Si eres de los que crees que China es capitalista, abandona toda esperanza: en China, la política manda sobre la economía. En 2008, Estados Unidos rescató a los bancos que provocaron la crisis y apenas castigó a sus dirigentes. China dejó caer a Evergrande y condenó a su fundador a cadena perpetua.
China tiene capitalistas, pero ¿quién manda sobre ellos?
Uno de los argumentos más habituales para afirmar que China es un país capitalista como cualquier otro consiste en señalar que tiene grandes empresas privadas, multimillonarios, bolsas de valores y mercados financieros. Todo eso existe en China, como también la especulación inmobiliaria, el endeudamiento empresarial y las grandes fortunas. Pero confundir la existencia de capitalistas con un capitalismo como el occidental supone ignorar una cuestión fundamental: la relación entre el poder político y el poder económico.
En las economías occidentales, las grandes corporaciones financieras han adquirido una enorme capacidad para condicionar las decisiones de los Estados. Son tan importantes para el conjunto de la economía que sus problemas acaban convirtiéndose en problemas públicos.
Dos crisis, dos respuestas diferentes
La comparación entre ambas crisis muestra cuatro diferencias: cómo se actuó antes del desastre, qué se hizo con las empresas que lo provocaron, a quién se protegió y quién pagó por ello.
1. Antes de la crisis: ¿frenar o permitir la especulación?
En Estados Unidos, la permisividad de los reguladores permitió durante años una gigantesca burbuja hipotecaria alimentada por los bancos. Estos concedían créditos de alto riesgo y los transformaban después en productos financieros que vendían por todo el mundo. Cuando la burbuja estalló en 2008, provocó una recesión internacional.
Evergrande construyó uno de los mayores imperios inmobiliarios del mundo a base de deuda masiva, especulación y venta de viviendas antes de construirlas. Su fundador, Xu Jiayin, llegó a ser uno de los hombres más ricos de Asia. Pero en agosto de 2020 las autoridades chinas aprobaron las llamadas tres líneas rojas: unos límites de endeudamiento que cerraban el acceso a nueva financiación a las promotoras que los superaran. Pekín decidió frenar un negocio especulativo muy rentable para sus grandes promotoras, aunque eso comprometiera su crecimiento.
2. Ante el colapso: ¿rescate o caída?
Cuando estalló la crisis de 2008, Estados Unidos movilizó enormes recursos públicos para salvar el sistema financiero. Su principal programa de rescate, el TARP, desembolsó 443.500 millones de dólares para sostener bancos, aseguradoras y otros sectores afectados. Según el Departamento del Tesoro, buena parte de ese dinero se recuperó y el coste final para las arcas públicas fue de 31.100 millones. Los rescates evitaron un hundimiento todavía mayor, pero también preservaron buena parte de las estructuras financieras que habían provocado la crisis.
Cuando Evergrande dejó de pagar sus deudas en 2021, acumulaba más de 300.000 millones de dólares en obligaciones pendientes. Su hundimiento dejó viviendas sin terminar y grandes pérdidas para compradores, inversores y acreedores. Pero el Estado chino no la rescató. En enero de 2024, el Tribunal Superior de Hong Kong ordenó su liquidación: la empresa debía desaparecer y su patrimonio venderse para pagar a los acreedores.
3. El dinero público: ¿para quién?
Si en Estados Unidos el dinero público fue a sostener a las entidades financieras, en China la prioridad fue otra: que la caída de Evergrande no supusiera abandonar a las familias que ya habían pagado sus viviendas. Mediante la política Bao Jiao Lou («garantizar la entrega de viviendas»), aplicada a todas las promotoras en crisis, Evergrande incluida, las autoridades movilizaron financiación para terminar las obras paralizadas. Según el Fondo Monetario Internacional, a finales de 2023 se había entregado el 86 % de los 3,5 millones de viviendas incluidas en una fase del programa. Quedaban muchos proyectos pendientes, pero la decisión política era clara: proteger a los compradores no exigía salvar a la empresa ni la fortuna de su propietario.
4. Las responsabilidades: ¿quién paga?
¿Qué ocurrió con los grandes responsables de Wall Street? Prácticamente ninguno de sus máximos dirigentes acabó en prisión por la crisis de 2008. Uno de los escasos condenados fue Kareem Serageldin, directivo de Credit Suisse, sentenciado en 2013 a 30 meses de cárcel por falsear el valor de activos hipotecarios. Las grandes entidades pagaron multas y afrontaron nuevas regulaciones, pero las consecuencias penales para sus principales dirigentes fueron muy limitadas.
En China, el desenlace fue otro. El 20 de agosto de 2026, Xu Jiayin fue condenado en primera instancia a cadena perpetua por fraude, captación ilegal de fondos y soborno, entre otros delitos. Entre los hechos probados figura el uso de sobornos para controlar entidades financieras y obtener crédito ilegalmente: el tribunal castigó precisamente el intento de un capitalista de poner el sistema financiero a su servicio. Se confiscaron todos sus bienes personales y 56 personas vinculadas al grupo, entre ellas varios altos ejecutivos, recibieron también condenas. No es un caso aislado: Wu Xiaohui, presidente de Anbang Insurance, fue condenado a 18 años de prisión en 2018, y Xiao Jianhua, propietario del conglomerado financiero Tomorrow Group, a 13 años en 2022.
Las dimensiones de ambos desastres fueron muy diferentes: la crisis de 2008 causó un daño económico y social mundial incomparablemente mayor que el de Evergrande. Pero el contraste es claro.
En Estados Unidos, salvar el sistema financiero fue compatible con una escasa responsabilidad penal de sus grandes dirigentes. En China, preservar la estabilidad económica fue compatible con la desaparición de un gigante empresarial y la condena de su propietario.
La diferencia está en quién manda
Por eso no basta con afirmar que China es otro país capitalista porque tiene multimillonarios y empresas privadas. La naturaleza de un sistema económico no se entiende solo observando quién posee las empresas, sino también quién tiene la capacidad efectiva de imponerles límites y de decidir qué intereses prevalecen cuando estalla una crisis.
China tiene capitalistas, pero no son ellos quienes mandan.




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