El comportamiento disociado del presidente ante el terremoto no es un rasgo de carácter: es la distancia de clase de una élite que nunca aprendió a ver a la mayoría como su igual.
Una sonrisa ante las ruinas
Colombia todavía contaba sus muertos —más de cien tras el terremoto de magnitud 7,4 que sacudió al país el 10 de agosto— cuando Abelardo de la Espriella apareció ante las cámaras sonriendo, saludando y lanzando besos. Fue tal el contraste que su propio vicepresidente tuvo que pedirle que adoptara una actitud más seria antes de salir a dar el balance oficial.
La explicación más repetida ha sido de carácter: que perdió la noción del momento, que confundió una rueda de prensa sobre una tragedia con un acto de campaña. Es una lectura cómoda porque no exige pensar nada más allá del personaje. Y sin embargo no es la primera vez que un mandatario de derecha reacciona así ante la muerte masiva. Jair Bolsonaro, preguntado por el número de fallecidos por covid en Brasil, respondió con un encogimiento de hombros verbal: "¿Y a mí, qué? No hago milagros". Personalidades distintas, países distintos, el mismo gesto de fondo: la tragedia ajena tratada como una molestia protocolaria.
El sociólogo brasileño Jessé Souza, al analizar precisamente ese tipo de salidas de Bolsonaro, sostuvo que no había que buscar la explicación en un defecto de carácter, sino en la formación de una élite que nunca tuvo que aprender a reconocer al resto de la sociedad como su igual. Esa es la clave que también sirve para leer a De la Espriella: no una rareza personal, sino el resultado visible de la separación física, económica y afectiva en la que se forman las élites dentro de sociedades extremadamente desiguales.
Vivir en el mismo país sin compartir la misma sociedad
La desigualdad no consiste solamente en que unos tengan mucho y otros casi nada. También separa los espacios, las instituciones y las experiencias. Las clases privilegiadas viven en barrios distintos, estudian en colegios distintos, se atienden en hospitales distintos y se protegen mediante sistemas privados de seguridad; apenas se encuentran con las clases populares fuera de relaciones de servicio y subordinación. Es lo que Pierre Bourdieu describía como habitus: la clase social no es solo una cuestión de ingresos, sino una forma aprendida de percibir, sentir y reaccionar ante el mundo.
Esa separación material acaba produciendo distancia afectiva. Quien nunca ha dependido de un hospital público no vive su deterioro como una amenaza propia; quien posee una vivienda sólida, seguros y recursos suficientes no contempla un terremoto desde la misma posición que quien puede perderlo todo en unos segundos. No es que los privilegiados sean incapaces de compasión —pueden conmoverse, donar, movilizar recursos—, pero la compasión no elimina la distancia: la desgracia sigue siendo algo que les sucede a otros.
En una sociedad cohesionada, una catástrofe se vive como una herida común; cuando la desigualdad rompe esa experiencia compartida, la tragedia popular se convierte en un problema que se gestiona desde fuera, no una herida propia.
Los rostros se disuelven entonces en cifras: la mayoría deja de ser gente concreta para convertirse en una cantidad prescindible e intercambiable dentro de un balance oficial.
El otro que deja de ser plenamente humano
La distancia no solo convierte a la mayoría en estadística: cambia la forma en que se percibe su humanidad. Los psicólogos sociales lo han estudiado bajo el nombre de infrahumanización: la tendencia, documentada en contextos muy distintos y sin necesidad de odio consciente, a negar a los grupos ajenos las emociones más complejas —el duelo, la nostalgia, la vergüenza— mientras se les siguen atribuyendo solo las básicas, las que compartimos con cualquier animal. No hace falta despreciar al otro para infrahumanizarlo: basta con no convivir nunca con él en condiciones de igualdad.
Es lo que permite que un presidente sonría ante un balance de muertos sin sentir que traiciona nada. Si la mayoría del país ya ha dejado de ser, para su clase, un conjunto de vidas con el mismo espesor emocional que la propia, la sonrisa deja de percibirse como una falta. El otro sigue ahí, sufriendo, pero su sufrimiento no pesa lo mismo.
La crueldad como expresión de clase
Eso es lo que revela la actitud de De la Espriella ante el terremoto. Da igual si hay intención o no: no reconocer al otro como un igual y presentarse sonriente ante su desgracia es, en sí mismo, un acto de crueldad. Esa crueldad no nace de un instinto sádico, sino de haber sido socializado dentro de una clase acostumbrada a relacionarse con la mayoría desde la exterioridad. Los pobres son personas a las que se ayuda, se dirige o se controla, pero difícilmente iguales cuyo destino se confunde con el propio. Ahí reside el clasismo más profundo: no en despreciar conscientemente a quienes están abajo, sino en haber aprendido a considerarlos habitantes de otro mundo, aunque vivan dentro del mismo país.
De esa infrahumanización a las visiones abiertamente racistas y supremacistas no hay más que un paso: basta con que la distancia deje de sentirse como algo simplemente aprendido y empiece a justificarse como algo natural o merecido.
El escándalo no consiste solamente en que De la Espriella sonriera ante las ruinas. Consiste en la distancia social que le impidió comprender por qué no debía hacerlo.
Sonrió porque la tragedia estaba ante sus ojos, pero sucedía en otro mundo. El mundo de los otros.




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