Hay un mecanismo muy concreto en el fútbol: cuando Bielsa gana, sus rasgos se romantizan. Cuando pierde, los mismos rasgos se convierten en prueba de incapacidad. Eso no es crítica deportiva. Es otra cosa.
Hay algo que ocurre entre personas neurodivergentes y que rara vez se explica bien: nos vemos.
No siempre con certeza clínica. No con diagnóstico en la mano. Pero nos vemos. Reconocemos gestos, incomodidades, rigideces, agotamientos, formas de hablar, maneras de mirar o de no mirar, modos de defenderse ante un mundo que exige espontaneidad, carisma y una fluidez social que no todos tenemos.
Por eso, cuando veo a Marcelo Bielsa en una rueda de prensa, no veo al personaje que el fútbol empaquetó bajo la etiqueta de "El Loco". Veo otra cosa: una mente que no parece negociar bien con la impostura, con la conversación superficial, con el teatro obligatorio de la sociabilidad. No sé si Bielsa es neurodivergente. No soy profesional sanitario y no corresponde diagnosticar públicamente a una persona desde fuera. Esa no es la tesis. La tesis es esta: hay en Bielsa comportamientos que muchas personas neurodivergentes podemos reconocer, y hay en el fútbol un mecanismo muy concreto de usar esos rasgos como munición cuando el resultado deja de acompañar.
Y ahí empieza el problema.
El mecanismo
La eliminación de Uruguay en el Mundial 2026 ha vuelto a activar ese mecanismo. El fracaso deportivo existe y no necesita ser negado: Uruguay cayó en la fase de grupos, y Bielsa carga con una parte central de esa responsabilidad. Eso pertenece al terreno del fútbol y es perfectamente discutible. Lo que no es discutible del mismo modo es lo que se decide criticar de él y con qué lenguaje se hace.
Porque a Bielsa no se le ataca solo por sus decisiones tácticas. Se le ataca por su forma de hablar, por su incomodidad, por su falta de teatralidad, por no manejar bien los códigos blandos del fútbol moderno. Eso no es análisis deportivo. Es otra cosa.
La tolerancia selectiva del fútbol
El fútbol tiene una larga tradición de tolerancia selectiva. Tolera al violento si gana. Tolera al cínico si gana. Tolera al psicópata funcional —ese perfil frío, encantador, instrumental— siempre que produzca resultados. Pero se ensaña con quien parece sufrir demasiado, hablar demasiado claro o no fingir suficiente.
Bielsa es interesante precisamente porque su obsesión no es la del trepador. Es otra clase de obsesión: más dolorosa, más ética, más costosa. Una obsesión que ha producido conocimiento real para otros. Guardiola, Pochettino y tantos otros no lo miraron como una extravagancia argentina: lo miraron como una fuente, como alguien que había pensado el fútbol con una intensidad casi insoportable. El hecho de que sus discípulos lo usen como cantera intelectual mientras el fútbol mediático lo descarta como loco cuando pierde dice más del fútbol que de Bielsa.
Él mismo se ha definido públicamente como tímido, obsesivo y mecanizado. Esa autodescripción no debería usarse para caricaturizarlo. Debería servir para entender que detrás del mito puede haber una persona pagando un precio alto por funcionar como funciona.
Que se haya usado "autista" como descalificación contra él no dice demasiado sobre Bielsa, pero sí dice mucho sobre quienes usan esa palabra como insulto: que todavía hay entornos donde la diferencia cognitiva se entiende como una forma de inferioridad moral.
Lo que esta defensa no es
Conviene ser claro. Esta defensa no es blindar a Bielsa frente a la crítica. No es convertir una posible neurodivergencia en excusa universal. Se puede discutir si planteó mal un partido sin convertir su forma de hablar en patología. Se puede cuestionar su gestión de Uruguay sin burlarse de su incomodidad social. Se puede considerar agotado su método sin usar contra él los signos de una posible diferencia.
Criticar decisiones no exige deshumanizar rasgos. Esa frontera existe y vale la pena nombrarla.
Para muchas personas neurodivergentes, esta distinción no es secundaria. Es central. Porque conocemos demasiado bien ese desplazamiento: mientras produces, tus rasgos son pintorescos. Cuando fallas, esos mismos rasgos se convierten en la explicación de tu caída. Tu franqueza pasa a ser mala educación. Tu necesidad de orden pasa a ser rigidez. Tu dificultad social pasa a ser desprecio. Tu cansancio pasa a ser soberbia.
Una forma de existir, no una decisión que criticar
Bielsa puede haberse equivocado con Uruguay. Puede haber sido inflexible cuando necesitaba adaptación. Todo eso se puede discutir. Pero hay una frontera que no deberíamos cruzar: la de convertir una posible diferencia cognitiva en prueba de incapacidad moral.
Los neurodivergentes nos vemos. A veces nos equivocamos al reconocernos en otros. Pero también sabemos detectar cuándo una sociedad no está criticando una decisión, sino castigando una forma de existir.
Con Bielsa, demasiadas veces, el fútbol parece hacer exactamente eso.



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