¿Qué hacer cuando los Estados Unidos ya te han expuesto entrando hasta la cocina, raptando a tu jefe del estado y todo el mundo te ha abandonado? Si quieres que Venezuela corra el riesgo, exponte tú también.
Lo más cómodo, cuando una crisis se vuelve insoportable, es repartir culpas con una palabra corta: traición. Los que se quedan, traicionaron. Los que negocian, traicionaron. Los que llaman por teléfono al hegemón, traicionaron.
Pero cuando el poder externo te ha expuesto tan vulnerable como para penetrar hasta la cocina y raptar a tu jefe de Estado, esa palabra deja de explicar la realidad. Se convierte en una coartada moral para evitar lo central:
Esto no va de pureza; va de fuerzas asimétricas y de quién paga el coste.
En un vistazo: Delcy Rodríguez es acusada de traición por permanecer en funciones tras la desaparición de Maduro del control efectivo. Este artículo sostiene que esa acusación es simplista porque ignora el pragmatismo de gestionar un Estado bajo dominio hegemónico extremo. Cuando el margen operativo ya se perdió, cuando Venezuela ha quedado sola (ni siquiera Colombia la respaldó con hechos), cuando el hegemón ya controla circuitos vitales, el dilema no es "resistir o capitular" sino "administrar el desastre o permitir la desintegración total". La única traición relevante es entregar soberanía operativa a cambio de privilegios personales, no mantener el Estado funcionando bajo coerción. La pregunta demoledora que nadie quiere responder: ¿qué debería hacer Delcy, declarar la guerra a Estados Unidos?
1) El caso Delcy: la pregunta que desmonta la acusación
Delcy Rodríguez es acusada estos días de traición por permanecer en funciones y negociar tras la desaparición de Maduro del control efectivo del poder. Pero esa acusación asume que tenía una opción real de "resistir".
La acusación de traición exige una respuesta: ¿qué debería hacer Delcy entonces? ¿Declarar la guerra a Estados Unidos? ¿Renunciar y dejar que el Estado colapse por falta de gestión? ¿Hacer declaraciones épicas mientras los hospitales se quedan sin luz?
El que acusa de traición tiene la obligación de proponer una alternativa viable. Y si la alternativa es "resistir heroicamente", debe explicar quién paga ese heroísmo: si él mismo o la población venezolana.
Porque aquí está el punto incómodo que nadie quiere ver: todo el mundo quiere plantarle cara a Estados Unidos… hasta que les toca a ellos. Entonces, mejor que lo haga otro.
Cuando el hegemón ya ha penetrado hasta el punto de condicionar quién gobierna, quién controla recursos estratégicos, quién mantiene acceso a pagos internacionales, el margen operativo ya se perdió. Lo que queda no es "resistencia heroica" versus "capitulación traidora". Lo que queda es administrar el desastre o permitir la desintegración total de un legado histórico.
2) "Traición" como coartada moral: el problema real es material
En un conflicto asimétrico no decide la valentía. Decide el poder de excluirte de los circuitos donde se juega la supervivencia: financiación, comercio, energía, seguros, pagos, tecnología, logística, sanciones, inteligencia. Un hegemón puede asfixiar un país sin disparar un tiro y, si dispara, lo hace con superioridad.
Por eso "traición" suele ser una palabra tramposa: oculta el hecho incómodo de que el dilema real no es "ser valiente" sino administrar una supervivencia bajo coerción.
Y aquí entra la pregunta que siempre se barre bajo la alfombra: ¿quién paga el sufrimiento, quién queda protegido y quién traslada el coste hacia abajo?
3) La paradoja del Realismo Periférico: autonomía total = tiranía interna
Hay un principio frío que explica más que cien discursos: en un Estado débil, buscar autonomía externa absoluta bajo presión hegemónica exige una movilización tan extrema de recursos y control que termina transformándose en tiranía doméstica y empobrecimiento.
Dicho sin anestesia: cuando te obligan a elegir entre soberanía épica y Estado viable, muchas veces la épica se paga con represión interna, hambre, colapso de servicios y fuga masiva. Esa es la paradoja: el ideal de independencia total, en periferia, puede terminar destruyendo aquello que se dice defender: la vida cotidiana del país.
Esto no absuelve a nadie. Solo devuelve la discusión al suelo: la política bajo hegemonía no se decide en el plano moral; se decide en el plano del daño humano.
4) Continuidad burocrática: el último dique contra el colapso total
Y aquí conecta la conclusión del punto anterior con la realidad material: cuando la épica ya ha agotado al país, cuando el Estado está al borde de la desintegración, lo único que impide que la crisis política se convierta en catástrofe humanitaria es la continuidad administrativa.
Cuando el vértice político se descabeza o se vuelve inestable, un país no se sostiene por discursos. Se sostiene por instituciones intermedias: hospitales, redes eléctricas, abastecimiento, aduanas, juzgados, ayuntamientos, transporte, mantenimiento, nóminas, vacunas, agua.
Por eso conviene decirlo claro: gran parte de lo que se llama "traición" es, en realidad, continuidad burocrática. El funcionario que sella un papel no siempre elige bando; muchas veces evita que se rompa la continuidad mínima que mantiene abiertos los hospitales. El técnico que mantiene una red eléctrica no está defendiendo una ideología; está evitando un apagón que convierte la crisis política en catástrofe social.
En escenarios de intervención o tutela, la continuidad burocrática puede ser el último refugio que impide que la descomposición política se convierta en colapso total. Y eso no es deslealtad: es patriotismo administrativo.
El papel de Delcy Rodríguez se entiende aquí: puede gustarte o no, pero no se entiende como gesto moral. Se entiende como función: gestionar continuidad cuando el margen se reduce y la alternativa es el derrumbe.
5) Venezuela abandonada: ni siquiera Colombia se puso de su lado
Y aquí está el dato que destruye cualquier fantasía de "resistencia colectiva latinoamericana": Venezuela se ha quedado sola.
Ni siquiera Colombia —el vecino con el que comparte más de 2.000 kilómetros de frontera, el país que más debería temer el contagio de un colapso venezolano— se ha puesto de su lado. Petro, que se presentaba como aliado progresista, ha ofrecido palabras pero ningún hecho concreto. Ninguna presión diplomática real. Ningún apoyo logístico. Ninguna coordinación regional efectiva.
El resto de América Latina ha mirado hacia otro lado. Brasil, México, Argentina: declaraciones genéricas, llamados al diálogo, pero cero acciones que impliquen confrontación con Estados Unidos.
No diremos nada de Rusia y China.
¿Y entonces qué? ¿Venezuela debía resistir sola lo que ni siquiera los "aliados" estaban dispuestos a respaldar?
La soledad no es un detalle menor. Es la prueba definitiva de que el margen de maniobra era inexistente. Cuando nadie te respalda, cuando ni siquiera tus vecinos ideológicos arriesgan nada por ti, la "resistencia heroica" no es estrategia: es suicidio político que la población pagará en forma de colapso total.
Y mientras tanto, Venezuela ha conseguido algo concreto: pactando, ya ha eliminado a la oposición. No con épica ni discursos, sino con gestión transaccional. Ha desarticulado el frente que pretendía reemplazar completamente al chavismo. Eso no es traición: es pragmatismo político bajo condiciones de extrema vulnerabilidad.
6) Nicaragua como espejo de supervivencia transaccional
Nicaragua sirve como espejo incómodo, pero no como advertencia sino como modelo de supervivencia transaccional bajo dominio hegemónico.
Un régimen puede ser señalado por autoritario, condenado, convertido en símbolo de deriva represiva… y aun así permanecer integrado en los engranajes del sistema: comercio, remesas, mercados, acceso financiero, cadenas de suministro, sanciones selectivas que no estrangulan del todo.
El hegemón no siempre necesita cambiar gobiernos por invasión. A veces basta con convertirlos en gestores locales de un orden que no controlan. La soberanía se reduce entonces a administración: mantener el orden interno, sostener lo mínimo, evitar el colapso, no crear problemas migratorios masivos.
Ese espejo importa porque muestra que "sobrevivir" bajo hegemonía no es traición: es transacción. El régimen entrega márgenes de autonomía a cambio de ser tolerado dentro del sistema. No es glorioso. No es puro. Pero puede ser la diferencia entre un Estado funcional degradado y un Estado fallido.
Y ahí Delcy aparece en su lugar real: no como heroína ni traidora, sino como posible administradora de una supervivencia transaccional. Gestionar la inserción subordinada para evitar la desintegración total.
7) Conclusión: la "traición" cómoda es la del espectador
Llamar traidores a "los que se quedan" es la posición moral más barata que existe cuando no eres tú quien paga el precio. Es fácil exigir heroísmo cuando la guerra, el hambre, el apagón, la migración o la represión los sufre otro.
Si la palabra "traición" quiere significar algo, debe usarse con precisión:
- No es traición mantener hospitales abiertos.
- No es traición evitar que el Estado se desintegre por inercia administrativa.
- No es traición negociar cuando te han dejado solo y el hegemón ya controla los circuitos vitales.
- No es traición administrar un país cuando el vértice político ha sido descabezado y nadie te respalda.
- No es traición pactar para eliminar a la oposición y preservar el proyecto político bajo nuevas condiciones.
Cuando el imperio ya está en tu cocina, el análisis no empieza con la moral. Empieza con la fuerza. Y termina con una pregunta que casi nadie quiere contestar:
¿Quién está dispuesto a pagar el coste real de "plantarle cara" a Estados Unidos… y quién solo quiere que lo pague otro?



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