Para el aficionado emocional, si criticas al equipo cuando pierde eres un buitre, y si lo haces cuando gana no hay nada que reprochar. Pero quien solo analiza a su equipo cuando pierde no puede explicar sus derrotas, porque sus causas ya estaban ahí cuando ganaba.
Si criticas al equipo cuando pierde, te acusan de aprovechar la derrota, de ser un buitre que solo aparece cuando las cosas van mal. Si lo criticas cuando gana, te preguntan qué puedes encontrar de malo en un equipo que gana. Nunca es buen momento para señalar un problema. Ante ustedes, el aficionado emocional.
Un mal partido, dos miradas
El empate del Atlético de Madrid en Stuttgart, en la Champions, ofrece un buen ejemplo de dos maneras distintas de entender el fútbol. Marc Pubill, que venía rindiendo a buen nivel, tuvo una mala noche. Cometió errores, sufrió cada vez que los alemanes le apretaban para robarle el balón y lo perdió en la jugada del gol de Jamie Leweling. Enseguida llegaron los reproches y los juicios apresurados, como si un mal partido bastara para borrar lo que un futbolista ha demostrado en muchos otros.
Ganar no es hacerlo todo bien
Hay una forma de vivir el fútbol dominada por la reacción emocional inmediata. Si el equipo gana, todo funciona y cualquier crítica sobra. Si pierde, todo es motivo de indignación. El resultado decide no solo el estado de ánimo del aficionado, algo perfectamente comprensible, sino también su forma de interpretar lo ocurrido. Es una visión simplista, porque confunde ganar con hacerlo todo bien y perder con hacerlo todo mal.
La realidad es más compleja. Un equipo puede ganar jugando mal: gracias al talento de un futbolista, a los errores del rival o a una puntería extraordinaria que difícilmente podrá mantener. Puede encadenar victorias aunque tenga problemas que sus rivales no han sabido o no han querido aprovechar. Esos problemas no desaparecen porque el marcador sea favorable: siguen ahí y, muchas veces, acaban explicando las derrotas que llegan después.
Las victorias pueden ocultar los problemas, pero no los resuelven.
Las causas de un tropiezo rara vez nacen en los noventa minutos del último partido; muchas estaban presentes en las victorias anteriores. Pero entonces el resultado funcionaba como una censura: habíamos ganado y cualquier crítica carecía de sentido.
El culpable más visible
Como el aficionado que se guía por el resultado no se ha fijado en cómo jugaba su equipo mientras ganaba, el tropiezo le pilla por sorpresa. No tiene una explicación construida a partir de lo que ha ido viendo, porque renunció a analizarlo. Y entonces aparece la reacción visceral. Su mirada se queda en la superficie, en lo más evidente: el pase fallado, el balón perdido, la ocasión desperdiciada. Necesita un culpable porque no entiende qué ocurrió antes de ese error. Su análisis se reduce a la expresión de su frustración.
El caso de Pubill lo demuestra. Su partido fue malo y merece crítica. Pero reducir las dificultades del Atlético en Stuttgart a sus errores es ignorar un problema de todo el equipo: no supo sacar el balón jugado desde atrás cuando los alemanes salían a presionarle cerca de su área. Un futbolista puede perder el balón por una mala decisión, pero también porque ningún compañero se ofrece para recibir un pase, porque lo recibe de espaldas y rodeado de rivales o porque la forma de jugar del equipo le obliga una y otra vez a salir de apuros. El error individual es lo que vemos; las circunstancias colectivas que lo favorecen son lo que debemos investigar. Y esas circunstancias no aparecieron de repente. El Atlético llegaba a Stuttgart con seis victorias seguidas, pero en la Liga apenas encuentra rivales que lo presionen así. La racha no demostraba que el equipo supiera resolver esa situación; simplemente nadie lo había puesto a prueba.
Mirar también cuando se gana
Frente a esta manera emocional e inmediata de interpretar los resultados existe una mirada reflexiva, que entiende el fútbol como un proceso y no como una sucesión de partidos aislados. El aficionado reflexivo no se conforma con saber quién perdió el balón: se pregunta por qué lo perdió y si eso se repite. Disfruta de las victorias sin convertirlas en certificados de perfección y acepta los tropiezos sin necesidad de buscar enseguida un culpable. Tampoco critica por sistema: reconoce lo que funciona y señala lo que no, gane o pierda su equipo. No es menos apasionado; sabe distinguir entre lo que siente y lo que comprende. Y señalar un problema cuando todavía se gana no es desear la derrota, sino advertir de lo que puede provocarla.
Las victorias también se analizan
Los dos aficionados quieren que gane su equipo y los dos viven sus partidos con emoción.
Pero para explicar las derrotas hay que haber sabido analizar también las victorias.




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