Ucrania arrastraba una crisis demográfica desde antes de la guerra. La invasión no la creó: la convirtió en una catástrofe que decide, tanto como las armas, si esta guerra de desgaste se puede ganar.
Casi cuatro muertos por cada niño nacido
Los datos del primer semestre de 2026 resumen mejor que cualquier parte militar el verdadero problema de Ucrania. Según los registros del Ministerio de Justicia ucraniano recopilados por Opendatabot —una plataforma ucraniana de datos abiertos que cruza registros estatales y ofrece seguimiento en tiempo real de indicadores como nacimientos y defunciones—, durante esos seis meses se produjeron 73.292 nacimientos y 259.853 defunciones. Por cada niño nacido murieron aproximadamente tres personas y media.
La cifra no es un accidente del semestre: en 2010, el año más alto de la serie reciente, nacieron 497.689 niños. Hoy nacen menos de la sexta parte. Ucrania llevaba más de una década perdiendo población cuando comenzó una guerra que exigía precisamente una enorme capacidad para movilizarla.
La invasión no creó el problema demográfico. Lo convirtió en una catástrofe.
Un país que se vaciaba
Ucrania llegó a la guerra después de tres décadas de caída demográfica. Cuando se independizó en 1991 tenía más de 50 millones de habitantes. Antes de la invasión de 2022 rondaba los 42 millones. No existe una cifra completamente segura sobre su población actual —no hay censo desde 2001, parte del territorio está ocupada, millones de ciudadanos viven en el extranjero—, pero todas las estimaciones coinciden en la dirección.
Los hombres que Ucrania necesita movilizar hoy pertenecen precisamente a las generaciones nacidas durante ese desplome. El Centro de Estudios Orientales (OSW) lo resume como una combinación prolongada de baja fecundidad, elevada mortalidad, envejecimiento y emigración. La distorsión es visible en la propia pirámide de edad: los varones de 15 a 19 años apenas equivalen a la mitad de los que tienen entre 35 y 39. Ucrania no está movilizando una población abundante que después podrá regenerarse — está movilizando generaciones reducidas de las que también deben salir los trabajadores, técnicos y padres que sostengan el futuro del país.
La reserva humana no puede destinarse por completo al frente. Cada trabajador movilizado es un hombre menos en la industria, el transporte o la agricultura. El límite no aparece cuando desaparece el último hombre disponible, sino cuando la incorporación de nuevos soldados empieza a debilitar la economía que debe equiparlos y mantenerlos.
Esta estructura coloca a Kiev ante una elección sin salida satisfactoria. En 2024 el Gobierno rebajó la edad mínima de movilización de 27 a 25 años; si sigue protegiendo a los más jóvenes, sostendrá la guerra con tropas cada vez mayores —la edad media de los soldados desplegados en el frente ya ronda los 40 años, según estimaciones citadas por Reuters—. Si amplía la movilización hacia edades inferiores, obtendrá soldados a costa de consumir la generación que debería trabajar, formar familias y reconstruir el país.
Puede aplazar el coste o anticiparlo. No puede eliminarlo.
Resistir no es ganar
Una guerra de desgaste se gana resistiendo más que el adversario y reponiendo mejor las pérdidas. Importan la industria, la munición, la tecnología y la financiación, pero también disponer de suficientes personas para sustituir a los muertos, heridos y agotados.
Ucrania puede recibir dinero, drones, sistemas de defensa aérea, vehículos blindados y proyectiles. Lo que sus aliados no pueden fabricar son soldados ucranianos.
Un obús puede importarse. Una brigada desgastada no se reconstruye transfiriendo dinero.
Además, cubrir una parte de las bajas puede bastar para evitar el derrumbe del frente, pero no para ganar. Imponerse exige relevar unidades agotadas, reconstruir las formaciones dañadas, entrenar reemplazos y acumular más efectivos de los necesarios para mantener las posiciones existentes.
El ejército puede seguir defendiendo el frente con lo que queda, pero no reunir la fuerza necesaria para romperlo. Esto explica por qué Ucrania ha podido resistir durante años a pesar de su inferioridad: los drones, la inteligencia occidental y las posiciones fortificadas multiplican la eficacia de los soldados disponibles y encarecen cada avance ruso. Permiten sostener la defensa, pero no crean nuevas cohortes movilizables.
Ucrania ha demostrado que puede impedir una victoria rápida de Rusia. No ha demostrado que pueda agotar a Rusia antes de agotarse ella.
Rusia puede durar más
Rusia también tiene una fecundidad baja, una población envejecida y pérdidas militares enormes. Pero la cuestión no es si Rusia sufre, sino cuál de los dos países puede absorber el sufrimiento durante más tiempo. El Servicio Federal de Estadística de Rusia (Rosstat) calcula una población cercana a los 146 millones de habitantes, frente a los 31 millones que controla Kiev: una diferencia de casi cinco contra uno.
La fecundidad rusa también está en mínimos históricos, y esto es importante: el argumento de este artículo no depende de que Rusia tenga una demografía sana, sino de que su base de partida es tan grande que puede permitirse una crisis demográfica propia y aun así superar en escala a la de Ucrania durante toda la guerra. La brecha no está en quién declina más rápido, sino en desde dónde declina cada uno.
La población total no se convierte automáticamente en soldados —influyen la edad, la salud, la organización militar y la capacidad de cada Gobierno para movilizar a sus ciudadanos—. Pero ninguna de esas variables elimina la diferencia de escala. Rusia puede reclutar sobre una base mucho mayor, ofrecer incentivos económicos y recurrir a regiones periféricas; puede combatir de manera ineficiente, sufrir más bajas por cada avance territorial y, aun así, conservar mayor capacidad de reposición que Ucrania. Por eso Kiev necesita mantener durante toda la guerra una relación de pérdidas muy favorable: una relación cercana a la paridad termina beneficiando al país capaz de reemplazar durante más tiempo a sus soldados.
Desde 2022 se ha repetido que el tiempo acabaría debilitando a Rusia. No ha ocurrido: Rusia ha adaptado su economía, ha mantenido su producción militar y sigue encontrando hombres para el frente, aunque tenga que pagar cada vez más por ellos.
Rusia no necesita conquistar rápidamente todo el país para imponerse en esta lógica. Le basta con mantener la presión y obligar a Ucrania a consumir una reserva humana mucho menor.
Ucrania puede resistir. Puede causar pérdidas enormes a Rusia. Puede impedirle alcanzar algunos de sus objetivos. Pero no puede agotar antes que Rusia una reserva humana casi cinco veces mayor mientras su propia población disminuye y envejece.
El tiempo no resolverá esa desproporción. La hará cada vez mayor.




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