La crisis de la vivienda no es un cisne negro: todos la conocían. Pero ha acumulado una carga explosiva, y la muerte de Maricarmen Abascal puede ser el detonador que movilice a la izquierda y provoque una ruptura electoral que ninguna encuesta prevé.
Durante siglos, los europeos estuvieron convencidos de que todos los cisnes eran blancos. La experiencia parecía confirmarlo hasta que, a finales del siglo XVII, unos exploradores encontraron cisnes negros en Australia. Bastó un solo ejemplar para derribar una certeza construida sobre innumerables observaciones. El problema no estaba en lo que habían visto, sino en suponer que lo conocido agotaba todas las posibilidades.
El ensayista Nassim Nicholas Taleb convirtió esta paradoja en una teoría sobre nuestra incapacidad para anticipar ciertos acontecimientos. En El cisne negro (2007) identifica tres rasgos que permiten reconocerlos.
El explosivo: una crisis que todos conocían
Según Taleb, un cisne negro es inesperado, tiene un impacto extraordinario y, una vez ocurrido, se explica como si hubiera sido previsible. Veamos si la situación actual reúne esos tres rasgos.
Lo inesperado. Un cisne negro queda fuera de lo que todos dan por hecho. La crisis de la vivienda no cumple esta condición, porque es conocida desde hace años. Según el Consejo de la Juventud de España, solo el 14,5 % de los jóvenes de 16 a 29 años vive fuera de casa de sus padres, y alquilar un piso en solitario exige el 98,7 % del salario neto mediano de una persona joven. Se parece más a lo que la analista Michele Wucker llamó rinoceronte gris (The Gray Rhino, 2016): una amenaza evidente que todos ven venir y que se ignora durante años.
Lo inesperado, por tanto, solo puede estar en sus consecuencias políticas. Y hoy lo que se espera es otra cosa: las encuestas publicadas el 9 de octubre coinciden en otorgar a PP y Vox una holgada mayoría absoluta. Un resultado que rompiera esa previsión sí sería inesperado.
El impacto extraordinario. Un cisne negro cambia de forma profunda el escenario en el que se produce. Para eso, el malestar por la vivienda tendría que convertirse en votos, algo que no ha ocurrido en años de deterioro. Pero en pocas semanas se ha acumulado una carga excepcional:
El malestar, además, es compartido. Según una encuesta de 40dB. publicada por El País el 1 de octubre, el 67,5 % de los españoles apoya limitar los precios de la vivienda y del alquiler, incluidos el 56,5 % de los votantes del PP y el 55,2 % de los de Vox. Es un consenso sobre el problema, no sobre sus soluciones, y eso puede abrir grietas dentro de los propios bloques.
Un vuelco tampoco exige grandes trasvases de votos entre derecha e izquierda. Como explicaba en mi artículo sobre los 700.000 votos de Sánchez y los indecisos del CIS, puede bastar con que voten quienes dudaban o pensaban abstenerse. Y como los escaños se reparten provincia a provincia, pequeñas variaciones en votos pueden convertirse en grandes cambios en el Congreso.
La explicación a posteriori. Este rasgo solo podría comprobarse después. Si la ruptura se produjera, aparecerían análisis que conectarían todos estos hechos como si el resultado hubiera sido inevitable.
El detonador: una muerte que no admite réplica
Un explosivo puede pasar años sin estallar si nada lo activa. Ese papel puede cumplirlo la muerte de Maricarmen, el 7 de octubre, cuando las elecciones ya estaban convocadas.
El sociólogo James Jasper llama choque moral a los acontecimientos que provocan tanta indignación que empujan a actuar a personas que nunca lo habían hecho. Jean Baudrillard ayuda a entender por qué una muerte tiene esa fuerza. En El intercambio simbólico y la muerte (1976) sostiene que la muerte es el único desafío al que un sistema no puede responder: frente a ella, sus argumentos pierden todo su peso. La muerte moviliza.
Mientras la vivienda se discute con cifras, siempre hay réplica: de quién es la competencia, qué medida funciona, quién tiene la culpa. Ese debate interminable es el que desanima a muchos votantes de izquierda, que han dejado de creer que votar cambie algo.
La muerte de una mujer de 87 años tras perder la casa en la que vivió siete décadas no admite réplica. Reduce el conflicto a algo que no necesita explicación y deja sin refugio a la indiferencia.
Desahucios hay todos los días, pero muy pocas veces se convierten en un símbolo así al arrancar una campaña electoral. Ese es el elemento improbable. Si moviliza a los desencantados y a los indecisos de la izquierda, el explosivo podría estallar.
Unir los puntos
Todos los puntos están ya sobre el papel: una crisis que dura años, una mujer de 87 años muerta tras perder su casa, unos decretos rechazados, una huelga general y unos indecisos que pueden decidirlo todo. Basta trazar la línea que los une para que aparezca la figura: un cisne negro que mantendría a Pedro Sánchez en la Moncloa contra lo que dicen todas las encuestas.
Si ocurre, la noche del 29 de noviembre todo parecerá evidente y no faltarán quienes expliquen que estaba escrito. Así funcionan los cisnes negros: el dibujo solo se ve cuando ya está terminado.
El mérito está en verlo ahora.




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