¿Y si desplazáramos el énfasis de la agricultura y la domesticación a, digamos, la botánica o, incluso, la horticultura? De inmediato nos encontraríamos más cerca de las realidades de la ecología del Neolítico, a las que parece preocuparles poco domar la naturaleza salvaje o arrancar la máxima cantidad posible de calorías de un puñado de gramíneas.
De lo que sí parece tratar es de crear parcelas de huerto —hábitats artificiales, a menudo temporales— en los que la balanza ecológica se inclinaba a favor de las especies preferidas. Esas especies incluían plantas que los modernos botánicos separan en clases (en competencia) de malas hierbas, drogas, hierbas y cultivos alimentarios, pero que los botánicos del Neolítico (formados mediante años de experiencia, no con libros de texto) preferían cultivar unas junto a las otras.
En lugar de campos fijos, explotaban suelos de aluvión en las orillas de lagos y fuentes, que cambiaban de lugar anualmente. En lugar de cortar madera, labrar campos y transportar agua, hallaban modos de convencer a la naturaleza de hacer gran parte de estas tareas por ellos. La suya no era una ciencia centrada en dominar y clasificar, sino una que partía de ceder y engatusar, de cuidar y persuadir, incluso de engañar a las fuerzas de la naturaleza para aumentar las probabilidades de obtener un resultado favorable.50 Su laboratorio era el mundo real de las plantas y los animales, cuyas tendencias innatas explotaban mediante atenta observación y experimentación. Este modo de cultivo del Neolítico era, además, altamente efectivo.

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