestión dejó entonces de ser académica: ¿para quién trabaja realmente la ciencia cuando publicar se convierte en el objetivo principal?

La respuesta china se articuló en torno a la política conocida como Po Wu Wei: "romper los cinco únicos".

Romper los cinco únicos
La cantidad de artículos publicados (papers-only).
Los títulos académicos o profesionales.
Los diplomas y credenciales educativas.
Los premios y distinciones científicas.
Los nombramientos en programas estatales de captación de talento, los llamados "sombreros" académicos.

La reforma también buscó cortar los pagos directos en efectivo por publicaciones en revistas indexadas y avanzar hacia un Sistema de Obras Representativas, donde el investigador no presenta una montaña de artículos, sino un conjunto limitado de trabajos significativos.

El giro es evidente. Una potencia que compite por soberanía tecnológica, inteligencia artificial, semiconductores, robótica, energía, biotecnología e industria avanzada no puede permitirse medir su ciencia solo por la cantidad de publicaciones. Necesita saber si esa ciencia se convierte en capacidad real.

Y ahí el modelo occidental queda retratado. Porque una ciencia que mide su éxito por el número de publicaciones termina produciendo publicaciones. Una ciencia que mide su éxito por el impacto editorial termina produciendo impacto editorial. Una ciencia que mide su éxito por rankings termina produciendo estrategias para escalar rankings.

Eso no significa que no produzca conocimiento. Sería absurdo negarlo. La ciencia occidental sigue siendo poderosísima. Pero también significa que una parte creciente de su energía institucional se consume en producir señales de excelencia en lugar de excelencia efectiva.

Qué queda cuando se apaga el ranking

La pregunta por el valor es necesaria. Pero también es peligrosa si se formula mal.

Valor no puede significar solo patente. Valor no puede significar solo transferencia industrial. Valor no puede significar solo rentabilidad. Valor no puede significar solo utilidad estratégica para el Estado.

Valor también puede ser comprensión. Método. Replicabilidad. Datos abiertos. Crítica. Investigación básica. Clarificación conceptual. Conocimiento que todavía no sabemos aplicar. Resultados negativos que evitan errores futuros. Ciencia lenta que no produce titulares, pero sostiene todo lo demás.

No todo valor científico es inmediatamente aplicable. Conviene decirlo para evitar una caricatura utilitarista. La investigación básica importa precisamente porque muchas veces no sabemos de antemano para qué servirá. Exigir utilidad inmediata a toda ciencia sería empobrecerla. Pero una cosa es defender la investigación básica y otra muy distinta es blindar una maquinaria académica que confunde volumen editorial con conocimiento.

La crítica no es contra la ciencia lenta, teórica o fundamental. La crítica es contra la ciencia convertida en simulación burocrática de productividad.

El punto decisivo es otro: dejar de medir la ciencia solo por las señales que produce dentro de su propio circuito cerrado. Ese circuito se ha vuelto demasiado cómodo. Publicas para ser citado. Te citan para subir indicadores. Suben los indicadores para mejorar rankings. Mejoran los rankings para captar fondos. Captas fondos para publicar más. El sistema se alimenta a sí mismo. Y como todo sistema autorreferencial, termina confundiendo su propia reproducción con la realidad.

China no ha descubierto que publicar sea inútil. Ha descubierto algo más peligroso para el modelo académico dominante: publicar mucho puede ser una forma sofisticada de no hacerse la pregunta importante.

¿Esto sirve para algo? La pregunta molesta porque parece vulgar, poco académica, demasiado práctica. Pero no lo es. Es una pregunta filosófica, política y económica de primer orden: ¿sirve para curar? ¿Sirve para comprender? ¿Sirve para resolver un problema real? ¿Sirve para que otros investigadores puedan verificar, replicar o continuar un trabajo? ¿O sirve, sobre todo, para mantener funcionando la maquinaria que reparte prestigio?

Ahí está el centro del debate.

Occidente ha construido un sistema científico extraordinariamente sofisticado, pero cada vez más vulnerable a sus propias métricas. China, con todos sus problemas, parece haber entendido que una potencia no puede vivir solo de señales. Necesita capacidades.

No basta con parecer excelente. Hay que producir algo que sobreviva fuera del currículum.

Lo que el caso chino nos dice sobre el presente

El verdadero escándalo no es que China quiera reducir el peso de las publicaciones científicas como criterio de evaluación. El verdadero escándalo es que hayamos aceptado durante tanto tiempo que publicar mucho equivalía casi automáticamente a investigar bien.

No equivale. Publicado no significa verdadero. Citado no significa importante. Indexado no significa útil. Evaluado por pares no significa indiscutible. Productivo no significa valioso.

La ciencia necesita publicaciones, por supuesto. Sin comunicación pública, revisión crítica y discusión abierta, no hay comunidad científica. Pero las publicaciones deben volver a ocupar su lugar: ser un medio, no el fin; una consecuencia, no el objetivo; una forma de someter el conocimiento a examen, no una moneda para comprar prestigio.

El capitalismo pervirtió la ciencia cuando convirtió el conocimiento en rendimiento, el paper en mercancía y la publicación en KPI. China no corrige eso por amor desinteresado a la verdad. Lo hace porque necesita una ciencia que produzca poder material, autonomía tecnológica y resultados estratégicos.

La pregunta decisiva no es solo cuántos artículos produce un sistema científico. Tampoco cuántas patentes registra. Tampoco cuántos relatos de impacto sabe redactar.

La pregunta decisiva es más difícil y menos cómoda: qué valor queda cuando desaparece la métrica, qué conocimiento permanece cuando se apaga el ranking, qué capacidad real sobrevive fuera del currículum. No cuánto has publicado. Qué valor has producido.

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