Cómo se escribe un libro que no se puede refutar: anatomía de un texto cuidadosamente diseñado para que cualquier crítica frontal rebote contra una serie de cláusulas defensivas, mientras la conclusión que el lector se lleva a casa es mucho más fuerte que cualquiera de esas cláusulas.
Hay libros con los que se discute mal porque están mal escritos. Y hay libros con los que se discute mal porque están escritos demasiado bien. Esto no existe: Las denuncias falsas en violencia de género, de Juan Soto Ivars, pertenece al segundo grupo. No es un panfleto torpe. Es exactamente lo contrario: un texto cuidadosamente diseñado para que cualquier crítica frontal rebote contra una serie de cláusulas defensivas que el autor ha colocado a lo largo del camino, mientras la conclusión que el lector se lleva a casa es mucho más fuerte que cualquiera de esas cláusulas.
Este artículo no se ocupa de si en España hay denuncias falsas por violencia de género, ni de cuántas, ni de si la ley VioGén funciona o no. Esas son preguntas legítimas y abiertas. Se ocupa de algo distinto y previo: del modo en que este libro concreto pretende contestarlas.
I. La diferencia entre lo que un libro dice y lo que un libro hace creer
Cualquier crítico honesto de Esto no existe se topa con el mismo problema. Si va al texto buscando una afirmación literal del tipo «las absoluciones son denuncias falsas», no la encuentra. Encuentra exactamente lo contrario: un epígrafe titulado «Absolución no significa denuncia falsa» en el que el autor establece que ambas cosas no equivalen, que la insuficiencia probatoria no demuestra invención, y que el derecho penal no acredita inocencias absolutas. Soto Ivars puede entonces responder a cualquier crítico, con razón formal, que él jamás ha equiparado las dos cosas.
El problema es que esa respuesta sólo funciona si se confunden dos planos distintos: lo que un libro afirma proposicionalmente y lo que un libro consigue que el lector crea al terminarlo.
Cualquiera que lea Esto no existe entero, capítulo a capítulo, sale de la lectura con una convicción muy precisa: que las denuncias falsas por violencia de género son masivas, que el sistema institucional las protege deliberadamente, que cientos de miles de hombres han sido procesados injustamente, y que las cifras oficiales no son sólo erróneas sino conscientemente cocinadas. Esa es la conclusión emocional, narrativa y acumulativa del libro. Es la convicción con la que el lector cierra el volumen.
Esa conclusión no aparece nunca formulada con esa contundencia en ninguna página concreta. El lector llega a ella, pero el autor nunca la firma.
El lector llega a ella porque el libro entero está organizado para conducirle hasta allí, mediante acumulación de casos, selección de testimonios, yuxtaposición de cifras, atmósfera de sospecha y un dispositivo retórico al que dedicaremos la sección siguiente. Pero si alguien acusa al autor de haber sostenido eso, el autor puede señalar las cláusulas formales donde dice precisamente lo contrario, y darse por difamado.
Esa es la operación que hace el libro y que conviene nombrar antes de entrar en sus detalles. Es un texto que distribuye sus afirmaciones en dos niveles: en el nivel literal se mantiene cauto, hasta el punto de la pulcritud jurídica; en el nivel narrativo y atmosférico empuja sin freno hacia una conclusión muchísimo más radical. Esa duplicidad no es accidente. Es la columna vertebral del libro.
II. El dispositivo: cómo se construye una conclusión sin firmarla
El mecanismo, una vez se ve, es difícil de no ver. Funciona en cuatro tiempos.
El pasaje del libro donde este dispositivo se ve con más nitidez está en el capítulo 3, en el epígrafe titulado significativamente «Absolución no significa denuncia falsa». Es notable que el autor coloque este título precisamente sobre el pasaje donde más se aproxima a la equivalencia que el título niega.
El epígrafe abre con la cláusula formal: «archivo o absolución no implica siempre denuncia falsa, y también es cierto que hay maltratadas que retiran la denuncia por miedo, dependencia emocional o ausencia de alternativas económicas». Limpio. Después viene la acumulación: páginas de casos extraídos del trabajo de Francisco Prieto sobre 47 sentencias absolutorias del CGPJ, con detalles escogidos por su capacidad de generar indignación (fotos retocadas con Photoshop, una mujer condenada por intento de homicidio que denunció para justificarse, testigos que niegan el maltrato incluyendo a la madre de la denunciante). Y entonces llega la frase que resume todo el mecanismo:
«Así pues, aunque "absolución" no significa necesariamente "denuncia falsa", parece que una proporción notable de las absoluciones que el Poder Judicial entiende como representativas sí son equivalentes.»
Juan Soto Ivars, Esto no existe, capítulo 3Esta frase es importante. Repite literalmente la cláusula del primer tiempo («no significa necesariamente»), pero la neutraliza inmediatamente con el «parece que sí son equivalentes». La conjunción «aunque» hace todo el trabajo: concede formalmente lo que retira sustantivamente. El lector se queda con la equivalencia, no con la negación.
Y el párrafo siguiente cierra el mecanismo con perfección textual:
«Considerando que 37 de las 47 absoluciones tenían indicios de falsedad como los presentados aquí, la estimación de Felipe Mateo Bueno (33 por ciento del total) tal vez se queda corta. Pero no podemos saberlo.»
Juan Soto Ivars, Esto no existe, capítulo 3«Tal vez se queda corta»: tercer tiempo, la palabra puente. «Pero no podemos saberlo»: cuarto tiempo, la retirada. El lector ya ha sido conducido a la conclusión de que el porcentaje real de denuncias falsas es probablemente superior al 33%, pero el autor no la ha firmado. Si alguien le acusa, dirá: «yo escribí "no podemos saberlo"». Literalmente tiene razón. Estructuralmente no.
La cautela y la insinuación trabajan juntas. La cautela protege al autor; la insinuación convence al lector.
Una vez identificado el mecanismo en su forma pura, se reconoce funcionando a lo largo de todo el libro. Cada vez que el texto se aproxima a una afirmación fuerte, los cuatro tiempos se suceden con regularidad casi musical: cláusula, acumulación, palabra puente, retirada.
III. La ingeniería de las fuentes: simetría aparente, asimetría real
El dispositivo retórico no operaría si no estuviera sostenido por una arquitectura de fuentes diseñada con la misma lógica. Aquí Esto no existe hace algo que conviene mirar con detenimiento, porque es donde el libro se cae con más claridad cuando se le aplica el escrutinio que él mismo exige a otros.
El autor presenta su trabajo como una investigación equilibrada que ha recogido testimonios de jueces, fiscales, abogados y funcionarios de ambos bandos. Y formalmente lo es: el libro cita a feministas como María Tardón, a la asociación Themis, al magistrado Joaquim Bosch, al catedrático Enrique Gimbernat, a la fiscal Susana Gisbert, al criminólogo Miguel Lorente. Hay simetría aparente. El autor ha hablado con todos los lados.
Pero la simetría se rompe en el modo en que cada lado es tratado. A las fuentes que sostienen la tesis del libro se les aplica una credibilidad por defecto. A las fuentes que la contradicen se les aplica un escepticismo previo basado en su sesgo ideológico.
Cuando el abogado Felipe Mateo Bueno estima que el 33 % de las denuncias en VioGén son falsas, esa cifra se utiliza como anclaje del libro y se presenta como conservadora. No se discute que un abogado defensor especializado en violencia de género tiene un sesgo profesional evidente: vive de defender a denunciados, sus casos no son una muestra representativa del universo de denuncias sino del subconjunto que llega a un despacho de defensa, y su valoración de qué constituye «indicio de falsedad» en sus propios casos no es una observación neutra. Nada de esto se examina. Su estimación se acepta y se usa como punto de partida para sugerir que la cifra real es probablemente mayor.
En cambio, cuando la jueza María Tardón o la asociación Themis sostienen que las denuncias falsas son muy escasas, su valoración se descarta apelando a su «sesgo ideológico». Cuando Miguel Lorente reconoce ante Jon Sistiaga que podrían llegar al 3 %, el dato se utiliza como concesión revelada bajo presión, no como estimación profesional.
Si el sesgo ideológico descalifica a una fuente, descalifica también a la fuente contraria. Si la posición profesional condiciona la estimación, condiciona tanto al abogado defensor como al de víctimas. Aplicar el escepticismo sólo a un lado no es investigación: es alineamiento previo disfrazado de investigación.
Lo mismo ocurre con las instituciones. Las cifras de la Fiscalía General del Estado y del Consejo General del Poder Judicial son presentadas como cocinadas, manipuladas, ideológicamente comprometidas. Las cifras de fuentes alternativas, como las estimaciones de los abogados con los que el autor ha hablado, se presentan como veraces precisamente por venir de fuera del aparato oficial. La lógica es consistente: lo institucional miente porque está capturado; lo no institucional dice la verdad porque es valiente.
A esto se suma otra asimetría más sutil: la de los testimonios anónimos. Buena parte de la fuerza emocional del libro descansa en jueces, fiscales y abogados que «hablaron bajo promesa de anonimato». Estos testimonios son irrebatibles por construcción: no se pueden verificar, contextualizar ni preguntar. El lector sólo los recibe filtrados por el autor, que los selecciona, los recorta y los presenta. Esto sería aceptable como complemento de un cuerpo verificable de pruebas. Como columna principal del argumento es problemático, porque permite construir cualquier narrativa sin contraste posible.
Y un último elemento: la selección de casos. El libro está lleno de historias concretas de hombres injustamente acusados, contadas con detalle, con nombres y apellidos cuando es posible, con dolor humano palpable. Esa selección hace su trabajo emocional. Pero el lector no sabe cuántos casos quedaron fuera porque resultaron ser ciertos al examinarse, ni cuántos testimonios de denunciantes legítimas no se incluyeron porque no encajaban. La selección es invisible, y su invisibilidad es funcional: una muestra sesgada presentada sin reconocimiento del sesgo opera como si fuera representativa.
IV. El marco moral: víctimas que existen, víctimas que no existen
Por encima del dispositivo retórico y de la arquitectura de fuentes, el libro construye un marco moral que hace muy difícil disentir sin parecer cruel. Ese marco es la parte más cuidadosamente elaborada de toda la obra, y conviene mirarlo de frente.
El libro abre con una historia: María, una mujer mayor sometida durante décadas a un marido controlador. La historia está bien contada y es genuinamente conmovedora. El autor deja claro que existen mujeres maltratadas, que su sufrimiento es real, y que la ley VioGén nació para protegerlas. Esta apertura cumple una función estratégica: vacuna al libro contra la acusación de negacionismo.
Pero a partir de ahí el libro entero se dedica a otro asunto: las víctimas masculinas de denuncias falsas. Y aquí ocurre el desplazamiento que estructura toda la obra. El sufrimiento de las mujeres maltratadas queda reconocido formalmente en la introducción, y luego prácticamente desaparece del texto. El sufrimiento de los hombres acusados injustamente ocupa todo el resto. Se cuentan sus historias con detalle, se les pone nombre, se reproduce su dolor, se sigue su biografía. El contraste cuantitativo entre la atención concedida a unas víctimas y a otras es enorme, y ese contraste construye en el lector una jerarquía implícita: las víctimas reales, palpables, narrativamente vivas del libro son los hombres. Las mujeres maltratadas son una premisa abstracta colocada al principio para evitar reproches.
Este desplazamiento se refuerza con un movimiento sutil de redefinición. El libro establece desde temprano que existen tres categorías de denuncias problemáticas: las falsas (deliberadamente inventadas), las instrumentales (estratégicas en un divorcio sin ser literalmente falsas) y las que responden a percepciones erróneas de la denunciante. Esta tripartición es analíticamente útil. Pero a lo largo del libro las tres categorías se funden progresivamente en una sola atmósfera de sospecha, y todas operan emocionalmente como variantes de la mentira femenina. El lector no sale del libro con la idea de que «hay un porcentaje de denuncias instrumentales relacionadas con la conflictividad de los divorcios». Sale con la idea de que muchas mujeres mienten para hacer daño.
El marco moral se cierra con una operación final: la que el libro llama, en su tramo final, la idea de que «los hombres se benefician». Aquí el autor utiliza el caso de varones que se cambiaron de sexo registral tras la ley trans para argumentar que el sistema legal feminista ha creado tales desigualdades en perjuicio del hombre que basta con dejar de ser hombre administrativamente para acceder a una posición de privilegio. La argumentación es brillante en su forma y devastadora en su contenido: convierte el feminismo en un sistema de privilegios femeninos del que los hombres astutos saben aprovecharse. A partir de aquí cualquier defensa del marco legal vigente queda asociada con la defensa de un sistema de discriminación por sexo en sentido inverso al histórico.
En cada caso existe una cláusula formal que protege la obra frente al reproche concreto. Y en cada caso, el funcionamiento global del texto opera contra esa cláusula.
Este marco moral hace casi imposible criticar el libro desde dentro de su propio discurso. Si el lector se queja del trato dado a las víctimas femeninas, el autor puede señalar la introducción y el reconocimiento explícito del problema. Si el lector se queja de la generalización sobre las mujeres, el autor puede señalar las páginas donde se distingue entre tipos de denuncia. Si el lector se queja del enfoque unilateral, el autor puede señalar las fuentes feministas citadas.
V. El blindaje contra la crítica: cómo se construye un libro irrefutable
Hay un último elemento que hace del libro un objeto retóricamente formidable, y conviene nombrarlo porque es el que cierra el sistema. Esto no existe incorpora dentro de sí mismo una teoría de cómo será criticado y por qué. Esa teoría blindaje se llama, en el libro, «la narrativa de género».
El argumento es sencillo: existe en España una hegemonía discursiva feminista que controla los medios, la academia, el Poder Judicial y la propia Fiscalía. Esta hegemonía castiga con el ostracismo a quien la cuestiona, etiquetando como «negacionista», «misógino» o «machista» cualquier crítica al marco vigente. Por tanto, cualquier crítica que reciba el libro será ejemplo de esa misma hegemonía actuando en defensa propia, y por tanto confirmará la tesis del libro en lugar de refutarla.
Este movimiento es viejo y conocido, y funciona en muy distintos terrenos: cualquier discurso que predice su propia recepción hostil convierte esa hostilidad en prueba de su veracidad. Quien critica el libro está demostrando que el libro tenía razón al describir el clima represivo. Quien no lo critica lo está confirmando por silencio. Las dos opciones del lector se han precerrado.
El libro ha construido un perímetro defensivo donde toda objeción posible queda preinterpretada como confirmación.
Esta clausura argumental es la que hace que muchas críticas al libro reboten sin efecto. Si un crítico dice «el libro exagera», eso es lo que diría alguien capturado por la narrativa de género. Si un crítico señala el sesgo de las fuentes, eso es lo que diría alguien que defiende el aparato institucional sesgado. Si un crítico se indigna, eso es lo que se esperaría de alguien que no soporta que se diga la verdad.
El único modo de salir de ese perímetro es no entrar en él. No discutir si las cifras son verdaderas o falsas, ni si la ley VioGén funciona o no funciona, ni si las denuncias falsas son muchas o pocas. Discutir, en cambio, cómo está construido el libro. Mostrar el dispositivo. Hacer visible el truco. Desplazar el debate del contenido a la forma, porque es en la forma donde el truco vive.
VI. Qué se lleva el lector y qué se queda fuera
Conviene volver al principio. Un lector neutral que termine Esto no existe sale convencido de cuatro cosas: que las denuncias falsas por violencia de género son masivas en España, que el sistema institucional las protege deliberadamente, que cientos de miles de hombres son víctimas de un sistema diseñado contra ellos, y que las cifras oficiales son una mentira sostenida por un aparato ideológico. Estas son las conclusiones que el libro consigue instalar.
Y las cuatro son afirmaciones de una magnitud tal que, si fueran ciertas y demostrables, cambiarían el mapa institucional de un país. Cientos de miles de hombres víctimas de un sistema judicial sesgado contra ellos sería uno de los escándalos más graves de la democracia española. Si el libro tuviera pruebas de eso, las daría sin necesidad de palabras puente ni retiradas. No las da porque no las tiene. Tiene material acumulativo, indicios, sospechas, casos llamativos, testimonios anónimos. Tiene lo suficiente para abrir una pregunta seria y razonable: ¿qué porcentaje exacto de las denuncias en VioGén responden a usos espurios o instrumentales del sistema? Esa pregunta merece respuesta y el libro hace bien en plantearla.
Pero el libro no se contenta con plantearla. Hace que el lector se vaya creyendo que ya tiene la respuesta, y que esa respuesta es muy alarmante. Y lo hace sin escribirla, sin firmarla, sin defenderla en ningún sitio donde se le pueda exigir cuentas.
Esa es la operación. Esa es la estafa intelectual del libro, en sentido estricto: hacer creer al lector que ha sido convencido por los hechos, cuando en realidad ha sido conducido por la forma.
Lo que queda en la mano del lector
Quien lea Esto no existe hace bien en formularse la pregunta que abre. Hace mal en aceptar la respuesta que el libro insinúa. Y haría todavía peor en confundir la habilidad retórica del autor con la solidez de su tesis.
Una cosa es escribir bien. Otra es tener razón. Y este es un libro que sabe escribir muchísimo mejor de lo que sabe demostrar.
La defensa contra un texto así no consiste en indignarse, ni en buscar la frase incriminatoria que no existe, ni en acusar al autor de cosas que él podrá negar literalmente. Consiste en algo más sencillo y más exigente: leer despacio, distinguir entre lo que se afirma y lo que se sugiere, fijarse en las palabras puente, contar a quién se le concede credibilidad y a quién se le exige prueba. Devolver al texto la pregunta que el texto evita: ¿esto que me estás haciendo creer, lo estás afirmando o no?
Cuando un libro necesita cuatro tiempos retóricos para decir algo que podría afirmar en una frase, conviene preguntarse por qué no la afirma.




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