Nadie destroza algo que siente suyo. Lo ocurrido en París tras la victoria del PSG no fue una noche de vandalismo: fue el rencor acumulado de una sociedad partida a dos velocidades, donde unos poseen el país y otros solo pueden animarlo.
No están destrozando nada que sea suyo. Esa es la frase que no se quiere escuchar.
No porque quemar coches, romper escaparates o enfrentarse a la policía sea algo hermoso, deseable o políticamente suficiente. No lo es. La destrucción no construye poder popular por sí sola. Pero reducir lo ocurrido en París tras la victoria del Paris Saint-Germain a una noche de vandalismo es una forma cómoda de no mirar el fondo del problema. Y el fondo del problema es brutal: Francia, como buena parte de Europa, ya no es una sociedad común. Es una sociedad partida. Una sociedad a dos velocidades. Una sociedad donde unos poseen el país y otros solo pueden animarlo.
El PSG es la metáfora perfecta de esa fractura. Pero no solo como metáfora. También como caso material, histórico y económico. Y para entenderlo hay que empezar por cómo ese club dejó de ser un club.
El capital expulsó al pueblo y lo recuperó como decorado
Un club que nació popular, conflictivo y periférico fue sometido en 2010 a lo que se llamó Plan Leproux: disolución de grupos ultras históricos, expulsión de más de 13.000 aficionados organizados, sistema de venta de entradas restrictivo. Se presentó como política de seguridad. Era también preparación del terreno. Un año después llegó Qatar Sports Investments. Después, Arctos Partners. El estadio se higienizó, los precios subieron, los palcos multiplicaron su peso en los ingresos. El fútbol corporativo necesitaba un producto más limpio.
Pero cometió el error que comete siempre el capital cuando compra cultura popular: necesita el alma que no puede comprar. Un estadio completamente aburguesado y silencioso devalúa el producto televisivo. Hace falta ruido, humo, cánticos, cuerpos. Hace falta que parezca vivo. Por eso en 2016 se permitió el retorno controlado del Collectif Ultras Paris. Por eso en 2025 se les entregó también la histórica tribuna Boulogne. La pasión de la periferia fue readmitida como ingrediente regulado de la marca. El capital expulsó al pueblo como sujeto y lo recuperó como decorado.
Esa es la estafa. Y los que la sufren lo saben, aunque no la formulen en esos términos.
El Plan Leproux no es solo historia del PSG. Es el modelo europeo en miniatura. Una élite tecnocrática que decide desde arriba lo que es aceptable, limpia lo que le resulta incómodo y readmite a los expulsados únicamente cuando los necesita. Gestionar la exclusión en lugar de resolverla. Administrar el conflicto en lugar de escucharlo. Es la lógica de una Europa que lleva décadas construyendo soluciones de arriba hacia abajo para problemas que vienen de abajo, y que se sorprende cada vez que esos problemas desbordan el cauce que les había asignado.
No es la primera vez que Francia aprende esta lección a golpes. En 2005, tras décadas de desinversión sistemática en la banlieue, la muerte de dos jóvenes huyendo de la policía en Clichy-sous-Bois desencadenó tres semanas de disturbios en todo el país. El Estado había actuado durante años como si esos territorios y quienes los habitaban pudieran existir en un compartimento separado de la República. Los motines demostraron que no. Lo que se ignora no desaparece: se acumula. Y el abajo que se ignora crece, y crece, y tarde o temprano aparece. Siempre aparece.
La pobreza sola no explica el rencor. Lo explica el estigma.
Loïc Wacquant lleva décadas estudiando lo que llama marginalidad avanzada. No es pobreza en el sentido clásico, algo que mejora cuando crece la economía. Es exclusión estructural inscrita en el territorio. El barrio es la condena. Da igual que Francia crezca, que el PIB suba, que el desempleo nacional baje: La Courneuve no mejora porque su problema no es cíclico sino estructural. Las familias más pobres de los barrios prioritarios viven con menos de 11.250 euros anuales. El 40% de esos barrios no tiene guarderías públicas. Hay un 67% menos de médicos especialistas que en el centro de París. El Estado social llega tarde, poco y mal. El Estado policial llega puntual.
Pero la pobreza sola no explica el rencor. Lo explica el estigma.
Garbin y Millington estudiaron La Courneuve y demostraron algo que va más allá de la estadística: el estigma territorial no se queda en el barrio, sale contigo. Se pega al cuerpo. Cuando un joven de la banlieue busca trabajo, cruza París o entra en determinados espacios, carga con una sospecha previa que no ha hecho nada para merecer. No es solo ser pobre. Es ser tratado como amenaza antes de abrir la boca. Es saber que el país que se supone tuyo te mira como si sobraras. Ese tipo de humillación cotidiana, acumulada durante años, no se negocia con políticas de empleo. Se sedimenta.
No es un accidente que se repite. Es una estructura que se confirma.
Luuk Slooter describió el patrón de las revueltas urbanas en Francia como un guión en tres actos que se repite con precisión. Primero, la violencia estructural silenciosa: exclusión material, desinversión estatal, desempleo juvenil masivo, confinamiento geográfico en barrios que el resto del país solo nombra como problema. Esta violencia no genera titulares. Segundo, el detonante: un incidente policial, una represión desproporcionada, o simplemente la presión de una noche en la que el dispositivo del Estado rodea a miles de personas que solo querían celebrar. Tercero, la respuesta visible: fuego, escaparates rotos, enfrentamientos. Y entonces el debate público aísla el tercer acto de los dos anteriores y llama a eso delincuencia.
El 30 de mayo de 2026, el PSG ganó la Champions en Budapest ante el Arsenal, en una tanda de penaltis agónica. Francia desplegó 22.000 policías y gendarmes en todo el país, 8.000 en París. La celebración terminó con enfrentamientos en los Campos Elíseos, barricadas con bicicletas de alquiler, 780 detenidos, 82 menores entre ellos. Un año antes, tras ganar al Inter, los disturbios dejaron dos muertos y más de 500 detenidos. No es un accidente que se repite. Es una estructura que se confirma.
Pierre Bourdieu explicó que el espacio urbano no es inocente. Las jerarquías sociales se inscriben en la ciudad. El centro de París no es una acumulación de edificios hermosos: es capital económico hecho paisaje, poder convertido en arquitectura. Los Campos Elíseos no son un blanco aleatorio. Son el decorado del país que te ignora.
La ignorada siempre aparece
Cuando miles de jóvenes de la periferia entran en ese decorado quemando algo, no lo hacen porque les apetezca destruir. Lo hacen porque es la única forma disponible de aparecer. De recordar que existen. De que el país que actúa como si no estuvieran tenga que mirarles, aunque sea con horror.
Una Francia intenta vivir como si la otra no existiera. Pero la ignorada siempre aparece.
Y cuando aparece, el país oficial descubre horrorizado que aquello que llamaba ambiente también era rencor acumulado. Que el pueblo que le daba alma al espectáculo tenía debajo una fractura que nadie quiso ver mientras no ardía nada.
No están destrozando nada que sea suyo.
Están entrando, mal, tarde y a golpes, en un país que nunca les abrió la puerta.
Este artículo de opinión se apoya en los trabajos de Loïc Wacquant (Urban Outcasts, 2007), David Garbin y Gareth Millington (estudios sobre estigma territorial en La Courneuve), Luuk Slooter (The Making of the Banlieue), Pierre Bourdieu y Henri Lefebvre. Los datos sobre barrios prioritarios (QPV) corresponden a indicadores del Observatoire National de la Politique de la Ville y la Agencia Nacional de Cohesión Territorial (ANCT).




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