Sin tanque en la puerta no hay mito — Lo que el Politécnico griego revela sobre la Transición española

España no tuvo su Politécnico — Por qué el mito de la Transición "desde la calle" no encaja cuando lo comparas con Grecia

Por qué el mito de la Transición "desde la calle" no encaja cuando lo comparas con Grecia. En noviembre de 1973, los tanques griegos aplastaron la puerta del Politécnico de Atenas. Ese episodio condensó ruptura, sacrificio y deslegitimación del régimen militar. España no tuvo nada equivalente. Y esa ausencia no es anecdótica: es la firma de un modelo de cambio conducido desde arriba.

Hay un truco narrativo que funciona siempre: cuando un proceso político necesita legitimidad retrospectiva, se reescribe como épica social. La Transición española no se libra de esa lógica. Se nos cuenta como una conquista coral: la calle empujó, la sociedad se levantó, la izquierda empujó el tablero, y el régimen cedió porque no le quedó otra.

El problema es que, cuando buscas el equivalente empírico de esa épica —un episodio que condense ruptura, riesgo, represión y deslegitimación— España no lo tiene. Grecia sí. Y el contraste es demoledor.

Si miras ambos procesos como modelos, la divergencia es nítida: Grecia encaja en una ruptura por colapso (la Metapolítefsi, el cambio de régimen tras la junta militar), mientras España encaja en una reforma pactada y pilotada desde la élite bajo la premisa "de la ley a la ley".

En un vistazo: Quien sostenga que la Transición española fue una conquista "desde abajo" tiene que explicar por qué no existe un Politécnico español. No un episodio trágico —que los hubo—, sino un momento donde la movilización social fuerza el curso del proceso. En noviembre de 1973, la ocupación estudiantil del Politécnico de Atenas, aplastada por tanques, deslegitimó irreversiblemente a la junta militar griega y produjo un mito fundacional genuino, sostenido sobre hechos empíricos de resistencia y sacrificio. Grecia cerró su transición con un referéndum explícito sobre la forma del Estado; España no hizo nada equivalente. La diferencia no es de valentía: es de estructura. Cuatro décadas de franquismo —frente a siete años de junta griega— sedimentaron una pedagogía del miedo y una integración material que estrecharon el horizonte de lo posible. El resultado: la calle española presionó y legitimó, pero nunca determinó. Y esa ausencia de acto fundacional obliga al relato posterior a fabricar una épica compensatoria que el caso griego simplemente no necesita.

1) Lo que significa "tener calle": el Politécnico como prueba dura

En noviembre de 1973, el Politécnico de Atenas no es un episodio estudiantil más: funciona como un catalizador que transforma la percepción social de la dictadura. La imagen de los tanques derribando la puerta y la violencia posterior instala una fractura: el régimen ya no gobierna por consentimiento pasivo, solo por miedo.

La escena

La revuelta arranca como ocupación estudiantil en la Escuela Politécnica de Atenas. No es una protesta abstracta: es un acto de control del espacio. Se levantan barricadas, se organizan turnos, se improvisa logística, se imprimen octavillas. Y, sobre todo, aparece el elemento que convierte la ocupación en acontecimiento nacional: una emisora improvisada dentro del campus. La voz que sale por la radio no pide "reformas"; interpela directamente al régimen y llama a la población a sumarse.

La concentración crece y el perímetro universitario deja de ser universitario: empiezan a llegar trabajadores, vecinos, curiosos. Durante horas, la ciudad mira hacia ese punto como si todo el país estuviera allí comprimido.

La junta entiende el riesgo con lucidez: si permite que el Politécnico dure, admite que existe un territorio liberado en el corazón de la capital. Si lo aplasta, exhibe ante todos su verdad: manda porque puede golpear.

La noche decisiva

La noche decisiva llega con el ejército. Tanques y tropas rodean el campus. Hay negociaciones, tensión, gritos, un miedo físico. Al final, el tanque entra y derriba la puerta. La ocupación se disuelve a golpes. Hay muertos y heridos (las cifras exactas varían según fuentes), pero lo que no varía es el efecto político: el régimen queda retratado con una imagen que ya no se puede "gestionar". Si alguien necesitaba una prueba de que aquello era una dictadura militar en sentido literal, la tiene en una puerta aplastada por un tanque.

Lo que produce el Politécnico

Seamos precisos: el Politécnico no derriba la junta esa noche. La represión incluso endurece el régimen. Pero cumple una función decisiva: produce un mito fundacional genuino porque se sostiene sobre un hecho empírico de resistencia y sacrificio que deslegitima al mando militar de forma irreversible.

Y, a partir de ahí, Grecia ofrece una secuencia cerrada, robusta, difícil de maquillar:

  • Prueba de fuego social y represión sangrienta (Politécnico, 1973).
  • Colapso político del régimen por crisis externa (Chipre, 1974).
  • Acto constituyente explícito: referéndum sobre la forma del Estado (diciembre de 1974).

Eso es "calle" en sentido fuerte: no como decorado, sino como evidencia histórica de ruptura. La diferencia entre acompañar un proceso y forzarlo se mide en hitos como este.


2) España: mucha protesta, ningún Politécnico

En España también hubo conflictividad social real. Hubo huelgas, movilización obrera, presión estudiantil, represión. Vitoria, 3 de marzo de 1976, es el ejemplo obvio: violencia estatal contra trabajadores y muertos.

Pero justamente ahí está el punto: episodios así no cristalizan como "momento fundador" de ruptura, sino como recordatorio del coste de tensar la cuerda. En vez de romper el marco, refuerzan la idea de que la salida debe ser contenida, pactada, administrada.

Mientras tanto, el vector decisivo del cambio discurre por arriba y por dentro: la ingeniería legal que permite pasar del régimen a la democracia sin salto constituyente. La prueba más cruda es que la Ley para la Reforma Política es aprobada por las propias instituciones del régimen: el famoso "harakiri" de las Cortes franquistas. El edificio no se cae: se reconfigura desde dentro con una operación jurídica que encauza —y limita— el papel de la calle.

La calle en España presiona y acelera plazos, pero el diseño del proceso, sus límites y su calendario se deciden dentro del carril institucional. La calle no actúa como martillo que derriba el edificio; actúa como clima que obliga a moverse, pero siempre bajo un marco predefinido.

Y hay una frase que resume esa continuidad mejor que cualquier metáfora. Según el periodista e historiador Giles Tremlett, Felipe González lo expresó así en una conversación posterior:

"People do not understand that the state apparatus was retained, in its entirety, from the dictatorship."

No es un detalle: es la confesión seca de que no hubo derrumbe del aparato estatal, sino continuidad bajo fachada nueva.

2.1) Violencia "gestionada" y mito de la paz

Hay otro elemento que desmonta el relato complaciente: la Transición española no fue ese proceso "modélico" y pacífico que se vende a posteriori.

El punto no es competir en morbo; el punto es político: en Grecia, la violencia del Politécnico rompe la legitimidad del régimen; en España, la violencia —la de ETA, la del GRAPO, la de la extrema derecha y la represión policial— funciona como disciplina hacia el consenso. Cada atentado, cada matanza, empuja a estrechar la vía pactada para evitar el "caos", y deslegitima sobre todo a las "opciones extremas", no al Estado en su conjunto.

La violencia en Grecia deslegitima al régimen. La violencia en España disciplina hacia el consenso. La misma variable —violencia política— produce efectos opuestos según el marco en que opera.

2.2) El "pacto de olvido": un debate abierto, no un consenso

Un mecanismo clave de la Transición fue lo que habitualmente se denomina "pacto de olvido" o "pacto de silencio": un acuerdo político informal para no abrir el conflicto sobre responsabilidades del pasado y hacer viable la reforma. Su soporte legal emblemático fue la Ley de Amnistía de 1977.

Ismael Saz condensa la lógica con una idea brutal por su sencillez: se trataba de "olvidar" un pasado para construir un futuro en paz y democracia.

Pero conviene no tratar esta formulación como si fuera un diagnóstico cerrado. El debate historiográfico sobre el alcance y la naturaleza de ese "olvido" es uno de los más densos de la historia reciente española. Paloma Aguilar ha argumentado que la memoria de la Guerra Civil estuvo más presente en la Transición de lo que el relato estándar admite, y que el silencio no fue tanto amnesia como estrategia deliberada. Santos Juliá, por su parte, cuestionó que existiera propiamente un "pacto de olvido", sosteniendo que lo que hubo fue una decisión pragmática de no instrumentalizar el pasado como arma política, lo cual no equivale a olvidarlo.

Lo relevante aquí no es zanjar ese debate, sino señalar su implicación para el argumento: independientemente de si el mecanismo fue olvido, silencio estratégico o pragmatismo, el resultado fue que el origen del nuevo régimen quedó sin un ajuste de cuentas explícito con el anterior. Y eso refuerza la necesidad de compensar esa ausencia con un relato épico que llene el vacío fundacional.


3) El factor que lo explica: 1939 como anestesia histórica

Aquí entra la tesis central: la derrota de 1939 no solo derrota a un bando; educa a una sociedad entera.

Pedagogía del miedo

La comparación temporal lo explica de forma casi mecánica: la dictadura griega dura siete años; el franquismo dura casi cuatro décadas. Esa profundidad temporal permite sedimentar una "pedagogía del miedo" basada en represión, exilio, control social y en el trauma de la guerra civil.

En los setenta, España llega exhausta y con pánico atávico a la repetición del conflicto, lo que reduce drásticamente la disposición colectiva al riesgo total que exige una ruptura tipo Politécnico.

Pero esa pedagogía no opera solo como recuerdo traumático: funciona como mecanismo social de control. La estabilidad se presenta como el único valor político sensato; cualquier ruptura se asocia al retorno del desastre. Así se fabrica una prudencia colectiva que no necesita censura diaria para funcionar: basta con que el horizonte de lo "posible" quede estrechado por el miedo.

Siete años frente a cuarenta. La dictadura griega no tuvo tiempo de fabricar una sociedad a su imagen. El franquismo sí: cuatro décadas sedimentaron una pedagogía del miedo que no necesitaba censura diaria para funcionar.

Integración material

A eso se suma un segundo factor. El franquismo no solo gobierna mediante coerción: gobierna integrando. El desarrollismo de los 60 transforma una sociedad pobre en una sociedad de clases medias vinculadas al consumo. El símbolo es vulgar precisamente porque es real: el SEAT 600, el piso en propiedad, la expectativa de ascenso.

Eso crea una mayoría social con "algo que perder" y fomenta una cultura de prudencia política: se desea democracia, sí, pero no a costa de que "todo se rompa".

Por qué no hubo Politécnico

Por eso España no tiene su Politécnico. No por falta de valentía, sino por estructura:

  • Trauma largo.
  • Aparato estatal intacto.
  • Integración material.
  • Una oposición que, con realismo, prioriza supervivencia y legalización sobre confrontación final.

4) La consecuencia: la calle como legitimación, no como motor

Esto no exige negar la calle española. Exige recolocarla.

La calle aporta tres cosas:

  • Presión: coste de cierre autoritario.
  • Clima: sensación de cambio inevitable.
  • Legitimación: un relato épico que presenta el tránsito como conquista popular.

Pero el motor del proceso —la palanca que define ritmos, límites y arquitectura— está en la reconfiguración del poder y en la salida institucional. Si el sujeto decisivo hubiera sido social, habría existido un hito totalizador tipo Politécnico. No lo hubo. Y esa ausencia no es anecdótica: es la marca de un cambio conducido.

Si el sujeto decisivo hubiera sido la calle, habría existido un hito totalizador tipo Politécnico. No lo hubo. Y esa ausencia no es anecdótica: es la firma del modelo.


5) Soberanía popular frente a soberanía tutelada

Aquí está el núcleo donde el contraste con Grecia deja de ser retórico y se vuelve institucional.

Grecia cierra su transición con una consulta explícita sobre la forma del Estado. El referéndum de 1974 liquida la monarquía y establece la república con una mayoría clara. Es un acto constituyente nítido: el país decide lo fundacional sin paquetes ni peajes.

España no hace nada equivalente. La monarquía no se somete a una votación específica; se integra en un "paquete" (primero la reforma política, después la constitución). Y aquí vuelve a ser útil Tremlett, porque recoge la lógica política de esa decisión: evitar un choque fundacional que podía romper el equilibrio del carril pactado.

En Grecia la república es mandato popular. En España la monarquía es herencia institucional validada por la necesidad de consenso. Dicho en limpio: un país vota sus fundamentos; el otro los negocia.


6) La reescritura inevitable

Y aquí se entiende por qué el relato español necesita inflar retrospectivamente la épica de la calle.

Cuando un régimen nuevo nace de una transacción con el orden anterior, aparece un mecanismo clásico: la legitimidad retrospectiva. Se reescribe el origen para purificarlo. La presión social se convierte en motor causal; el acompañamiento se convierte en sujeto histórico; la tutela se disuelve en épica.

Como se ha visto en el apartado 2.2, el mecanismo que facilitó esa reescritura —ya fuera olvido, silencio estratégico o pragmatismo político— dejó el origen del régimen sin un ajuste de cuentas explícito con la dictadura. Y cuando no hay acto soberano fundacional claro y, además, se institucionaliza alguna forma de silencio sobre el régimen anterior, la legitimidad tiene que fabricarse en el relato.

Grecia, en cambio, necesita menos inflación narrativa porque tiene hitos empíricos incuestionables (Politécnico) y un cierre soberano directo. Eso no significa que la Grecia posterior fuera un modelo de estabilidad institucional —no lo fue—, pero sí que la legitimidad de origen no necesitó el mismo grado de construcción retrospectiva. En España, la falta de ambos —hito de ruptura y cierre soberano— obliga a fabricar una épica compensatoria para tapar la ausencia del momento en que el pueblo decide sin mediaciones los fundamentos del Estado.


Conclusión: la prueba que falta

Quien sostenga que la Transición española fue una conquista desde abajo tiene que explicar por qué no existe un Politécnico español. No un episodio trágico —que los hubo—, sino un momento donde la movilización social fuerza el curso del proceso, donde la calle no acompaña sino que determina.

Esa ausencia no es un accidente. Es la firma de un modelo: reforma pactada, pilotada desde dentro, con la calle como clima y como legitimación, pero nunca como motor.

El Politécnico griego no se invoca aquí como modelo ideal de transición, sino como prueba de contraste. Es lo que parece cuando "los de abajo" realmente pesan en la dirección de un cambio de régimen. España no tuvo nada equivalente. Y quien quiera sostener lo contrario tiene la carga de la prueba.


Bibliografía

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