Sánchez necesita recortar unos tres puntos al PP, en torno a 700.000 votos, para seguir en la carrera. Entre indecisos y votantes fugados a la derecha hay más de dos millones en juego, y ha elegido la vivienda para moverlos.
Hace apenas unos días, en Sánchez: entre la espada y la pared, los datos internos de la encuesta del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) mostraban dos debilidades electorales de Pedro Sánchez. La primera, una bolsa de indecisos: el 13,3 % de quienes votaron al Partido Socialista Obrero Español (PSOE) o a Sumar en 2023 todavía no sabía a quién votaría, frente al 5,3 % entre los antiguos votantes del Partido Popular (PP) y Vox. La segunda, una fuga: la proporción de antiguos votantes socialistas que declara intención de votar a la derecha había pasado del 4 % al 8,7 % en un año.
Sánchez ya ha convocado elecciones. Su objetivo es decantar a esos indecisos y recuperar a una parte de los que se han ido. La pregunta es cuántos votos necesita.
Las cuentas de Sánchez
Los porcentajes del CIS muestran hacia dónde se mueve el electorado, pero no permiten calcular cuántas personas son. Para eso hace falta otra referencia.
Iván Redondo, que fue director de gabinete de Sánchez, sitúa al PSOE a unos tres puntos del PP. Es una estimación a medio camino entre el CIS, que todavía da ventaja a los socialistas, y la mayoría de encuestas privadas, que dan al PP entre cinco y ocho puntos.
Tres puntos son, según la participación, en torno a 700.000 votos. Ese es el mínimo que Sánchez necesita para empatar con el PP y tener alguna opción de formar gobierno. No para ganar: para seguir en la carrera.
Y por encima de ese mínimo hay margen. Según el propio Redondo, entre votantes de izquierda por movilizar y antiguos votantes socialistas que hoy están en el bloque de PP y Vox, hay más de dos millones de votos en juego. Sánchez no necesita todos. Necesita mover una parte suficiente.
Entre esos 700.000 y los más de dos millones está el espacio de Sánchez. En la lectura más optimista, la de un PSOE capaz de movilizar buena parte de él, el resultado podría dar un vuelco al panorama que hoy dibujan las encuestas.
Subirse a la ola
Sánchez cree haber encontrado la forma de moverlos: la vivienda.
No ha creado la ola: la crisis de la vivienda ya estaba en el centro de la preocupación de los españoles. Lo que ha decidido es subirse a ella e intentar llevarla hasta las urnas.
La apuesta tiene lógica porque la vivienda puede servir para las dos tareas. Puede dar a los indecisos progresistas un motivo para decidirse y, además, es uno de los asuntos en los que buena parte de la derecha coincide con la izquierda. Según una encuesta de 40dB. para El País y la Cadena SER, el 67,5 % de los españoles apoya limitar el precio del alquiler aunque eso reduzca lo que gana el propietario. Esa posición también es mayoritaria entre los votantes del PP (56,5 %) y de Vox (55,2 %).
Eso no significa que esos votantes vayan a volver automáticamente al PSOE. Significa que en la vivienda Sánchez puede disputar a una parte de quienes se le han ido a la derecha sin abandonar a su propia base.
El riesgo sigue siendo el que señalábamos en el artículo anterior: la misma crisis que puede ayudarle a ganar votantes puede castigar a un Gobierno que lleva años gestionándola.
Sánchez ha decidido correr ese riesgo.
El primer movimiento
El Gobierno ha vuelto a aprobar los dos decretos de vivienda que PP, Vox y Junts tumbaron en el Congreso. Con el Parlamento disuelto por la convocatoria electoral, ya no los votará el pleno, sino la Diputación Permanente: un órgano reducido que sustituye al Congreso hasta las elecciones. En ella, Junts solo tiene un representante y deja de ser decisivo. El Partido Nacionalista Vasco (PNV) mantiene su apoyo al decreto principal y su rechazo al segundo.
Salvar al menos uno permite a Sánchez convertir la derrota que precipitó las elecciones en el primer acto de una campaña construida alrededor de la vivienda.
El Perro vuelve.



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