El memorando que pone fin a la guerra entre Washington y Teherán está respondiendo una pregunta que se hace medio mundo: quién controla a quién, Estados Unidos o Israel. Por ahora, la respuesta es que Washington no controla a Israel.
El viernes 19 de junio, en el complejo hotelero de Bürgenstock, en Suiza, no llegó nadie a sentarse a la mesa. La primera ronda técnica para desarrollar el memorando firmado días antes entre Washington y Teherán estaba prevista para esa mañana. El vicepresidente JD Vance debía encabezar la delegación estadounidense. Canceló el viaje. La delegación iraní, que debía volar bajo las órdenes del canciller Abbas Araghchi, tampoco se presentó. Oficialmente, la Casa Blanca habló de "imprevistos logísticos". Pero un acuerdo que llevaba apenas días en vigor no se cae por una agenda mal coordinada. Se cae porque alguien, sobre el terreno, decidió que las condiciones para negociar ya no existían. Y ese alguien no fue ni Washington ni Teherán.
La pregunta que importa no es si Estados Unidos logró sentar a Irán en una mesa. Es si pudo garantizar que su principal aliado regional no hiciera saltar esa mesa por los aires antes de que empezara la conversación. Bürgenstock ya respondió.
La guerra que Washington necesitaba cerrar
Venimos de una guerra que dejó a Washington sin margen: el bloqueo de Ormuz, el coste militar y el precio del petróleo convirtieron la presión máxima sobre Irán en una hipoteca que ya no compensaba. Por eso llegó el memorando firmado en Versalles —su nombre oficial es Memorando de Entendimiento de Islamabad, por la mediación de Pakistán, pero quedará en la memoria como el pacto que Trump firmó en el palacio de Luis XIV mientras Pezeshkian lo suscribía por vía digital desde Teherán—. El documento abre sesenta días de negociación, reabre Ormuz, levanta el bloqueo naval estadounidense, empieza a aliviar sanciones.
Para Washington, ese aplazamiento es gestión de prioridades. Para Israel, es la prueba de que su problema existencial quedó en segundo plano frente al problema energético de su protector.
Bürgenstock: la prueba
Esa diferencia de lectura no se quedó en el plano de las intenciones. Se hizo carne en Líbano antes de que la tinta del memorando se secara, y no como un sobresalto puntual: desde finales de mayo, el ejército israelí venía ampliando su campaña terrestre en el sur del país, cruzando el río Litani y avanzando sobre una colina estratégica que domina Nabatiyeh. Horas antes de la reunión de Bürgenstock, mientras esa ofensiva seguía en marcha, Hezbollah destruyó un carro de combate israelí y mató a cuatro soldados. Israel respondió con más de ochenta bombardeos sobre el sur del Líbano y la Bekaa, acusando a Hezbollah de violar el alto el fuego; Hezbollah devolvió la misma acusación contra Israel. Teherán, que llevaba semanas exigiendo garantías sobre la integridad territorial libanesa recogida en la primera cláusula del memorando, comunicó a los mediadores de Qatar y Pakistán que no enviaría a sus negociadores mientras la ofensiva israelí continuara.
Sobre el terreno, la versión de cada bando es, como siempre en esta guerra, contradictoria: Israel sostiene que respondía a una agresión; Hezbollah, que respondía a una ofensiva israelí en marcha sobre territorio libanés. No hace falta resolver esa disputa puntual para tomar partido informado. Basta con mirar el historial: el alto el fuego de noviembre de 2024 entre ambos estuvo nominalmente vigente durante más de un año, y en ese tiempo la misión de la ONU en el Líbano (FINUL) contabilizó cerca de diez mil violaciones, la inmensa mayoría atribuidas a ataques israelíes que continuaron pese al papel firmado. Ese no es un antecedente neutral. Cuando Israel acusa a Hezbollah de romper una tregua y Hezbollah devuelve la acusación, el beneficio de la duda no se reparte a partes iguales: se lo ha ganado quien lleva más de un año denunciando incumplimientos, no quien lleva más de un año cometiéndolos.
No fue una disputa entre los dos firmantes. Fue el aliado que no estaba sentado a la mesa el que decidió que la mesa no se iba a montar.
El doble juego de Netanyahu
Lo más revelador no es que Israel actuara así. Es cómo lo gestionó puertas adentro mientras lo hacía. En las semanas previas a la firma, Netanyahu trasladó en privado a funcionarios estadounidenses que un acuerdo que forzara el cumplimiento iraní sería, en sus palabras, un "home run". No criticó el memorando en público. Pero una vez conocidos sus términos definitivos, salió a defender los bombardeos sobre el programa misilístico iraní como si la presión militar israelí —no la diplomacia de Washington— fuera la verdadera responsable de cualquier resultado positivo, mientras su propio gabinete de seguridad, con el ministro de Defensa Israel Katz y el jefe del Estado Mayor Eyal Zamir a la cabeza, expresaba un rechazo frontal al pacto firmado por su protector.
Un primer ministro que le dice "home run" a Washington en privado y libra una guerra de relatos distinta en su propio país no es un aliado coordinado gestionando matices. Es un actor jugando en dos tableros a la vez, sin que ninguno de los dos jugadores sepa con certeza qué está haciendo el otro.
La fractura se hace pública
Esa fractura, hasta ese momento soterrada, se hizo pública cuando el propio Vance decidió nombrarla. En una entrevista concedida al New York Times, el vicepresidente cuestionó directamente a Itamar Ben-Gvir y Bezalel Smotrich por su rechazo al acuerdo. Les recordó, sin rodeos, qué proporción de su arsenal defensivo paga el contribuyente estadounidense. Ben-Gvir respondió en X que la única propuesta válida era tratar a Irán "como Estados Unidos trató a los nazis del siglo XX". Es la primera vez que un alto cargo de la administración Trump corrige por nombre y apellido a un ministro israelí en activo.
"¿Cuál es exactamente su propuesta? Son un país de nueve millones de personas. No pueden resolver cada problema de seguridad nacional simplemente matando."
Cuando el vicepresidente de Estados Unidos tiene que recordarle a Israel quién sostiene buena parte de su seguridad, la alianza deja de operar como una unidad y empieza a operar como una relación que necesita disciplina constante.
Y la respuesta diplomática a la crisis, en lugar de desmentir esa lectura, la confirmó. Horas después de la cancelación de Bürgenstock, Estados Unidos y Qatar lograron anunciar un alto el fuego de urgencia entre Israel y Hezbollah, en vigor desde las cuatro de la tarde, hora local. Se presentó como la prueba de que Washington todavía podía imponer orden cuando la situación se le escapaba de las manos. Pero, según medios israelíes, poco más de una hora después —a las 17:10— Israel ya había vuelto a atacar la propia localidad de Nabatiyeh. Medios estatales libaneses denunciaron además un nuevo bombardeo sobre la región de Jezzine, que el embajador israelí en Washington negó públicamente. Si el patrón se repite dentro del mismo ciclo informativo —Washington anuncia, Israel actúa como si el anuncio no le obligara—, la pregunta deja de ser retórica: no es que Estados Unidos no quiera contener a Israel. Es que, por el momento, no puede.
Quién decide si hay mesa
No es Israel sobre Estados Unidos: Tel Aviv no tiene poder para impedir que Washington firme con quien quiera. Tampoco es Estados Unidos sobre Israel, como si fuera una pieza dócil de su tablero: la cúpula israelí demostró, con su doble discurso y su ofensiva en Líbano, que puede alterar el calendario de la diplomacia imperial sin pedir permiso.
Washington puede firmar el acuerdo. Lo que Bürgenstock demostró es que todavía no puede garantizar que se cumpla.
Esa es, por ahora, la respuesta a la pregunta de quién controla a quién: Estados Unidos firma, condena, media y reprende. Israel decide.




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