Trump construyó su poder político prometiendo romper el sistema financiero que destruyó la industria estadounidense. Cuando ese sistema y esa industria entraron en conflicto real, eligió el sistema.
MAGA y la contradicción original
Donald Trump prometió hacer grande de nuevo a Estados Unidos. Prometió recuperar las fábricas, proteger a los agricultores, devolver el empleo industrial, reducir la dependencia de China y reconstruir las ciudades abandonadas por la globalización. Su movimiento, Make America Great Again —Hacer América grande de nuevo—, conocido por las siglas MAGA, nació precisamente en los territorios que habían pagado el precio de la desindustrialización: el cinturón industrial degradado, las pequeñas localidades del interior y las comunidades obreras que vieron desaparecer sus empleos mientras Wall Street acumulaba beneficios.
MAGA parecía ofrecer una ruptura. Frente a la globalización, nación. Frente a las importaciones, producción. Frente a las finanzas, trabajo. Frente a las élites cosmopolitas, la América olvidada.
Pero había una contradicción en el centro de aquella promesa. Recuperar la América productiva exigía enfrentarse al sistema financiero que había hecho rentable su destrucción.
Estados Unidos puede conservar industria y mantener el dólar como principal moneda internacional. Lo que no puede hacer es reconstruir profundamente su base productiva mientras conserva intactos todos los privilegios que la hegemonía del dólar proporciona al Tesoro, a Wall Street y a los propietarios de activos.
La razón, en síntesis, es esta: reindustrializar exige abaratar la moneda, encarecer el capital especulativo y dirigir el crédito hacia la producción, condiciones que reducen la rentabilidad de los activos financieros y encarecen la deuda pública. Sostener la hegemonía del dólar exige justamente lo contrario: una moneda fuerte, mercados de capital abiertos y una demanda constante de bonos del Tesoro que solo se mantiene si el dólar sigue siendo el destino preferido del ahorro mundial. Ambas condiciones no pueden cumplirse a la vez. El resto de este artículo muestra, paso a paso, cómo se despliega esa incompatibilidad.
La elección real no era entre tener moneda o tener fábricas. Era decidir qué debía quedar subordinado a qué: si las finanzas debían ponerse al servicio de la reconstrucción nacional o si la reconstrucción nacional debía someterse a las necesidades del dólar.
Trump ya ha elegido.
El recurso que Estados Unidos exporta
Para entender en detalle esa incompatibilidad entre reindustrialización y hegemonía financiera conviene detenerse en el mecanismo que las conecta: la enfermedad holandesa.
El término nació para describir lo ocurrido en los Países Bajos tras el descubrimiento de grandes yacimientos de gas natural en 1959. The Economist acuñó la expresión en 1977 para explicar una paradoja: aquel hallazgo, que debía enriquecer a toda la economía neerlandesa, terminó dañando al resto de su industria. La entrada masiva de divisas por la venta de gas apreció el florín, encareció las exportaciones no gasísticas y aceleró el declive de otros sectores manufactureros. Un recurso providencial se convirtió, para el resto de la economía productiva, en un lastre.
Emmanuel Todd retoma esa lógica en La derrota de Occidente con una analogía especialmente poderosa. Estados Unidos padecería una especie de «superenfermedad holandesa».
En la enfermedad holandesa tradicional, la exportación masiva de petróleo, gas o minerales provoca una entrada de divisas, fortalece la moneda y perjudica a los demás sectores productivos. El recurso privilegiado de Estados Unidos no está bajo tierra. Es el dólar.
El mundo necesita dólares para comerciar, constituir reservas, pagar deudas y comprar materias primas. También necesita bonos, acciones y otros activos estadounidenses considerados líquidos y seguros. Esa demanda permite a Estados Unidos intercambiar moneda y títulos financieros por productos reales fabricados en otros países.
El economista Michael Pettis completa la metáfora de Todd explicando su mecanismo. Los países que producen más de lo que consumen acumulan excedentes de ahorro que deben colocar en algún lugar. Una parte considerable termina en Estados Unidos porque posee los mercados financieros más grandes, abiertos y profundos del mundo.
Los países exportadores venden mercancías y utilizan los dólares obtenidos para comprar activos estadounidenses. Estados Unidos recibe capital, entrega títulos financieros e importa los bienes que ya no produce. La entrada de dinero sostiene la demanda de dólares, facilita el déficit comercial y reduce la presión inmediata para corregir la pérdida de capacidad industrial.
No es el dólar por sí solo el que cierra las fábricas. Entre los movimientos financieros y la destrucción de empleo intervienen decisiones empresariales, tecnología, costes, productividad y políticas públicas. Pero el privilegio monetario permite financiar la deslocalización, abarata las importaciones y convierte la sustitución de producción nacional por mercancías extranjeras en un negocio rentable.
Las empresas podían trasladar sus plantas, reducir costes laborales, importar los productos terminados y elevar el valor de sus acciones. Los consumidores obtenían bienes baratos. Wall Street recibía beneficios. El Estado seguía financiándose. Las pérdidas quedaban concentradas en trabajadores, ciudades y territorios concretos.
El dólar no destruyó por sí solo la industria norteamericana. Hizo algo políticamente más importante: convirtió la desindustrialización en un negocio y permitió aplazar sus consecuencias.
Mientras el exceso de ahorro mundial continúe entrando en los mercados estadounidenses, los aranceles pueden modificar el origen de las importaciones sin eliminar el desequilibrio general. China puede perder participación y Vietnam, Taiwán o México ocupar su lugar. Cambia la ruta comercial, pero no necesariamente el modelo.
Sin actuar sobre el sistema financiero, el proteccionismo puede castigar a determinados proveedores. Difícilmente puede reconstruir por sí solo una sociedad industrial. Lo que Estados Unidos enfrenta no es un problema de tarifas mal calibradas, sino un trilema: no puede maximizar a la vez la hegemonía del dólar, la financiación barata de su deuda y la reindustrialización. Algo tiene que ceder. La pregunta de todo este artículo es qué ha cedido Trump.
MAGA nació de las víctimas del dólar
El mérito político de Trump fue comprender que debajo de las estadísticas existía un país derrotado. No inventó ese dolor: lo identificó con precisión y le dio nombre. Pero convirtió esa comprensión en la base de un populismo particular: el que moviliza un sentimiento real para llegar al poder sin comprometerse jamás a pagar lo que resolverlo costaría. Les dijo a sus votantes que no habían fracasado ellos, sino que habían sido traicionados. Culpó a China, a México, a los inmigrantes y a los acuerdos comerciales, pero preservó el mecanismo que organizaba el sistema: la supremacía financiera estadounidense. La América obrera era necesaria para ganar las elecciones. Wall Street seguía siendo necesario para gobernar.
La propia Administración ha terminado por reconocerlo. En abril de 2025, Stephen Miran, entonces presidente del Consejo de Asesores Económicos, sostuvo que la función del dólar como moneda de reserva generaba distorsiones monetarias persistentes y contribuía a déficits comerciales que habían perjudicado gravemente a la industria y a las comunidades obreras estadounidenses. No es una acusación externa: es el diagnóstico de su propio gobierno.
La elección real de Trump
Tres decisiones, en apenas diez meses, muestran de qué lado se puso Trump cuando la industria y las finanzas entraron en conflicto directo.
La primera se la impuso el mercado. El 2 de abril de 2025, Trump anunció una amplia estructura de aranceles «recíprocos» contra buena parte de sus socios comerciales. Los inversores no huyeron hacia los bonos del Tesoro, como ocurre en una crisis convencional: los vendieron también. El rendimiento a diez años subió hasta cerca del 4,5 % y las hipotecas volvieron a rozar el 7 %. Siete días después, el 9 de abril, Trump suspendió la mayoría de los aranceles.
La América industrial podía esperar. El mercado de deuda no.
Y quien lo forzó a ceder no fue el rival que señala en sus discursos. No fue China ni ningún gobierno extranjero: fueron fondos y gestores privados, cada vez más dueños de la deuda estadounidense, que no tienen lealtad geopolítica alguna y solo reaccionan al riesgo.
Las otras dos decisiones ya no se las impuso nadie. Las tomó él. En julio de 2025 firmó la Ley GENIUS, que obliga a respaldar las nuevas monedas digitales ligadas al dólar con deuda pública de corto plazo: cada stablecoin que se crea amplía la demanda mundial de bonos del Tesoro. Y en su plan fiscal «3-3-3», el secretario Bessent propuso bajar el coste de la deuda mediante recortes y más petróleo, sin tocar el flujo de capitales ni la rentabilidad de los activos financieros.
Trump no está desmantelando la financiarización. La está actualizando.
Tres momentos, una sola dirección: cuando el conflicto es real, el dólar gana y la industria espera.
Los aranceles no devolvieron América
Esa elección tiene una contrapartida medible. Si el dólar ganó cada vez que entró en conflicto con la industria, cabe preguntarse qué fue, mientras tanto, de la industria que Trump prometió reconstruir.
Trump puede proteger el acero, los automóviles, los semiconductores o determinados sectores estratégicos. Puede conseguir anuncios de inversión y presentarlos como pruebas del renacimiento nacional.
Pero recuperar algunas fábricas no equivale a reconstruir la América productiva prometida por MAGA.
La reducción del déficit directo con China no significó que la producción regresara a Estados Unidos. La factura no desapareció: cambió de destinatario.
Una economía no se reindustrializa cambiando el país que aparece en la etiqueta de importación.
El déficit continúa, la producción no ha regresado y el empleo fabril no muestra el cambio histórico anunciado por MAGA. Una verdadera reconstrucción exigiría inversión pública, formación técnica, infraestructuras, energía, crédito dirigido y protección prolongada. También exigiría regular determinados flujos de capital, reducir la rentabilidad relativa de las finanzas y aceptar que el Tesoro perdiera parte de sus privilegios. Eso supondría un conflicto directo con Wall Street, con los grandes propietarios de activos y con los acreedores del Estado.
Puede haber fábricas, siempre que no amenacen el valor de los activos. Puede haber aranceles, mientras no desestabilicen el Tesoro. Puede haber protección, siempre que no obligue a modificar la estructura del poder económico.
O América o el dólar
El título no plantea que Estados Unidos deba abandonar su moneda. La elección es entre dos prioridades.
Por un lado está América: el trabajo, las fábricas, la agricultura, las infraestructuras, las comunidades, los salarios y la capacidad de producir los bienes necesarios para sostener una sociedad.
Por otro está el régimen del dólar: la deuda, los mercados financieros, las importaciones, la valorización de activos, las sanciones y la capacidad de financiar déficits gracias a la demanda internacional de moneda y bonos estadounidenses. «El dólar», aquí, no es una causa aislada ni un villano suelto: es el nombre corto de ese régimen entero, el mecanismo que vuelve rentable todo lo demás.
Ambas realidades pueden coexistir. Lo que no puede hacerse es maximizar simultáneamente todas sus ventajas. Esta contradicción es el trilema del que hablamos desde el principio: Estados Unidos pretende conservar la entrada de capital que sostiene la hegemonía del dólar, financiar su deuda en condiciones privilegiadas y, al mismo tiempo, eliminar el déficit comercial y reconstruir su base industrial. Puede avanzar parcialmente en los tres objetivos. No puede maximizar los tres sin que alguno soporte el coste.
Ese trilema no es exclusivo de Trump. Ningún presidente desde Reagan lo ha resuelto. Pero ninguno construyó su poder político prometiendo romperlo como lo hizo él con MAGA. Por eso Trump no es simplemente uno más atrapado en la misma trampa estructural: es el único que hizo de escapar de ella su identidad de gobierno, y el único, por tanto, que puede traicionarla en sentido pleno.
Reindustrializar de verdad exigiría subordinar las finanzas a la reconstrucción nacional. Trump prometió hacerlo. Gracias a esa promesa obtuvo el voto de las comunidades destruidas por el sistema del dólar.
Pero, cuando tuvo que elegir, eligió el dólar.
Trump no es el sepulturero de la globalización financiera. Es su administrador populista. Utilizó a sus víctimas para alcanzar el poder y después preservó el régimen que las había sacrificado.
La consigna decía America First.
La política real dice Dollar First.
América, al final, no es para los americanos. Es para los poderes financieros.





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